Mes: junio 2018

Prólogo o epílogo.

Conocer a alguien nuevo es como abrir las ventanas por la mañana, permite que entre un soplo de aire fresco en tu vida, permite que olvides ciertos daños para sacar tu mejor versión, esa versión que quiere gustar y jugar y sonreír sin tener que lamentarse por todo.

A veces lo único que necesitamos para conocernos a nosotros mismos es conocer a la persona adecuada, que haga las preguntas correctas, que nos mire de la manera que necesitamos. No todo el mundo sirve para eso ni todo vale, por mucho que queramos o nos empeñemos.

Ojalá la vida fuera tan fácil como abrir un libro y comenzar a leer, o estrenar nuevas páginas de una libreta y poder mancharlas todas con palabras o bocetos sin sentido.

Me he quedado sin metáforas ya para tratar de explicar lo mal que me siento, lo que duele todo, lo jodido que estoy ahora mismo y desde hace un tiempo. Es de esas veces que te empeñas en nadar pero el mar te arrastra hacia dentro y sabes que ya no tiene sentido que sigas luchando. El oleaje se rige por unas normas que no entiendes pero que te engullen, como el amor, o lo que sea que hayas sentido por mí (si es que has sentido algo más allá de la pena y la compasión).

He visto otros ojos capaces de hacerme sonreír, de encender esa vela gastada que habita entre mi hígado y el bazo.

He visto otra sonrisa capaz de hacerme abrir la puerta, de querer que pase a explicarme su vida sin excusas y sin tener que ocultar nada.

He visto otros labios que no dan giros para decir lo que quieren decir, que no omiten comentarios.

He visto otros ojos, unos que no dudan al mirarme y que creen en mí al cien por cien.

Y qué bien, seguiré quitándome arena y algas de encima durante mucho tiempo pero al menos he caído en la cuenta de que no estoy muerto.

He conseguido entender que quienes hablan sin actuar ya no me sirven de nada.

Polizón.

Otro beso al borde del abismo, el sudor cayendo por la espalda y el nudo en la garganta.

Y la esperanza hace tiempo que se quedó a los pies de la cama.

He oído tantas veces que la paciencia siempre tiene recompensa y yo aún no la he paladeado, sólo tengo el sabor amargo al final de la lengua que me dice que he perdido, que no importo, que no valgo, que no sirvo más que para que se limpien el barro de las botas sobre mi espalda.

Y aquí sigo robando besos furtivos mientras me pudro por dentro, mientras mis huesos se convierten en cenizas que cualquier mala racha de viento se lleva bien lejos.

Nunca debí darte permiso para todo, nunca debí olvidarme de mí para ponerte siempre por delante, nunca debí dejar que me convirtieras en polizón en este viaje; oculto en las sombras a la vista de todos y de nadie.

Habría parado antes, antes de sentirme tan roto, tan extraño, tan lejos de mí mismo.

Habría parado cuando aún tenía dudas, cuando no sabía si eras lo que quería y necesitaba, cuando sólo era un cuerpo contra otro cuerpo y apenas me importaba si sobrevivíamos juntos o acabábamos cada uno por su lado.

Habría parado si hubiera podido, si hubiera querido, si hubiera sabido.

Ahora me miro al espejo y me veo distinto, y sin embargo, no consigo sonreír de verdad sin que todo queme por dentro, sin que salga pus de las heridas.

Estoy otro día, otro maldito domingo en soledad, esperándote con café y ha vuelto a quedarse frío.

Yo no quería vivir de recuerdos, quería experiencias nuevas contigo.

Y has hecho que tenga que conformarme con la memoria mentirosa y las fotografías que sólo guardamos tú y yo.

Glaciares.

Todo el mundo cuenta historias, historias que a veces son reales y sólo son pura ficción. Es tan complicado separar la realidad de lo demás.

Los seres humanos lo perdimos todo el día que dejamos de creer en la magia y en la fantasía, y decidimos que lo único válido era esta mísera existencia que habitamos. Echamos abajo los viejos mitos, las leyendas y los cuentos infantiles con la superioridad moral que nos da el paso del tiempo y verlo todo con retrospectiva. Dejamos atrás la inocencia, la visión bondadosa del planeta y de las personas para ir transformándonos en viejos y viejas enjutos y llenos de prejuicios.

Olvidamos que necesitamos de la imaginación para sobrevivir, que necesitamos de todos esos sentimientos que aparcamos para poder mirar al futuro con una chispa de ilusión. Olvidamos que no hace falta que llueva para poder emborracharse, y que no siempre hay que acabar para poder empezar de nuevo.

La ficción me ha ayudado a destruir todos estos templos de tristeza que crecen en mi interior, a superar las pérdidas, a entender los brillos y el contraste, a ver luz entre toda esta visible oscuridad.

Todavía somos más jóvenes que valientes, por eso aún podemos echar algo de agallas al asunto y cambiar todo aquello que no es como nos gustaría.

Aún podemos escribir un libro, plantar un árbol, tener un hijo.

Aún podemos hacer que importe más la música que el fútbol.

