Inmarcesible.

Sin voz, quieren dejarnos sin voz, asegurarse de que no podemos quejarnos ni gritar por todo lo que nos hacen. Primero nos colocaron una mordaza y ahora quieren que apaguemos la radio y que sólo haya canciones en la Iglesia.

Pretenden que no se pueda protestar, que el miedo nos cale tan profundo que dejemos de creer que podemos hacer algo para que caigan del poder. Se han reído tanto en nuestra cara, con tanta prepotencia, con esa seguridad que da el pensar que eres intocable. Llegamos a pensar que la censura había acabado, que sonaba a polvo y a blanco y negro en este país, a los tiempos del nodo.

Están los vientos tan revueltos, las caras tan ilegibles, los pensamientos tan turbulentos. Vivimos en un contexto que lejos de ayudar nos obliga a estar enfadados la mayor parte del día y a permanecer alerta. Estamos de manera casi constante preparados para la lucha o la huida.

Convertidos en herejes por culpa de la ley y del gobierno.

La actualidad nos arrolla y los problemas diarios, y todos los otros que nosotros solos nos buscamos. No tenemos tiempo para pararnos a reflexionar, concentrarnos y recapacitar, ni siquiera para disfrutar.

Estamos tan pendientes siempre del reloj, del trabajo, de las obligaciones; que se nos ha olvidado lo que hay detrás de todo eso, hemos dejado de lado a las personas y a nosotros mismos. En el metro sólo hay gente mirando sus teléfonos, apenas hay sonrisas al cruzarse en los semáforos y cualquier mínimo gesto de ayuda nos parece digno de admirar.

Nos han quitado la paz de poder llegar a fin de mes sin sentirnos asfixiados y de no tener que redondear siempre al alza. Nos han hecho preocuparnos por el IBEX 35, el BCE y la política alemana. Nos atonta el fútbol y cualquier premio internacional. Han conseguido anestesiarnos ante el dolor ajeno: la Siria destrozada, las pateras que no llegan a su destino, la injusticia en los tribunales,  el despotismo de la televisión basura, los grandes líderes que nos llevan a la ruina.

Y a mí al final del día nada me importa porque sigo sin poder dormir pensando en ti, continúo agitándome en las sombras intranquilo, como les pasa a esos perros que saben que se acerca un terremoto, prediciendo la catástrofe.

Lo único que me alivia realmente es saber que respiras y no te duele, que no te avergüenzas de cogerme de la mano, que aún hay perdón para los dos si nos atrevemos a tenerlo.

A estas alturas sé que todo lo que me remueve por dentro y tiene que ver contigo es inmarcesible.

No hay remedio, estoy perdido.

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