Mes: enero 2018

Sólo quiero.

Debe ser ya abril en París porque no estoy entendiendo lo que me pasa dentro del pecho, aunque fuera el frío siga congelando pestañas y las olas rompan con más fuerza que nunca contra las playas del norte.

El tiempo ya ha demostrado que es frágil, escurridizo, que le gusta escaparse entre los dedos igual que se escapan los mechones de tu pelo entre los míos mientras veo cómo vuela la noche más oscura sobre mis hombros para llenarme de miedo y viejos temores.

El tiempo es, al menos, tan caprichoso como lo somos nosotros, que algunos días lo queremos todo y al día siguiente lo tiramos a la basura, sin preocuparnos demasiado, y después nos arrepentimos sin que podamos remediarlo.

Algunas veces tomamos decisiones sin pensar y otras pensamos tanto que nunca llegamos a decidir nada, que nos quedamos pisando el alambre sin atrevernos a comenzar a caminar sobre él.

Somos animales de costumbres, que prefieren quedarse en su cueva a salir a encontrar algo nuevo por si no es mejor de lo que tienen. El “por si” delante de un no sale bien es casi tan mortal como el “pero” después de un te quiero.

Somos animales racionales muy irracionales, que se dejan llevar por los instintos, por la atracción de unos labios, por el magnetismo de una mirada, por la sonoridad de las palabras, por la canción adecuada en el momento justo.

Sólo quiero abrazarla y que todas las piezas vuelvan a su sitio.

Sólo quiero que nada le duela.

Sólo quiero estar cuando más le haga falta, y no puedo.

Realmente sólo quiero hacerle la vida fácil.

Sólo eso.

Todo eso.

[Siempre serás mi desastre preferido.]

 

En mitad del sombrío invierno.

Nos creemos los héroes cuando quizá no seamos más que los villanos.

Yo sólo sé que soy como un soldado que en plena guerra tiene el brazo roto y no puede sujetar el fusil, y por eso ya no sirve para nada, por eso me mandan a las trincheras y de vuelta a casa en mitad del sombrío invierno (in the bleak midwinter*). Soy a ese al que mandaron en primer lugar a dar la cara, a recibir las balas, los golpes y a llenarse de barro las botas porque mi pérdida no supone nada, porque no soy tan valioso, porque sólo sirvo para sentirme halagado con lo que me toque por fortuna.

Me siento ya en retirada, caminando silencioso entre la bruma y el humo de tabaco, deseando que la lluvia deje de calarme las entrañas para llegar a casa y que alguien, que probablemente no lleve tu nombre, me cure las heridas y me cuide el corazón.

Sabemos que el mundo va a consumirse a sí mismo, que nosotros estamos ayudando a que todo se desintegre más rápido de lo que debía hacerlo. Pero imagina, imagina por un instante que existe una cuenta atrás, imagina que hay un plazo, que tenemos una fecha exacta en la que todo se destruirá.

Imagina que eso va a suceder en cinco años, que entonces el mundo ya no será mundo y tú no serás tú, y tus manos no serán manos. Y todo se habrá acabado, de un instante a otro, todo desaparece y no hay conciencia, ni cultura, ni ricos, ni pobres, ni historia, ni facturas, ni peleas, tampoco miradas cómplices, ni caricias, ni la tristeza de un domingo por la tarde.

Imagina que el mundo tiene fecha de caducidad y que tú tienes un temporizador marcando una cuenta atrás que llegará a cero y lo destruirá todo. Piensa bien a quién querrías dar el último abrazo, el último beso, a quién hablarías por última vez, qué canción escucharías antes de ser parte de alguna estrella, qué comerías la última noche, qué dirías para despedirte.

De verdad, para un segundo.

Un minuto.

Dos.

Tres.

Los que sean necesarios para que pienses un poco.

Mira a tu alrededor, mira tus manos, tus pies, tu cara en el espejo del pasillo.

Mira tus libros en las estanterías, las últimas conversaciones en tu teléfono.

Mira tu vida y piensa si estás haciendo con ella lo que realmente quieres.

Y si la respuesta es no.

Si la respuesta es no, cámbiala porque quizá el mundo no acabe tan pronto, pero el tiempo pasa rápido, y entonces respirar no te habrá servido para otra cosa que para doler, y estoy convencido de que no hemos venido al mundo para eso.

Si la respuesta es no: sal de casa, búscale, llama a su puerta para quedarte, y aprovecha el tiempo hasta la muerte o hasta el fin del mundo, lo que llegue antes.

