Mes: noviembre 2017

Las golondrinas de Bécquer.

Los labios cortados por el frío, la mirada más en el año próximo que en el presente, los dolores de cabeza que no cesan, la angustia que sigue instalada en el centro del pecho, el temor que es como una gárgola de piedra que lo observa todo desde las alturas de una catedral gótica y siempre está preparada para cobrar vida y caer sobre nosotros.

Siempre.

El ardor en el estómago, el temblor en los dedos alargados, los besos frágiles, los huesos convertidos en polvo.

Claro que no sabes lo que quieres.

Claro, porque nunca te han enseñado que podrías tenerlo, porque te han metido en la cabeza que no mereces nada, que te tienes que conformar con lo que sea que te toque, que tienes que encogerte de hombros, bajar la mirada y seguir adelante como puedas, aunque sea arrastrándote.

Te han dicho que hay decisiones irrevocables y que hay que asumir las consecuencias de tus actos.

Claro que no sabes lo que quieres.

A mí también me pasa, que pienso que merezco todos los castigos, que las penitencias me las he ganado a pulso, que creo que no me puede pasar nada bueno en la vida porque eso no es para mí.

Pero también sé que siempre hay tiempo.

Para todo.

Para comprar un billete, para girar el volante, para no beber otra copa, para cerrar o abrir una puerta, para decir te quiero, para romper un contrato, para darse media vuelta, para mirar a los ojos, para gritar al viento, para coger un tren, para encender una hoguera, para pegar los fragmentos.

En esta vida hay tiempo para todo hasta que se pierde la oportunidad.

Las oportunidades a veces son efímeras y otras se mantienen flotando en el aire hasta que acaban por disolverse con el paso de los meses. Y lo malo de las oportunidades es que no hacen como las golondrinas de Bécquer.

Las oportunidades son como el amor de tu vida, que pasa por delante, y si no te aferras, se va y nunca vuelve.

Y siempre te arrepientes.

Invencible.

Ver el futuro.

Leer el pensamiento.

Poder volar.

Regenerarnos.

Ser más rápidos que la luz.

Tener una fuerza sobrehumana.

Controlar el clima.

Teletransportarnos.

Viajar en el tiempo.

Crear fuego y hielo.

Ser inmortales.

Resucitar.

Todos hemos pensado en algún momento de nuestra vida lo que sería tener superpoderes, ser diferentes al resto, tener alguna capacidad que nos hiciera únicos frente a todos aquellos que nos rodean. Y es que sólo es una manera más de querer sentirnos por encima de los demás, de sentir que tenemos algo que nos distingue. Esa envidia tan humana que nace con nosotros y se va extendiendo por nuestra sangre mientras envejecemos.

Y nos pasa igual con el amor, que sólo queremos a alguien a nuestro lado para sentirnos especiales, que buscamos en el otro lo que no sabemos conseguir nosotros solos, que necesitamos ser dueños de alguien más allá de nosotros mismos

Nos han enseñado que la soledad es de fracasados, que la gente solitaria son todos unos perdedores, que todo el mundo quiere compartir su tiempo. Y yo no sé si es cierto o es una mentira más, de todas esas que nos han contado con los años, pero a veces me gustaría que se extinguiera el resto de la humanidad y que nadie me sacara de mi habitación; y otras busco los abrazos y los besos que nunca puedo tener en silencio, gritándole a mi mente todo lo que no puedo decir en voz alta.

Ojalá en lugar de querer conseguir todo aquello que sólo es posible en la ficción intentáramos volver realidad lo que está al alcance de nuestra mano.

Es más sencillo de lo que parece, todo consiste en sonreír sin esperar una sonrisa de vuelta, dejar de mentir de una vez por todas, besar a quien nos besa, dejar de creer y comenzar a hacer, hablar más con los actos que con las palabras.

No nos hace falta pensar en la ficción.

No nos hace falta querer ser como todos esos personajes de Marvel y DC que inundan las pantallas de los cines.

No nos hacen falta héroes de cartón para conseguirlo todo.

Tenemos armas, quizá no tan espectaculares pero mucho más poderosas: el amor, la compasión, la admiración, el respeto, la lealtad.

Y yo, por ejemplo, te tengo a ti.

Por eso soy invencible.

Algún hueso entero.

[Continuación de Esa paz sobre la que muchos hablan.]

