Mes: marzo 2018

Los domingos siempre son tristes.

Los domingos siempre son tristes, tienen ese aire arrastrado de pesadez en los párpados y en el corazón que hace sentir Galeano cada vez que le lees.

Los domingos siempre abres los ojos y te falta alguien al lado o en la mesa, y no sabes cómo afrontarlo.

No estamos preparados para todo aunque lo intentemos con ahínco, no estamos preparados aunque tratemos de convencernos de lo contrario.

Al final, a mí me importa poco que afuera las calles estén llenas de luces de colores y de las risas de la gente, porque de puertas para adentro sigo teñido de un gris pegajoso que nunca consigo limpiarme del todo, como ese líquido negro que se quedó viviendo en las costas durante demasiado tiempo.

Los domingos siempre son tristes pero mantienes la sonrisa a flote sin saber muy bien cómo, intentando pasar desapercibido en un mundo que no quiere fijarse en el dolor de los demás más de dos segundos, en un mundo en el que si pides ayuda lo fácil es mirar hacia otro lado. Hemos convertido la soledad en sociedad en algo normalizado.

No hay un segundo que sienta consuelo, aunque haya música de fondo y manos que me acaricien la nuca, y siempre se refleja la búsqueda constante en mi mirada, el sentimiento de culpa sin perdón y la necesidad de estar contigo.

Apunto al objetivo sin balas que disparar, sin ningún tipo de suerte.

Habito cuartos vacíos de recuerdos y de voces conocidas.

Sueño con imposibles en realidades paralelas.

He vuelto a cortarme la yemas de los dedos pasando las páginas que hablan de nosotros.

Suspiro porque ya no puedo gritar con fuerza.

Nunca estoy en la torre de control dirigiendo mis aterrizajes y despegues.

Está todo sembrado de dolor que ya no puedo disfrazar.

Los domingos siempre son tristes pero hay una pequeña luz y me sigue guiando hasta a ti.

¿Por qué nunca se apaga?

Algunos periodistas sin corazón.

Carroñeros, depredadores ante la desgracia ajena, que huelen la sangre y se abalanzan sobre los restos para repartirse la carne. La aversión que siento cuando veo a los medios regodeándose en la desgracia de las familias se sale de cualquier escala de medición conocida, estoy seguro. No es nada nuevo lo de la poca ética de según qué personas pero siempre me sorprende porque no hay techo, el límite avanza hasta caer por el acantilado.

Los terremotos de información también dejan muertos. Padres, hermanos, amigos, abuelos, que tienen que soportar ver su intimidad expuesta en las pantallas como si no fuera suficiente con pasar por un hecho traumático que te cambia la vida por completo, que te deja frágil y sin consuelo para el resto de los años que te queden en este puto mundo. La jauría ladra, muerde, araña con fuerza y ataca sin piedad y sin control, porque como siempre los efectos colaterales no se valoran lo suficiente.

Tenemos claro que sufre el que se queda, el que tiene que sobrevivir al día a día con la ausencia, con un agujero en las entrañas que no se puede llenar.

Me parece lamentable que se den a conocer detalles pormenorizados de un padre, una madre y sus relaciones, de sus trabajos, de sus compañías, de sus abuelos, tíos y primos, de sus problemas, de sus costumbres. Como si fuera necesario, como si necesitáramos conocer la vida privada de una familia recién golpeada por el dolor. Como si fuéramos alguien para juzgar la vida de otros sin habernos lavado las manos y la boca antes. Como si la opinión pública necesitara para su desarrollo normal datos que sólo atañen al ámbito judicial y a quienes están inmersos en la instrucción del caso.

Y siento náuseas, de pensar que hay buitres observando datos de audiencia, refrescando las estadísticas de una página web, viendo subir el número de retuits o de posts compartidos.

Siento asco por una parte del mundo periodístico que no tiene corazón y también rabia porque nunca se aprende, nunca deja de sacarse tajada de este tipo de crímenes y al final todo se trata del mismo modo sensacionalista sin importar que te llames Miriam, Toñi, Desiré, Marta del Castillo, Ruth y José, Diana Quer o Gabriel.

Siento repulsión al ver que todos nos creemos jueces, abogados, criminólogos y policías, y echamos por la borda la labor de quienes ponen todo su esfuerzo y medios en trabajar de la mejor forma posible ante la presión que supone un caso como este.

Siento impotencia por ver cómo se trata la muerte de un pobre niño de ocho años, porque a estas horas habrá muchos otros viendo la televisión con sus abuelos/padres/tías/tíos/hermanos/hermanas/cuidadores, aprendiendo a diferenciar lo que está mal y lo que está bien.

Ojalá alguien les enseñe a respetar la privacidad, el dolor de los otros y a no usar la desgracia del prójimo en beneficio propio.

Dioses y monstruos.

Hace tiempo que no hay luz, que todo parece un mar oscuro en el que me es imposible guiarme y saber el rumbo que llevo.

Hace tiempo que sólo hay cientos de relojes colgando en mi pared marcando la hora y que el sonido del segundero me taladra una a una las neuronas.