*In the Bleak Midwinter, es un poema de la poetisa inglesa Christina Rossetti. Fue una frase popular entre los soldados de la Primera Guerra Mundial. Aparece en varios capítulos de la serie de la BBC Peaky Blinders.

Nuestro Big Bang.

Todo comenzó hace millones de años.

En el espacio.

La unión de partículas básicas comenzó a crear elementos, elementos que se atraían entre ellos y en algún momento que no acabamos de conocer demasiado bien surgió la vida, en medio de un caldo mágico. Vida microscópica que poblaba el planeta, que comenzaba a llenar de movimiento la tierra, el agua y el aire.

La física y la química jugando a ser Dios.

Células procariotas y eucariotas llenando cada centímetro del nuevo planeta vivo.

Más tarde, mucho más tarde, óvulos y espermatozoides se unieron, transformándose el uno al otro, evolucionando hacia un nuevo ser. Y los continentes se rompieron, y vagaron hasta quedarse en su sitio.

Un latido cardíaco.

Sangre en movimiento.

Oxígeno entrando en el cerebro.

Dinosaurios, extinciones, meteoritos y fuego en las cavernas. Volcanes en erupción, frío glacial, supervivencia extrema. Rugidos lejanos, magia con sangre en las manos, pirámides de piedra y emociones. Filosofía en el foro, ejércitos con afán conquistador y derecho romano. Médicos árabes, la Ruta de la Seda y la Gran Muralla China. Mazmorras, princesas sin apuros, reyes sin reino. Ángeles sin sexo y demonios con mucho. Guerras injustas, cuadros colgados en iglesias, música de trovadores, revoluciones en la sombra y a la luz. Mentiras en boca de charlatanes, drogas para quitar el dolor, televisión en blanco y negro, el tren bala y el wifi.

Vida nueva sobre vieja.

Eso somos.

Sólo eso.

Cromosomas extras, alteraciones genéticas, cambios en las proteínas, disfunciones, enfermedades.

Noches y días, Copérnico, el cometa Halley, eclipses de sol, Júpiter en el cielo, constelaciones, agujeros negros y astrología barata.

Y llegamos nosotros, tal cual somos, mientras en nuestro interior la maquinaria no deja de funcionar a diario, quemando leña en nuestro motor interno, mandando señales, recogiendo información, abriendo los ojos, cerrando las manos, rezando en silencio a la nada.

Sube la serotonina, se dispara la dopamina, cae la noradrenalina, se contraen las suprarrenales, se exprimen y el sudor cae sobre la piel sin necesidad de que sea quince de Agosto.

Feedbacks negativos que regulan nuestras glándulas y órganos, que hacen subir y bajar los niveles en sangre, que nos mantienen vivos a expensas de lo que pase en el mundo exterior. Más allá de la seguridad de nuestra carne y las paredes de nuestro hogar.

Semen, bilis, sangre y lágrimas, tan básicos y tan complicados como eso. Estamos tan llenos de fluidos como de esperanzas.

Somos idas y venidas hasta que nos agotamos, hasta que se nos desgasta el cuerpo y deja de funcionar sin que tenga posibilidad de reparación. Entonces formamos parte del ciclo de un modo u otro, nos volvemos a convertir en aquello invisible, intangible y fundamental que conforma el Universo.

Pasamos de ser cenizas a hacer crecer una rosa roja en medio de la nada.

Con esa misma naturalidad con la que llega la primavera, el miedo, la lluvia o la muerte a nuestras vidas llegó ella, cambiándolo todo. Cambiándome a mí, creando cimientos fuertes sobre los cuales echar raíces, crecer sin miedo. Llegó quitándome el peso de la espalda, el dolor del pecho, la falta de aire, la migraña y la inseguridad. Llegó haciendo que hasta un día de ciclogénesis explosiva pareciera el paraíso perdido.

Me abrió la boca y me cerró las ventanas para que dejara de tener frío cuando no estaba.

Vimos juntos del blanco al negro, pasando por el resto de colores del espectro visible. Había arco iris en el cielo y en sus ojos después de la lluvia escasa de estos tiempos modernos.

La ciudad y el mundo eran secundarios al ir de la mano, cuando nos besábamos debajo del muérdago con las luces de Navidad de fondo, con la gente mirando de reojo. Todo cobraba sentido de pronto, todo tenía un motivo. Una razón para seguir latiendo y respirando.

No somos conscientes de la importancia que tiene el hecho de que exista alguien por quien vale la pena ver amanecer un día más, que nos saque una sonrisa a kilómetros de distancia, que nos haga vibrar sin necesidad de tocarnos la piel ni de mirarnos a los ojos.