Aún podemos hacer que el ajedrez gane al crossfit.

Aún podemos hacer que el amor sea algo más que unas palabras impresas sobre un papel.

Estoy sentado en el abismo, con los pies colgando sobre la inmensidad, viendo cómo las fábricas tiran humo y las personas ladran. A veces, mientras observo el desastre hacia el que nos acercamos, sólo quiero escapar, coger algo de dinero y empezar otra vida lejos de la ciudad, lejos del ruido de mis pensamientos, lejos de tanto sentimiento insano.

Desde aquí arriba, o incluso cuando estoy mucho más abajo, más abajo de tu vientre y de tus piernas, tengo tan claro que seguiría perdiendo el equilibrio a diario contigo, que no volvería a hacerle caso al viento que viene a que olvide tu nombre, que no quiero ver los glaciares creciendo entre nuestros besos.

Quizá sólo soy un personaje de una mala novela romántica italiana.

Quizá soy sólo esa bestia solitaria que vive en lo alto del castillo mirando cómo se marchita una rosa porque nadie se atreve a quererla lo suficiente para acabar con la maldición.

Quizá todo esto es ficción pero aún estamos a tiempo de convertirlo en realidad, de hacer que las canciones o los poetas mediocres hablen de nosotros.

La llave.

Aún no siento el calor, el verano este año tardará en llegar si no es que pasa por delante de mis ojos y mis manos sin que pueda cogerlo y abrazarme a él para sentirme reconfortado.

Todos los planes que un día parecieron perfectos se han ido al traste y ha dado igual la espera, el salto, incluso la caída; han dado absolutamente igual las lágrimas, las heridas, las confesiones a pecho abierto.

Ha dado igual esta vez y todas las anteriores.

Veo, sentado desde mi columpio oxidado, a los demás niños y niñas jugando a lo lejos, disfrutando bajo la sombra de los chopos. Es curioso recordar la sensación de tranquilidad y felicidad cuando hace mucho que no la vives, me transporta a los días en los que no había más preocupación que sentir el peso de tu cuerpo sobre el mío, aquellos en los que la única preocupación era preguntarnos qué íbamos a comer porque ninguno de los dos tenía ganas de cocinar, aquellos en los que daba igual besarnos por la calle y que al otro lado alguien gritara nuestros nombres.

Es tan doloroso ir convirtiéndote en una estatua de piedra para dejar de sentir, dejar de sentirlo todo, hasta la lluvia fría sobre la piel. Es tan doloroso ver tu indiferencia frente a mi cara, transcrita en forma de letras vacías contra la pantalla.

He intentado aprovechar cada momento, enseñarte cómo es el mundo desde mi vista cansada, abrazarte cuando era yo el que necesitaba que lo abrazaran.

Hay muchas cosas difíciles en la vida, eso lo tenemos claro, pero tú has sido capaz de verme sangrando sin intentar taponarme la herida, has sido capaz de apartarte unos pasos, los justos, para no tener que ser testigo de la tragedia. También tenemos claro que sobrevivimos, que la vida sigue a pesar de todo, pero no lo hace de la misma forma después de que sucedan ciertas cosas.

Me pregunto qué vas a hacer si te olvido, si de verdad acabas siendo un punto insignificante para mí; si sentirás alivio, si entenderás todo este daño, si te llenarás de la niebla densa que me recorre por dentro.

Me pregunto si entonces querrás tocar a mi timbre y besarme con ganas.

Me pregunto si debí haberme ido hace mucho para que empezaras a correr en mi dirección.

Me pregunto qué vas a hacer si un día mi puerta se cierra ante ti para no abrirse nunca más.

Tengo la llave en la mano pero aún no he decidido qué hacer con ella.

Se me hace raro, siempre has sido tú la que la llevaba en el bolsillo.

El mentiroso.

La mentira es una manera fácil de lograr algo. Sirve tanto para conseguir ciertos beneficios u objetivos como para evitar reproches y castigos. Sirve también para manipular, ocultar, ganar o cualquier otro verbo que pueda conjugarse a esos efectos.

Muchas veces utilizamos las mentiras como un modo de autoconvencernos, pensamos que si decimos ciertas cosas en voz alta y hacemos partícipes al resto el pensamiento o la idea en sí mismo se convierte en realidad de manera automática. Hacemos algunas afirmaciones que son puro autoengaño con el único fin de estar un poco más tranquilos con nosotros mismos.

Buscamos la paz a costa de fingir, de mentir, y así sólo aumentan las guerras internas, las batallas diarias, las peleas de costillas para dentro.

Ya no sé qué pensar, hace tiempo que dejé de tenerlo todo claro.

Lo único que sé últimamente es que no consigo conciliar el sueño durante más de dos horas seguidas y que ya no recuerdo lo que es despertarme sin sobresaltos por culpa de las pesadillas.

Y que las ojeras no hacen más que crecer.

Sólo conozco el miedo.

Mi vida me parece algunos días como esas novelas enigma del siglo diecinueve en las que al final todo se descubre, pero yo no llegaré a verlo para entenderlo porque seré el cadáver rodeado de una silueta de tiza blanca.