Hace tiempo que los dioses se han ido para dejar el control a los monstruos.

Vivo metido en el Día de la Marmota y nada pasa, ni cambia, ni consigue sacarme una sonrisa verdadera, es difícil cuando llevas la máscara de Pantaleón a todas horas y eres incapaz de mostrarte tal cual eres. Las veces que he conseguido deshacerme de ella me han roto en pequeños cristales, las veces que me he atrevido a tender la mano y a querer dar un paso al frente me han apartado de su vida como si no valiera nada.

Y esa es la sensación final.

Que no soy suficiente.

Porque realmente no lo soy. Cómo voy a serlo si muchas veces no me preparo la cena, y la mayoría de días no separo la ropa negra de la blanca al poner la lavadora. Cómo voy a serlo si no soy capaz de cerrar los ojos antes de las tres de la mañana, ni puedo evitar ver otro capítulo más aunque llegue tarde a algún sitio.

No valgo la pena, de lo contrario estaría haciendo algo mejor que escribir otro texto lacrimógeno un domingo por la tarde.

Me echo de menos, echo de menos esa parte de mí que alguna vez no ha estado rota y era capaz de ver más allá de los días de nubes y lluvia fuerte. Echo de menos tener ganas, ganas de que pasen los días para poder verte, ganas de besarte, abrazarte y dormir contigo. Ganas de mirar por la ventana, leer una página más de un libro, volver a escuchar una canción. Ganas de planear viajes, pensar en el futuro.

Nunca tengo muy claro si voy a ser capaz de reconciliarme, de mantenerme firme, de mirarme al espejo y a los ojos perdiendo el miedo, pidiéndome perdón por malgastar mis días lamentándome por no estar junto a ti.

Y aquí estoy, restando días a la vida y sigo sin quererme.

Hundir la flota.

Tenemos la eterna sensación de no ser dueños de nuestros pasos, ni de nuestras vidas. Somos los últimos de la cadena de mando, simples soldados que obedecen órdenes, que nunca pueden decidir por sí mismos. Tenemos a otros al lado o por encima que nos dicen siempre qué hacer y cómo hacerlo, para impedirnos pensar.

Somos presa y víctima de padres, hijos, hermanos, amigos, jefes, cuñados.

Somos los heridos del combate diario y salimos siempre renqueantes del choque, y tenemos que volver a casa con la garganta llena de frases que no se han pronunciado y que se convierten en astillas que se clavan.

Nosotros que íbamos a tenerlo todo sin tener que luchar por ello, somos víctimas del trabajo, las expectativas de otros y el bombardeo constante de mentiras mediáticas.

Rugimos como las leonas y los tigres enjaulados en el zoo esperando la libertad que nunca llega.

Nosotros que estamos así porque no hemos sabido decir que no a tiempo para liberarnos de cargas que nos lastran y que no queremos soportar. Tampoco hemos sabido parar los pies y ahora estamos obligados a hacer algo que va en contra de nuestros deseos. Y ahora nos pilla por completo el derrumbe porque se nos olvidó saltar cuando todavía estábamos a tiempo.

Ahora nos pesan los pies y los párpados, y nos cruje el corazón en lugar de las articulaciones

Aunque no nos demos cuenta siempre hay quien se atreve a tendernos la mano para salvarnos de nuestro propio desastre cuando no somos capaces de abrir los ojos lo suficiente para percatarnos de la situación en la que nos encontramos.

Aunque todo parezca una auténtica mierda siempre hay alguien dispuesto a ayudar, por mucho que en nuestra oscuridad seamos incapaces de ver lo bueno.

A día de hoy, aún no te has dado cuenta de que eres tú lo único bueno que me pasa, que eres tú quien me impide esta caída sin fin al vacío, no has notado que puedes salvarme o jugar conmigo a hundir la flota.

Puedo aceptar las dificultades, los problemas, los largos silencios, la incertidumbre.

Tocado.

Pero no la indiferencia, la ambigüedad, una vida sin ti.

Y hundido.

#8M

8M con M de mandar a la mierda al machismo.

Los machistas de raíz que creen que no lo son están perplejos, hay mujeres luchando por sus derechos como si no los tuvieran todos piensan.

Estos días de reivindicación salen los más rancios a la luz, aquellos que aún se preguntan por qué las mujeres quieren hacer huelga o por qué quieren ir a la manifestación con argumentos como que “la igualdad ya está conseguida”, que “ellas tienen ventajas que nosotros no tenemos”. Algunos creen que todo es un capricho y que la culpa es de las “feminazis”.

Y entonces es cuando tienes que abrir los ojos y darte cuenta de todo el trabajo que queda por hacer y de todo lo que se debe luchar todavía.

No sé si está mal que yo como hombre alce la voz contra esto y quite el foco de mujeres que, sin ningún tipo de duda, saben reivindicar más y mejor que yo todo aquello que necesitan y buscan en la sociedad actual.

Desde el apoyo que intento mostrar por todas las causas que considero justas me anexiono al movimiento, sin pretender ser quien tire del carro, si no tan solo una mano más que empuje junto al resto.

