Mes: mayo 2018

La mala suerte.

Quizá es mala suerte, quizá es esta capa de lodo que me recubre siempre, la que no me deja sonreír a diario, sentirme tranquilo, mirarme al espejo y dejar de tener miedo.

Quizá es la mala suerte, o sólo soy yo mismo golpeándome el pecho a diario para permitir que mi corazón siga latiendo.

Voy lleno de vendas que me cubren los ojos, lleno de mentiras que me han dejado cráteres en la piel donde ahora intentan crecer flores pálidas.

Voy lleno de historias que no interesan a nadie, de formas de hablar que no se entienden, de sufrimiento que todo el mundo toma por superficial, sin importancia y exagerado.

No sé si tú también vas enamorándote de ojos que hablan sin despegar los labios, de gente sin modales pero de alma gigante, de la justicia justa, de detalles inconcretos, de canciones habladas, de un rayo de sol inesperado colándose en la habitación.

No sé si tú también tiras los dados y sumas un uno, si siempre que miras al cielo buscando la luna encuentras un eclipse, si quieres disfrutar del camino sin haber empezado el viaje.

Quizá es mala suerte querer ser Ártico junto al mar Mediterráneo, donde los días pasan tan lentos cuando sopla el poniente.

Quizá es mala suerte quererte sin que sirva de nada, quedarme sin respiración cuando el dolor da otra punzada.

Quizá es mala suerte, o la vida haciendo de las suyas demostrando una vez más que nada importa, que todo sigue, aunque duela, aunque pese, aunque nunca podamos olvidar.

Ha caído al suelo mi torre de naipes.

No queda ni rastro de tus caricias en mi espalda.

No hay amanecer.

El mundo se ha convertido en una estatua de sal que se deshace por culpa de la marea, inestable, sin sentido, insoportable.

El mundo sin ti es como una ciudad sin luces, lleno de tráfico, garras afiladas que quieren herirme y caos. Un caos incontrolable que me aprieta el pecho y me golpea con ganchos de derecha directos al mentón.

Me hablas como si pudiera dejarte atrás sin romperme para siempre. Supongo que crees que para mí llegar al final no es más que olvidar un cuerpo, recomponerme un poco con el paso de los meses, acabar renaciendo en otros labios y otros ojos. Y yo veo las frías y ásperas rocas de un acantilado ante mis pies sin que me quede más remedio que saltar.

No hay amaneceres rojos, ni besos suaves, ni manos entrelazadas allá donde voy.

No hay café de cápsula, ni quedarnos dormidos en el sofá, ni cuadros de los dos en la pared.

No hay rencor, ni rabia, ni odio, sólo un dolor inmenso y habitaciones en las que no entra el verano allá donde voy.

Sólo me gustaría restaurarte, dejarte intacta y sin romper, como estabas antes de que llegara para arruinarte la vida.

Sólo me gustaría cerrar todas tus heridas para que nadie pudiera hacerlas sangrar de nuevo.

Me estoy poniendo a prueba, estoy comprobando cuánta tristeza cabe en un ser humano y, de momento, no he encontrado el límite. Esto sigue creciendo día a día, como crecían los monstruos de debajo de la cama cuando apagabas la luz y cerrabas los ojos.

Y se me queda una vida entre las manos que ya no sirve para nada, que pierde el poco sentido que tú le dabas.

Me quedaré siempre siendo un corazón errante en nuestro naufragio, entre las brasas del incendio que creamos.

Nada tiene sentido.

No puedo, no quiero, no sé sin ti.