Fuera de carta.

No estaba previsto, las cosas buenas de la vida no suelen estarlo.

Un día te despiertas y ahí está el sol jugando en lo alto, haciéndose el dueño de todo, desplazando a las nubes y a las lluvias hacia otro lado.

Un día te sonríe y respiras, y sabes que vale la pena haber puesto un pie en el suelo sólo por ello.

Y te das cuenta de que ella es como esos platos que están fuera de carta, que te gustan mucho más que el resto.

Y que lo pedirías todos los días sin cansarte de su sabor, de sus dedos, del color de sus ojos, de su risa; y que lo único que odias es su dolor.

Yo sigo siendo la sombra del monstruo de debajo de la cama, nada cambia, no hay espejo que soporte mi reflejo, todo es deuda y futuro sin sentido. Sigo golpeándome el pecho, arañándome en la noche, buscando la grieta por donde se escapó el corazón entre mis costillas.

Ambigüedad, rechazo, veneno y heridas.

Siempre quedarán los sueños en los que arrasábamos con todo, los planes en el aire, como castillos flotantes, que nos esperaban con las puertas abiertas, los destinos inciertos, los besos sencillos, el sexo interrumpido, los intentos, los silencios, y el infierno bajo nuestros pies en cualquier pista de baile.

Mientras pienso qué plato voy a pedir hoy, el camarero me mira como si no supiera nada de la vida.

Y el que no sabe nada es él.

Te quiero a ti y no estás.

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