Porque no ves que mueren a diario mujeres como consecuencia de una sociedad patriarcal, en la que el hombre tiene el poder y se encuentra por encima.

Porque no te has dado cuenta de que las utilizan como reclamo sexual para entrar a las discotecas, en los anuncios de televisión (que sí, que no me digas que en los anuncios sólo salen hombres guapos y con cuerpo de gimnasio, gañán).

Porque no has visto que en toda historia las tratan como si fueran las frágiles y a quienes hay que salvar cuando también tienen dientes, puños y palabras.

Porque las obligan a vender su cuerpo y las transportan como mercancía.

Porque hacen los mismos trabajos por menos dinero.

Porque no tienes miedo de volver solo a casa de madrugada.

Porque les cuesta más llegar a un puesto directivo con los mismos títulos y aptitudes.

Porque si todo lo que piensas sobre ellas fuera real hoy en día no les haría falta salir a la calle para gritar su realidad.

Sólo os digo una cosa, mujeres:

Sentíos libres.

Alzad el puño.

Como podáis, como sepáis, como queráis

Desidia.

Todo son explosiones y a mí me duele el estómago, la cabeza y las ausencias.

Lo de ganas de vivir suena a algo desconocido para mí.

Te has dado cuenta ya de que sigues fingiendo, que aparentas estar bien cuando por dentro eres todo arenas movedizas, que todavía intentas sostener el peso del mundo sobre tus hombros pero ya no resistes como antes. Nos desgastamos mentalmente como se desgastan los huesos de un anciano, sin que le des importancia hasta que empieza a latir el dolor en las articulaciones.

Nos damos cuenta de las situaciones casi siempre demasiado tarde, cuando estamos con el agua al cuello y es difícil ya buscar una cuerda que nos saque del agua antes de comenzar a tragar líquidos y morir de una manera parecida a la que nacimos, encogidos en nosotros mismos y sin poder respirar. Vamos haciendo nudos allá donde pisamos, volviéndolo todo complejo y enmarañando los cables hasta electrocutarnos.

Yo no puedo luchar más, voy a dejar que llegue la primavera y las lluvias de abril hagan conmigo lo que tengan que hacer: dejarme en la orilla, arrastrarme hasta el mar, convertirme en un estúpido mensaje dentro de una botella de vidrio.

Dejo ya de gritar porque no tiene sentido hablar en voz alta sin un público atento.

Dejo ya de correr porque no vale la pena esforzarse sabiendo que no vas a llegar.

Voy a dedicarme a mirar por la ventana hasta que las noches empiecen a encenderse con los meteoritos y el mundo huela a azufre, hasta que se me borre la memoria como un disco duro, hasta que no pueda mover las piernas porque ya no sepa hacerlo.

En otra vida trataré de no instalarme en la desidia cada domingo por la tarde pero mientras tanto voy a hacerme un café y a morir un poco, que es lo único que se me da bien.

Un día cualquiera.

Silencio.

¿Lo oyes?

Claro que sí, es ella respirando junto a ti. Sonríes en la penumbra que te brinda la persiana a medio bajar a primera hora del día. Es tan sencillo sentirse tranquilo cuando está a tu lado, cuando no tienes que preocuparte porque sabes que está bien, que está contigo aunque te esté dando la espalda en la cama.

Es todo más fácil cuando te levantas, te lavas la cara y te miras al espejo sabiendo que todavía sueña, o que al menos descansa, y luego te tomas cinco o diez minutos para mirar por la ventana mientras las nieblas todavía bostezan a tu alrededor.

El olor del café hace que ella abra los ojos en la cama y que sonría sin que tú lo sepas, es su despertador los sábados por la mañana, y tú mientras estás viendo la vida de una familia perdida en Alaska con la voz al mínimo para no despertarla. Te roza la nuca con la mano mientras bosteza y se sienta frente a ti, y todavía sin poder abrir del todo los ojos da el primer trago mientras se enciende un cigarro.

Le gusta así, qué le vamos a hacer.

Subes el volumen de la televisión y os miráis callados un segundo antes de daros un beso mezcla de sueño, cafeína y nicotina. Lo bueno de los sábados es que no hay nada programado, que puede pasar cualquier cosa, que podemos dedicarnos a perder el tiempo juntos o por separado según nos apetezca. El comedor está por limpiar, una de las cestas de la ropa está llena y hay un par de pilas de libros con el nombre de cada uno esperando a ser acabados. Todo depende siempre del azar y de la fuerza de voluntad, y la mía me pide que nos duchemos juntos y que la mañana pase rápido para salir a dar un paseo y respirar un poco.

Entrelazar los dedos, dejar atrás las calles, los coches y el mal tiempo. Alejar los miedos con el sonido de la risa, con la mirada sincera, con la verdad por delante, que compartir hasta la cerveza sea siempre sumar y no restar. Cenar por ahí o en casa según las ganas y el bolsillo. Volver a la cama, quedarnos sin ropa, abrazarte hasta que se me quede el brazo dormido, roncar o respirar fuerte, soñar contigo aunque te esté tocando.

Y que un día sea cualquiera para los demás pero nunca para nosotros.