Un día cualquiera.

Silencio.

¿Lo oyes?

Claro que sí, es ella respirando junto a ti. Sonríes en la penumbra que te brinda la persiana a medio bajar a primera hora del día. Es tan sencillo sentirse tranquilo cuando está a tu lado, cuando no tienes que preocuparte porque sabes que está bien, que está contigo aunque te esté dando la espalda en la cama.

Es todo más fácil cuando te levantas, te lavas la cara y te miras al espejo sabiendo que todavía sueña, o que al menos descansa, y luego te tomas cinco o diez minutos para mirar por la ventana mientras las nieblas todavía bostezan a tu alrededor.

El olor del café hace que ella abra los ojos en la cama y que sonría sin que tú lo sepas, es su despertador los sábados por la mañana, y tú mientras estás viendo la vida de una familia perdida en Alaska con la voz al mínimo para no despertarla. Te roza la nuca con la mano mientras bosteza y se sienta frente a ti, y todavía sin poder abrir del todo los ojos da el primer trago mientras se enciende un cigarro.

Le gusta así, qué le vamos a hacer.

Subes el volumen de la televisión y os miráis callados un segundo antes de daros un beso mezcla de sueño, cafeína y nicotina. Lo bueno de los sábados es que no hay nada programado, que puede pasar cualquier cosa, que podemos dedicarnos a perder el tiempo juntos o por separado según nos apetezca. El comedor está por limpiar, una de las cestas de la ropa está llena y hay un par de pilas de libros con el nombre de cada uno esperando a ser acabados. Todo depende siempre del azar y de la fuerza de voluntad, y la mía me pide que nos duchemos juntos y que la mañana pase rápido para salir a dar un paseo y respirar un poco.

Entrelazar los dedos, dejar atrás las calles, los coches y el mal tiempo. Alejar los miedos con el sonido de la risa, con la mirada sincera, con la verdad por delante, que compartir hasta la cerveza sea siempre sumar y no restar. Cenar por ahí o en casa según las ganas y el bolsillo. Volver a la cama, quedarnos sin ropa, abrazarte hasta que se me quede el brazo dormido, roncar o respirar fuerte, soñar contigo aunque te esté tocando.

Y que un día sea cualquiera para los demás pero nunca para nosotros.

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