Mes: enero 2018

Todo este infierno es mentira.

Al final sucede que no es tan complicado entender lo que nos pasa, de verdad. No es que nada vaya mal realmente pero tampoco va bien, simplemente se ha quedado todo en un estado de espera que ya no puede prolongarse durante mucho más tiempo.

No entro en sus planes y ella era todos los míos.

Y ha vuelto a pasar otro tren, otro barco, otro avión, otro satélite y ni siquiera los he mirado porque ya no tengo ojos para nada que no sea su destello entre el resto de personas sin brillo.

Ha vuelto a suceder, he vuelto a darme cuenta de que está lejos demasiado tarde, cuando estoy sangrando sin saber cómo parar esta catástrofe.

Ha vuelto a suceder, me he olvidado, me he quedado escondido en el último cajón junto a los calcetines viejos, donde no importo nada.

Supongo que por eso no me ves.

Supongo que por eso no te has dado cuenta de lo que estoy haciendo, ni de que cómo estoy, ni de por qué sigo aquí.

A veces siento que predico en el desierto, que estoy gritando lo que siento para nada, que lo intento sin ningún sentido.

Mira hacia arriba, aún estoy cogiéndote las manos para que no tropieces, para que no caigas a la primera de cambio.

Abre los ojos, escucha mi voz, a pesar de todo te sigo guiando.

Lo peor de dejar huella y que dejen huella en ti es que los recuerdos afloran como una mísera flor en marzo, y son incontrolables, y de pronto vuelve a tus retinas un beso, una frase, un paseo al atardecer en cualquier calle; y se te encoge el corazón, y te quedas callado con la mirada perdida porque estás pensando en ella (aunque no quieras).

Y lo único que quieres es volver a casa, acurrucarte en la cama, abrir los ojos y ver que te está acariciando el pelo y que todo ese dolor que se acumula por encima del estómago no existe.

Que todo este infierno es mentira.

 

Aguas negras.

No se está tan mal en el fondo cuando te acostumbras a él. En el momento en el que el sufrimiento se convierte en tu hábitat natural ya no te tiembla el pulso cuando todo se tuerce porque es lo que esperas, que todo vaya mal, que el desastre sea lo único que conoces a tu alrededor. No hay muecas, ni enfados, sólo resignación, un ligero encogerse de hombros y seguir chapoteando con el agua turbia e infecciosa de las profundidades.

Lo único que hay es agua negra a tu alrededor y el paso lento del tiempo en tu oído, apuñalando cada uno de tus latidos. El agua negra que te impide moverte bien en el interior del pozo, y después de tanto tiempo tienes ya los músculos atrofiados, el cerebro aturdido, los sentidos dormidos, los sentimientos hundidos.

Te preguntas, en el mejor de los casos, y te planteas cómo has hecho para ser incapaz de salir, para quedarte siempre ahí cuando hay gente que se ha cogido a una cuerda y ha acabado viendo la luz, cuando hay personas que han ido buscando apoyos para poder pisar tierra firme de nuevo. Pero tú eres incapaz, quizá porque te gusta regodearte en tu dolor, quizá porque sólo te sientes seguro y cómodo en las sombras, en ese sufrimiento que tan bien conoces y dominas, quizá porque no estás seguro de que tratar de vivir de otra manera vaya a dar mejores resultados.

Probablemente todo sea miedo, un miedo atroz que es sólo tuyo, un miedo que ha ido creciendo como las ramas y las raíces de un árbol en tierra fértil y ya no puedes separar de tus huesos ni de tu carne.

No sé encajar los golpes sin sangrar a la primera, ni tampoco aceptar las derrotas sin plantar cara.

No sé decirte adiós sin desgarrarme ni perderme en el camino.

No sé asumir la realidad más allá de las paredes de mi habitación solitaria.

Es tan difícil, tan injusto, tan cruel.

Tú aún no te has dado cuenta, y eso lo hace todavía peor, eso hace que el pozo sea cada vez más profundo.

Yo sigo con el debate permanente de quedarme aquí en estas aguas, que ya parecen brea, mojado para siempre o intentar salir afuera para ver si todo es tan bonito como dicen.

Yo sigo con el debate de intentar respirar o dispararme en la sien la única bala que me queda.

El hilo de la vida.

El hilo de la vida es fino, como el hilo de las telas de araña, quizá por eso nos sentimos atrapados contra nuestra voluntad como esas moscas que caen en la red y no pueden ya batir sus alas.

Tu vida pende de un hilo desde el momento en el que naces y Láquesis decide su longitud, para nuestra desgracia. No sabemos el momento en el que nos va a tocar decir adiós, no tenemos la suerte o la desgracia de saber qué día dejaremos de hablar para siempre y pasaremos a ser una más de las sombras que habita el otro mundo.

