¿Quién me salvaría a mí?

Existen momentos en los que antes me habría abalanzado sobre ti sin dudarlo y ahora mido cada uno de mis pasos, y sobre todo de mis besos.

No quiero romper de una esa coraza que estás volviendo a construir para protegerte de un mundo que no te entiende y, a veces, sólo duele.

Estoy completamente convencido de que cuidar de manera desinteresada es uno de los actos más puros de los que es capaz el ser humano.

Pero también es difícil.

Y surgen las dudas, en cualquier tipo de relación entre seres humanos.

Amor fraterno, romántico, amistoso, desinteresado.

¿Cómo sabemos si tras el abrazo y la preocupación hay un interés oculto? Si la otra persona nos habla, nos mira, nos mima esperando algo a cambio, ¿cómo podemos estar seguros?

No hay manera.

Sólo se puede confiar, mirar hacia dentro, hacer algo de caso al insensato corazón por una vez.

Oír a las entrañas.

Escuchar al instinto.

Confiar.

Que viene del latín fides, de lealtad, fe, confianza.

Algo tan complicado de encontrar en estos tiempos.

Algo que parece tan extraño que es más fácil verlo en los perros que esperan en las tumbas de sus dueños que en las personas de las que nos rodeamos.

Coger impulso, echar el vuelo y saber que habrá alguien cuando caigas.

Abrir los brazos y encontrar al otro.

Cerrar los ojos,

y pensar,

¿A quién salvaría?

¿Quién me salvaría a mí?

Y ver si nos gusta la respuesta.

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