Mi vida me parece algunos días como una de esas bromas pesadas de cómico inglés que sólo se entienden en determinados momentos o circunstancias, o compartiendo cierta visión cultural.

Al final sólo tenemos dos opciones, como en muchas ocasiones: mentir o elegir la verdad, ocultar o dejar que todo salga a la luz; y es fácil y a la vez tan difícil.

Pero elegir un rumbo u otro nos acaba delatando, nos coloca sobre el tablero, muestra nuestras cartas con sólo un pequeño gesto, elegir nos acaba definiendo por mucho que creamos lo contrario.

Yo tengo claro de qué lado quiero estar pero quizá soy sólo un mentiroso que se dice a sí mismo que le quieres porque no es capaz de seguir adelante sin ti.

Pero a ti siempre te he dicho la verdad.

Todo es por ti.

Llevo tanto tiempo metido en mi cuadrilátero, acariciando los barrotes de la jaula creyendo que puedo volar estando preso. He tocado fondo tantas veces y siempre vuelvo a salir a flote. He llorado tantas veces y siempre encuentro motivos para olvidar las lágrimas.

Sólo he alcanzado la felicidad estando a tu lado, y qué putada.

No tengo armas con las que defenderme, ni argumentos suficientes para quedarme atrás. A estas alturas ya no puedo perder nada porque nunca lo he tenido y, sin embargo, aunque parezca lo contrario, no me rindo. Nunca dejo de luchar porque es lo único que me hace sentir que aún estoy vivo. La pelea diaria, el seguir nadando aunque el agua me llegue al cuello, y saber que aún estás ahí con la mirada perdida y siempre confundida.

Se me empaña la vista de vez en cuando y se me nubla el corazón según el día sin que pueda controlarlo, sin tener capacidad suficiente para evitar sentirme acabado, melancólico o, incluso, cínico. No sé qué pensar de mí mismo, si sólo soy un estúpido que está perdiendo el tiempo o si creo tanto en nuestro amor que podría con todo sin necesidad de levantar la voz.

Siempre he sido de fuertes convicciones y, desde hace un tiempo, tengo claro la línea que separa lo que quiero de todo lo demás.

Todo es por ti, lo bueno y lo malo, es por eso que ya no tengo modo de defenderme, de hacerme a un lado y evitar el daño, el sufrimiento que me llega ya a los huesos. No se puede dejar atrás aquello que quieres, no se pueden evitar ciertos sentimientos, ciertas ganas, ciertas certezas.

Y apareces en todo, para mi fortuna o desgracia.

Apareces siempre como esa melodía pegadiza de los anuncios que no deja de brotar en tu cabeza cuando menos te lo esperas.

Y así vuelven a mí tus ojos, tus besos, tus manos.

Y así vuelves a mí en silencio, con lluvia y truenos de fondo, y lágrimas en las mejillas y los brazos abiertos.

Todo es por ti.

Este dolor.

Esta pasión.

Esta espera.

Esta esperanza teñida de azul.

El cielo está gris y ya sabes por qué.

Se han ido perdiendo los días, las nubes y los excesos, y nos hemos quedado agotados junto a la carretera. La mayoría de noches no hay miradas cómplices ni palabras reconfortantes, y vivimos en la oscuridad intentando encontrar siempre la luz.

Asfixiados por la rutina y los bolsillos vacíos.

Arruinados por la costumbre y el qué dirán.

Somos víctimas y productos de un mundo que vive al límite de sí mismo, que está al borde del abismo desde hace tanto que ya no se reconoce al reflejarse en los mares y en los lagos.

Consecuencia del ritmo del capital, las fronteras y la religión sin profetas.

Ahogados por las estrategias de control.

Vivimos en un mundo tan horrible que yo quise convertirte en mi refugio y mientras he estado remando todo este tiempo tú ibas huyendo poco a poco en dirección contraria, sin tenerlo claro, sin saber decirme no. Un día me llenabas las velas de esperanza y al siguiente me tirabas por la borda, y yo volvía a subir al barco quedando de nuevo a tu merced. Yo que siempre he ido a pecho descubierto porque creía que no me harías daño, que no serías tú quien volvería a romperme haciéndome añicos, que me cuidarías como yo te he querido cuidar siempre.

Y me pregunto dónde está eso que llaman justicia universal, me pregunto si sólo llega con el final.

Acabamos haciendo daño a quienes más queremos porque es más fácil. Ya no eres capaz de acallar la culpa de tu conciencia y disparas al inocente, convirtiéndome en el penitente que paga por todos tus pecados. Ahora soy la diana sobre la que disparar todos los dardos que no te atreves a lanzar a otros, ahora soy el campo de pruebas sobre el que accionar las bombas. Quizá siempre lo he sido y no he sabido darme cuenta.

Quizá estoy tan cegado que no me he dado cuenta de esos desprecios silenciosos con los que has ido llenando el camino.

El cielo vuelve a estar gris y ya sabes por qué.

Estoy tan triste, tan acabado, que sólo puedo decir en voz alta que te quiero.