Nos toca vivir sin llegar a saber nunca si lo estamos haciendo bien o deberíamos cambiar las cosas.

Y cómo no sé cuándo tendré que despedirme de manera definitiva sigo luchando contra todo pronóstico, intentando llegar a ti aunque no salgas en los mapas, intentando llegar a mí aunque siempre esté perdido.

Supongo que lo único que nos queda cuando exhalamos el último suspiro es no tener que arrepentirnos de nada, irnos tranquilos a donde sea que vayamos mientras nuestro cuerpo se queda inmóvil para el resto de la eternidad. Lo único que no me quiero llevar a la tumba son remordimientos, ni la mala conciencia de saber que no hice todo aquello que quise hacer. Lo único que no podemos permitirnos es lamentarnos por no haber besado lo suficiente, ni haber cuidado de quien se lo merecía, ni haber dado la mano a quien lo necesitaba, ni haber gritado a pleno pulmón todo lo que pensábamos, ni haber leído, bebido, follado, reído, llorado, escuchado, abrazado, y sobre todo, sobre todas las cosas, haber amado.

No sé si llegaré a estar sobre una cama consumiéndome, no sé si llegaré a tener tiempo para pensar y recapacitar sobre mi vida. Tampoco sé si visitaré el infierno o me quedaré para siempre atrapado en el purgatorio intentando remendar mis errores terrenales. Quizá me toque volver a subir al cielo, como he hecho cada una de las veces que tus dedos se han enredado en mi nuca.

No sé si me moriré de frío allá donde esté y le seguiré teniendo miedo a la oscuridad que me llena por dentro desde que vi mis ojos reflejados en un espejo.

Sólo espero seguir recordando tus caricias cuando se vayan con el viento, y tus ojos brillando cuando quieres decirme algo y mis heridas, sobre todo quiero recordar mis heridas, porque sólo duele aquello que importa.

Y las heridas que tú me has hecho, te prometo que no se borran.

 

¿Estás lista?

Sólo hay eco.

En las calles y en tu cabeza.

Y nada más.

Los perros callejeros aún duermen, un botellín de cerveza nada por la alcantarilla y yo sigo en mi guarida, de la que creo que no debería volver a salir.

Pequeñas luces apagándose y encendiéndose en la penumbra de tu mente mientras aparece el sol con timidez entre las paredes de tu habitación. Sonidos y voces de vecinos que comienzan a elevarse tras los muros, y la sirena de alguna ambulancia que, ha quitado el sueño a más de uno y de una en el barrio, sigue el efecto doppler.

Tienes la mirada turbia y esquiva desde hace meses por no atreverte a hablar en voz alta, puede verse toda esa cantidad de palabras que se te atraviesan en la garganta, que te arañan por dentro dejando marcas que no van a irse, puede verse cómo viaja tu mente de una idea a otra sin que seas capaz de hacerles frente. Supongo que te estás preguntando si estamos preparados, y yo podría responderte pero no me quieres escuchar. Te da absolutamente igual lo que te diga, y te deja indiferente, y creo que hay pocas cosas tan mortíferas y venenosas como la indiferencia creciendo entre dos personas.

Porque, por si no lo sabes, la indiferencia se acaba convirtiendo en odio o en olvido, o en algo peor.

Explosión, desastre y luego, un silencio eterno.

Llegará ese punto en el que ya no se rozarán nuestras manos, ni compartiremos latidos ni besos, ni enfados, ni sonrisas.

Va a llegar.

¿Estás lista?

Porque yo no.

No creo que pueda estarlo nunca.

Utopía.

[Del lat. mod. Utopia, isla imaginaria con un sistema político, social y legal perfecto, descrita por Tomás Moro en 1516, y este del gr. οὐ ou ‘no’, τόπος tópos ‘lugar’ y el lat. -ia’-ia’.

1. f. Plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización.

2. f. Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano.]

¿Cómo imaginas el futuro?

Para mí queda lejos toda esa utopía de la ciencia-ficción del siglo XX que creía en coches voladores plagando las alturas, edificios de cristal inteligentes que sustituyen a las casas comunes, viajes interestelares y trajes inteligentes y extremadamente ajustados que se adaptarán a la temperatura exterior sin que tengamos que hacer nada.