La mañana significaba besos, café y risas contra el cuello; pero sobre todo futuro. Esa pequeña luz entre las ruinas que te rescata de ti mismo, esa extraña paz de saber que existe alguien que lloraría tu ausencia, que se acordaría de tu cumpleaños, que te daría un abrazo sin preguntar si lo necesitas porque sabe leer tus ojos, que te pondría el termómetro de madrugada y te cuidaría como si fueras de nuevo un niño que no sabe ni tan sólo atarse los zapatos.

Nos transformamos el uno al otro, con las manos, con los labios, con las miradas, con el silencio. Evolucionamos en el mejor o en el peor sentido de la palabra. Nos susurramos verdades al oído, nos escuchamos latir, nos vimos arder sujetándonos las muñecas contra la almohada.

La mayor fuerza de creación y destrucción de la naturaleza debe ser el amor o, al menos, eso creo. Del amor surge nueva vida, de amor se puede morir; y dicen que también comenzar de cero.

El amor debería ser un treinta y uno de diciembre permanente, con sus buenos propósitos, con sus buenas intenciones, con sus ganas de darle la vuelta a todo y remover las corrientes más profundas. El problema de los propósitos de año nuevo es que la mayoría de las veces no se cumplen, por supuesto. Pero lo intentamos con ganas al principio, después tengo la sensación de que sólo lo intenté yo.

Nos fuimos deshaciendo como dos cubitos de hielo delante del fuego y lo pusimos todo perdido de agua y ganas, de pasión y temores. Compartimos cama, lágrimas y viajes en coche. Compartimos dedos entrelazados, gemidos y botellas de vino. Compartimos un poco de vida sin necesitar de nadie más. Nos compartimos, nos partimos por la mitad, nos probamos, nos unimos, nos montamos como se hace con cualquier puzzle de más de mil piezas. Con dificultad.

Caímos al vacío después de noches de alcohol y guerras de lenguas, y cuerpos sobre el colchón de una fría habitación. Nos dejamos caer, sin impedirlo, sin intentarlo, sin apenas darnos cuenta, sin mirarnos a los ojos.

Hicimos el amor en todas sus variantes, hicimos la fotosíntesis. Conseguimos que todo fuera una nueva metamorfosis, haciéndonos heridas y sellándolas con saliva.

Nos rompimos en la mejor noche de mi vida.

Tuvimos nuestro momento de gloria.

Fuimos esa película de cine mudo que de pronto tuvo voz, esa sonata de Mozart que dio paso a la complejidad de Beethoven, esa rima de Bécquer que inspiró a Benedetti, ese río que desemboca en el mar, ese cuadro de Dalí que se derrite hasta caer, esa cumbre que está tan cerca del cielo que hace que se te olvide lo que es vivir con los pies en la tierra.

Fuimos mejores que cualquier amor de los que escribió García Márquez, y todavía lo somos. A pesar de todo, a pesar del viento contra las ventanas, del nudo en la garganta, de las noches en vela preguntándome si estarás pensando en mí, de la angustia en la boca del estómago.

La humanidad ha dejado atrás la Inquisición, las guerras mundiales, la crisis económica, la burbuja inmobiliaria, la subida del precio de la gasolina, el gol de Iniesta, las muertes del club de los 27, la estación espacial internacional. Y nosotros dejamos que pasaran los meses sin mover ninguna ficha en el tablero de ajedrez, sin tener muy claro cómo queríamos que acabara la partida en la que nos habíamos visto involucrados después del inesperado encuentro de nuestras caderas, de nuestro fuego perpetuo. Dejamos que las cartas sin leer se acumularan en el buzón de casa con tal de no saber a dónde teníamos que llegar.

Permanecemos en pie mientras el mundo sigue girando sobre sí mismo y viajando alrededor del sol a su ritmo habitual, con una cadencia constante. Hay nubes creándose y desapareciendo, lluvias torrenciales destrozando regiones, olas gigantes barriendo costas mar adentro, huracanes tragando personas, incendios cubriendo el cielo de humo.

Y siento otro beso que parece una gota de agua en medio del desierto, otra mirada que se convierte en la luz que me guía por el sendero, otra caricia que trae el olor de flores secas y pintura, otro abrazo que deshace mi roca y me convierte en arena.

No quiero soltarte las manos, ni volver a sentirme descalzo, ni tener que jugar solo, ni seguir haciéndome pequeño, ni castigarme eternamente por haberte perdido en medio de esta jungla ordinaria.

