Sin mentiras.

¿Mentiras?

Para mentiras ya tengo las que me digo a mí mismo para seguir levantándome cada mañana.

El problema de la mentira es que te aísla del resto, y rompe la confianza que te habías ganado con el avanzar del tiempo hasta reducirla al tamaño de una hormiga, hasta convertirla en algo insignificante y quebradizo.

El problema de la mentira es que puede destruirlo todo, puede llegar a tener el efecto de una bomba nuclear sobre las personas, puede destruir Petra y secar el Orinoco.

Te vas metiendo solo en un laberinto lleno de frases que debes recordar para no fallar con las preguntas del resto, y vas acumulando errores hasta desbordar el vaso y que llegue el temporal de explicaciones y la espiral que supone la búsqueda de perdón. De un día para otro pasas de ser el rey o la reina del tablero, a ser un peón al que cualquiera puede comer. Nos refugiamos en excusas y verdades a medias para no afrontar la realidad, para no abrir los ojos por completo, para no aceptar, para no luchar contra los monstruos de los que todos huimos a diario.

Se nos da mejor salir corriendo que mirar a los ojos.

Se nos da mejor inventar que coger de la mano para salvarnos.

Debería gustarnos vivir, reír y llorar sin mentiras, como cuando nos tocamos sin miedo y sonreímos en silencio, y miramos al techo antes de que suene el despertador sin que nos duela el pecho.

 

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