Aunque estamos cerca de convertir el planeta en un lugar inhabitable, de tener que crear agua y oxígeno en los laboratorios, y de llenarlo todo de elementos que nos permitan seguir realizando las funciones básicas y vitales sin envenenarnos en el intento. Estamos cerca de curar lo incurable, de implantar microchips y detectores en el cerebro y bajo la piel, de relacionarnos y controlarlo todo sólo a través de pantallas táctiles y cámaras en la distancia. Ya conocemos la atmósfera y las aguas abisales, la química de los volcanes y de qué está hecho el núcleo de la tierra. Conseguimos que en plena noche parezca mediodía y decirle al agua por dónde tiene que ir. Y parece mentira, pero seguimos sin saber cuidar a los demás, seguimos sin ser capaces de empatizar, preocuparnos, dar sin recibir nada a cambio.

Según evolucionamos, en el sentido técnico de la palabra, involucionamos en el aspecto humano.

Y no sé si conseguiremos vivir para siempre, si volveremos a pelearnos con bombas, si nos tocará empuñar las armas y matar al prójimo de la manera más rastrera que conozco.

No estoy seguro de que consigamos detener la paranoia ascendente, el odio, y el miedo paralizante que empieza a difundirse por las alcantarillas, bajo nuestros pies.

Lo único que tengo claro es tan débil ahora mismo y late tan lento.

Lo único que tengo claro es la sensación que me recorre por dentro.

Mi futuro sí que es una auténtica utopía porque sólo quiero estar contigo.

Y eso, eso ya he visto que sí es un verdadero imposible.

[Se repetía cada día: con ella al fin del mundo, aunque no lleguemos.]

Perdiendo el norte.

Se me atragantan los días desde que vivo atrincherado en el sofá sin más esperanza que la que soy capaz de ver sólo de vez en cuando, como esos destellos de luz que ven los náufragos desde la orilla de sus islas perdidas en mitad del océano. A ciertas cosas no me puedo acostumbrar, hay ciertas cosas que no puedo asumir y seguir como si nada.

Siento el martillo en mi cabeza trabajando sin parar, sin descansar, sin detenerse ni un segundo para dejarme coger aire y volver a empezar.

Hoy he vuelto a despertarme con sed en plena madrugada mientras la televisión y las luces del comedor seguían encendidas, mientras un libro con su marcapáginas fuera de sitio reposaba en mi regazo y he tragado saliva. He vuelto a caer en la cuenta de que nadie va a darme un toque en el hombro y a decirme que me vaya a la cama. He vuelto a caer en la cuenta de que soy mucho más frágil de lo que me atrevo a decir.

Y el mundo ahí afuera se está congelando y yo por dentro estoy en llamas.

Es como si ahora mismo estuviera solo, abandonado, viviendo en medio de un valle donde nadie va a venir a rescatarme si estoy en apuros, si hago ese último grito pidiendo ayuda me quedaré en el mismo sitio, esperando con los lobos.

Sin que nada pase.

Sin que nada cambie.

Sin que nada sea como tú quieres que sea.

Sin que nos encontremos escondidos en la esquina de siempre.

Ya hemos dicho muchas veces que no aprendemos, que no sabemos elegir bien ni hacer las cosas mejor. Y yo soy el ejemplo más claro de lo que no hay que hacer en la vida porque lo único que hago como nadie sabe hacer es destruirme poco a poco, echarme sal y tierra por encima, y quedarme enterrado.

A pesar de todo (y de nada) aquí sigo, perdiendo el norte por ella.

[Estamos diciéndonos adiós con el corazón encogido.]

Ya es tarde.

Ya es tarde, probablemente para todo.

Es tarde para que vuelvas a abrirme la puerta, para que se arregle el mundo, para remediar algunos de los errores que hemos cometido.

Es tarde para olvidar algunas cartas, cafés y tantos besos.

No sé qué voy a hacer a partir de ahora que todos los caminos me parecen oscuros y sin fin, desde que sé que no vas a estar al otro lado el destino ya no tiene sentido. Supongo que voy a dedicarme a vagar por el Universo, a hacer y deshacer sin que nada permanezca mucho tiempo, a tener amores fugaces de esos que no dejan la huella que has dejado tú con tal de mantener la mente y el cuerpo ocupado. Y es que si consiguiéramos encapsular los sentimientos, guardarlos para siempre y que así alguien pudiera encontrarlos dentro de miles de años mi corazón sería como un fósil en el que podrían leer tu nombre sin problema, sólo quitándole el polvo de un soplido.

Algunos días creo que ya no tengo miedo a perderte, porque siendo sinceros nunca te he tenido, y otros me quedo callado mirando al vacío esperando a que algo cambie, a que algo me salga bien de una jodida vez.

Podrían haberme avisado de que la vida era así de injusta, de que uno nunca tiene lo que se merece, de que hay otros siempre con más suerte, de que crecer sólo iba a servir para destruirme lentamente.

Podrías haberme avisado de que romperme en dos no iba a ser suficiente, ni cuidarte más de lo que me he cuidado nunca a mí mismo, ni querer sólo lo mejor para ti, y de que arriesgarse es un espejismo para la mayoría de la gente.