No quiero perder más asaltos en un combate a vida o muerte.

La mezcla de almas, el fuego fatuo junto al cementerio, el viento dejándonos sin ropa, ni miedos, vaciándonos de vida y sueños. Las auroras boreales esperando a que podamos verlas juntos, Lisboa guardándonos sitio en sus viejos tranvías, Santiago adelantando el verano para que vayamos a escondernos en su catedral, el Born encendiendo las farolas para que nos besemos en cada uno de sus pequeños portales.

Sólo quiero perdonarte, perdonarme, perdonarnos, olvidar el daño. Sólo quiero mirarte de nuevo mañana.

Todo comenzó hace millones de años para acabar aquí.

En el fin del mundo.

Justo aquí, donde estoy yo sin ti.

Todo este infierno es mentira.

Al final sucede que no es tan complicado entender lo que nos pasa, de verdad. No es que nada vaya mal realmente pero tampoco va bien, simplemente se ha quedado todo en un estado de espera que ya no puede prolongarse durante mucho más tiempo.

No entro en sus planes y ella era todos los míos.

Y ha vuelto a pasar otro tren, otro barco, otro avión, otro satélite y ni siquiera los he mirado porque ya no tengo ojos para nada que no sea su destello entre el resto de personas sin brillo.

Ha vuelto a suceder, he vuelto a darme cuenta de que está lejos demasiado tarde, cuando estoy sangrando sin saber cómo parar esta catástrofe.

Ha vuelto a suceder, me he olvidado, me he quedado escondido en el último cajón junto a los calcetines viejos, donde no importo nada.

Supongo que por eso no me ves.

Supongo que por eso no te has dado cuenta de lo que estoy haciendo, ni de que cómo estoy, ni de por qué sigo aquí.

A veces siento que predico en el desierto, que estoy gritando lo que siento para nada, que lo intento sin ningún sentido.

Mira hacia arriba, aún estoy cogiéndote las manos para que no tropieces, para que no caigas a la primera de cambio.

Abre los ojos, escucha mi voz, a pesar de todo te sigo guiando.

Lo peor de dejar huella y que dejen huella en ti es que los recuerdos afloran como una mísera flor en marzo, y son incontrolables, y de pronto vuelve a tus retinas un beso, una frase, un paseo al atardecer en cualquier calle; y se te encoge el corazón, y te quedas callado con la mirada perdida porque estás pensando en ella (aunque no quieras).

Y lo único que quieres es volver a casa, acurrucarte en la cama, abrir los ojos y ver que te está acariciando el pelo y que todo ese dolor que se acumula por encima del estómago no existe.

Que todo este infierno es mentira.

 

Aguas negras.

No se está tan mal en el fondo cuando te acostumbras a él. En el momento en el que el sufrimiento se convierte en tu hábitat natural ya no te tiembla el pulso cuando todo se tuerce porque es lo que esperas, que todo vaya mal, que el desastre sea lo único que conoces a tu alrededor. No hay muecas, ni enfados, sólo resignación, un ligero encogerse de hombros y seguir chapoteando con el agua turbia e infecciosa de las profundidades.

Lo único que hay es agua negra a tu alrededor y el paso lento del tiempo en tu oído, apuñalando cada uno de tus latidos. El agua negra que te impide moverte bien en el interior del pozo, y después de tanto tiempo tienes ya los músculos atrofiados, el cerebro aturdido, los sentidos dormidos, los sentimientos hundidos.

Te preguntas, en el mejor de los casos, y te planteas cómo has hecho para ser incapaz de salir, para quedarte siempre ahí cuando hay gente que se ha cogido a una cuerda y ha acabado viendo la luz, cuando hay personas que han ido buscando apoyos para poder pisar tierra firme de nuevo. Pero tú eres incapaz, quizá porque te gusta regodearte en tu dolor, quizá porque sólo te sientes seguro y cómodo en las sombras, en ese sufrimiento que tan bien conoces y dominas, quizá porque no estás seguro de que tratar de vivir de otra manera vaya a dar mejores resultados.

Probablemente todo sea miedo, un miedo atroz que es sólo tuyo, un miedo que ha ido creciendo como las ramas y las raíces de un árbol en tierra fértil y ya no puedes separar de tus huesos ni de tu carne.

No sé encajar los golpes sin sangrar a la primera, ni tampoco aceptar las derrotas sin plantar cara.

No sé decirte adiós sin desgarrarme ni perderme en el camino.

No sé asumir la realidad más allá de las paredes de mi habitación solitaria.

Es tan difícil, tan injusto, tan cruel.

Tú aún no te has dado cuenta, y eso lo hace todavía peor, eso hace que el pozo sea cada vez más profundo.

Yo sigo con el debate permanente de quedarme aquí en estas aguas, que ya parecen brea, mojado para siempre o intentar salir afuera para ver si todo es tan bonito como dicen.

Yo sigo con el debate de intentar respirar o dispararme en la sien la única bala que me queda.

El hilo de la vida.

El hilo de la vida es fino, como el hilo de las telas de araña, quizá por eso nos sentimos atrapados contra nuestra voluntad como esas moscas que caen en la red y no pueden ya batir sus alas.

Tu vida pende de un hilo desde el momento en el que naces y Láquesis decide su longitud, para nuestra desgracia. No sabemos el momento en el que nos va a tocar decir adiós, no tenemos la suerte o la desgracia de saber qué día dejaremos de hablar para siempre y pasaremos a ser una más de las sombras que habita el otro mundo.

Nos toca vivir sin llegar a saber nunca si lo estamos haciendo bien o deberíamos cambiar las cosas.

Y cómo no sé cuándo tendré que despedirme de manera definitiva sigo luchando contra todo pronóstico, intentando llegar a ti aunque no salgas en los mapas, intentando llegar a mí aunque siempre esté perdido.

Supongo que lo único que nos queda cuando exhalamos el último suspiro es no tener que arrepentirnos de nada, irnos tranquilos a donde sea que vayamos mientras nuestro cuerpo se queda inmóvil para el resto de la eternidad. Lo único que no me quiero llevar a la tumba son remordimientos, ni la mala conciencia de saber que no hice todo aquello que quise hacer. Lo único que no podemos permitirnos es lamentarnos por no haber besado lo suficiente, ni haber cuidado de quien se lo merecía, ni haber dado la mano a quien lo necesitaba, ni haber gritado a pleno pulmón todo lo que pensábamos, ni haber leído, bebido, follado, reído, llorado, escuchado, abrazado, y sobre todo, sobre todas las cosas, haber amado.

No sé si llegaré a estar sobre una cama consumiéndome, no sé si llegaré a tener tiempo para pensar y recapacitar sobre mi vida. Tampoco sé si visitaré el infierno o me quedaré para siempre atrapado en el purgatorio intentando remendar mis errores terrenales. Quizá me toque volver a subir al cielo, como he hecho cada una de las veces que tus dedos se han enredado en mi nuca.

No sé si me moriré de frío allá donde esté y le seguiré teniendo miedo a la oscuridad que me llena por dentro desde que vi mis ojos reflejados en un espejo.

Sólo espero seguir recordando tus caricias cuando se vayan con el viento, y tus ojos brillando cuando quieres decirme algo y mis heridas, sobre todo quiero recordar mis heridas, porque sólo duele aquello que importa.

Y las heridas que tú me has hecho, te prometo que no se borran.

 

¿Estás lista?

Sólo hay eco.

En las calles y en tu cabeza.

Y nada más.

Los perros callejeros aún duermen, un botellín de cerveza nada por la alcantarilla y yo sigo en mi guarida, de la que creo que no debería volver a salir.

Pequeñas luces apagándose y encendiéndose en la penumbra de tu mente mientras aparece el sol con timidez entre las paredes de tu habitación. Sonidos y voces de vecinos que comienzan a elevarse tras los muros, y la sirena de alguna ambulancia que, ha quitado el sueño a más de uno y de una en el barrio, sigue el efecto doppler.

Tienes la mirada turbia y esquiva desde hace meses por no atreverte a hablar en voz alta, puede verse toda esa cantidad de palabras que se te atraviesan en la garganta, que te arañan por dentro dejando marcas que no van a irse, puede verse cómo viaja tu mente de una idea a otra sin que seas capaz de hacerles frente. Supongo que te estás preguntando si estamos preparados, y yo podría responderte pero no me quieres escuchar. Te da absolutamente igual lo que te diga, y te deja indiferente, y creo que hay pocas cosas tan mortíferas y venenosas como la indiferencia creciendo entre dos personas.

Porque, por si no lo sabes, la indiferencia se acaba convirtiendo en odio o en olvido, o en algo peor.

Explosión, desastre y luego, un silencio eterno.

Llegará ese punto en el que ya no se rozarán nuestras manos, ni compartiremos latidos ni besos, ni enfados, ni sonrisas.

Va a llegar.

¿Estás lista?

Porque yo no.

No creo que pueda estarlo nunca.