Es tarde para que sonría como hacía antes.

Es tarde para hacer las maletas.

Ya es tarde, probablemente para todo, también para huir de ti.

Como si fuera primavera.

El mundo está tan loco como lo estamos nosotros, como lo está la vida de hoy en día.

3 de Enero y veinte grados, y dejamos que el sol roce de nuevo nuestra cara y nuestros brazos como si fuera primavera.

El invierno apenas ha llegado a nuestras calles y ya se ha ido, supongo que le cansamos, que sabe que este no es su sitio y que no nos gusta demasiado. Supongo que sabe que nos gusta más poder sudar juntos sobre el colchón, con las ventanas abiertas sin tener demasiado claro si nos están viendo los vecinos y sobre todo sin que nos importe demasiado. Te he visto de nuevo en sueños arqueando la espalda, atrapando las sábanas entre tus dedos, buscándome en la penumbra en voz baja, susurrando palabras que sólo entiendo cuando lo haces en mi oído.

Me gustaría estar caminando junto al mar contigo al lado, llevando el mismo paso mientras el rumor de las olas nos trae recuerdos y caricias que no queremos olvidar, mientras nuestras manos y nuestros dedos se buscan igual que lo hacen nuestras bocas cuando apagamos la luz y nos falta el aire.

Sería tan mágico que pudiéramos sentarnos en el suelo y leernos páginas de historias de verdad, contarnos mirándonos a los ojos la vida de todos esos personajes que nos habría gustado ser y pronunciar en voz alta todas aquellas vidas que nos hubiera gustado vivir.: Pisar las calles del París bohemio del Moulin Rouge, caminar por el Londres victoriano intentando encontrar a Jack el Destripador, navegar a bordo de un barco de vapor por el río Mississippi, observar cómo piedra tras piedras las pirámides ascendienden hacia el cielo etéreo del Egipto faraónico, tocar el piano en el Cotton Club.

Y estoy seguro de que la gente hablará de mí por decir un gilipollez detrás de otra, y seguramente dirán que soy un loco porque no te conozco tanto como creo, pero yo no necesito más. No puedo evitar sentir lo que siento al verte, al pensarte, al tocarte, al perderte.

Si tenemos los días contados, no exagero al decir que, quiero contarlos contigo; y que voy a quererte siempre como si fuera primavera.

Uno.

El nuevo año significa oportunidad, es una ocasión para rehacer, deshacer y empezar o retomar objetivos.

El día uno de enero nos brinda la oportunidad de empezar de cero en una cuenta imaginaria y de ir sumando día tras día. Dejar atrás los recuerdos dolorosos, pisar todo aquello que no nos ha servido más que para hacernos daño y poner los pies en un camino nuevo, esperando que esta vez nos lleve a un destino mejor. Es asombrosa esa capacidad nuestra de no perder la esperanza, de renovar los deseos después de trescientos sesenta y cinco días como si no supiéramos que la vida nos la va a jugar de nuevo. Pero ahí estamos, después de las doce de la noche, abrazándonos, sonriendo, deseándonos todo lo bueno que se nos ocurre como si la suerte, como si la magia, fuera a estar de nuestra parte esta vez.

Siempre llegamos reflexionando, haciendo balance, cayendo en la cuenta de lo que fue bien y lo que fue mal, y pensando en todo aquello que quisimos que pasara y nunca pasó, en todo aquello que quisimos hacer y no pudimos, en todos aquellos besos que se quedaron en el arcén, en todas aquellas palabras que se perdieron en los andenes, en las puertas, en las calles desiertas.

El tiempo siempre nos deja huecos en el alma y en la mesa, nos va dejando más tristes y más solos.

Ahora que hemos puesto los relojes y los calendarios a contar desde el principio es cuando tenemos que darnos cuenta de que la vida pasa, y lo que hagamos en medio depende sólo de nosotros, que está en nuestra mano arrepentirnos o sentirnos satisfechos, que algunas decisiones sólo dependen de uno mismo aunque parezca egoísta.

Con pequeños esfuerzos podemos ir haciéndolo mejor, no necesitamos de grandes azañas, ni gestos heroicos. A mí me vale con cosas tan simples como un: ¿cómo ha ido el día?, un abrazo por la espalda, tener a alguien que me escuche cuando lo necesite, y poder ver las películas alemanas de domingo después de comer en casa de mi abuela.

Día uno, de todos los que quedan por delante.

[Al nuevo año esta vez le pido poco, voy a ser realista. Me conformo con estar un poco menos triste, escribir a diario, que los míos estén bien y poder seguir entrelazando mis dedos con los tuyos.]