Abre los ojos, el sol se cuela por la rendija de la ventana. Deben ser más de las ocho de la mañana. Suspira antes de girar la cabeza y darse cuenta de que está solo en la cama. No es su casa, no es su piso. El pinchazo en la cabeza y el mareo que le invaden le dice que tiene resaca.

Joder, estoy mayor para esto.

Mira el teléfono, algunas llamadas perdidas y varios whatsapps esperan a ser leídos. Se niega a coger el móvil tan temprano. No quiere saber nada de nadie ahora mismo. Prefiere pensar en otras cosas, como el polvo de la noche anterior. El cuerpo de Monica demostrando habilidades que no había imaginado ni en algunas de sus mejores fantasías. Se mira, desnudo, no tuvo tiempo ni de ponerse los calzoncillos.

De pronto siente una arcada y se levanta apoyándose a duras penas en la pared hasta llegar a abrazarse al wáter y echar por la boca media vida en forma de vómito. Se limpia la cara después y se mira de nuevo al espejo. Sigue siendo gris, siguen las ojeras y ahora el rostro pálido y sudoroso del que acaba de hacer que los jugos del estómago vayan en sentido contrario al que deben ir. Y, sin embargo, ve algo que ha cambiado. Debe ser follar, eso nos hace ver siempre la vida de otra manera, sensación de estar satisfecho, de falsa felicidad.

Se pregunta dónde estará Monica y recuerda que tenía guardia, que probablemente ya haya salido para el Instituto de Medicina Legal y que no volverá hasta la hora de comer salvo que pase algo. No esperaba despertar solo y quedarse en su casa de aquella manera. Se despereza, camina por el piso y llena un vaso de agua para bebérselo por completo. Saca de la cartera un ibuprofeno, siempre lleva una pastilla por si acaso. A Egea le parece raro estar allí como si fuera su casa pero quizá incluso podría acostumbrarse.

Se toma la libertad de prepararse un café y caminar descalzo por el salón.

Flash de cuerpos unidos, manos que bajan y suben en la penumbra, la respiración entrecortada, los gemidos contra el oído. Sólo de revivirlo al forense le suben las pulsaciones. Las manos de ella enredándose en su pelo mientras lo mira como cree que Elisa no lo ha mirado en toda su vida. Tiene que dar un sorbo al café caliente para pensar en otra cosa.

Le hace gracia  descubrir una nota de Acosta sobre el mueble de la entrada. La letra demasiado limpia para un médico, el trazo algo redondeado, las letras sin apenas separaciones. Si supiera algo de grafología podría decir algo sobre su personalidad pero lo cierto es que no tiene la más mínima idea, y a veces duda de la veracidad de las conclusiones a las que llegan los expertos. Pero es normal, suele ser algo escéptico.

No huyas. Volveré a comer.

Una nota breve pero llena de intenciones o eso quiere pensar él, o eso le parece. Una especie de súplica y orden al mismo tiempo. No te vayas, quiero verte otra vez, quiere leer él. Y le reconforta un poco, ver que puede haber esperanza lejos del fondo negro de su vida actual. Ver que no tiene por qué morir solo y que quizá romper las cadenas sólo hace que mejorarlo todo.

Mira el fondo de la taza después de un rato y de nuevo con el teléfono en la mano se dedica a leer los mensajes. Sin rastro de Elisa. La pantalla se enciende con el nombre de Fernando Navas, otro agente de la Policía Judicial. Egea no espera esa llamada y supone que debe tratarse de algo importante o al menos, poco ordinario.

Navas, ¿qué hay?

Supongo que no te has enterado todavía, Daniel.Es capaz de leer la preocupación a través de su acento granadino y la seriedad con la que le responde. Navas es un tipo simpático y divertido la mayor parte del tiempo, incluso para el gusto del médico suele ser demasiado bromista y se toma libertades que no debería.

¿Qué ha pasado?

Se trata de Díaz. Está en el hospital.

Estuve con él hasta algo más de medianoche. ¿Un accidente?

Parece que ha intentado suicidarse.

Las palabras de Navas le calan al forense como las lluvias en época de gota fría. No piensa que Díaz pueda ser la clase de persona que decide acabar con su vida.

¿Cómo ha sido?

Se ha tirado.

Una precipitación, y por suerte ha fallado. Por suerte, si es que no se queda con secuelas por la caída. Se alegra al menos de que Monica no haya tenido que ir a recoger su cadáver nada más despertar. No puede imaginar lo que es encontrarse a un conocido debajo de la sábana blanca, por suerte no ha tenido que vivirlo nunca.

Joder, Navas. Daniel se lamenta, siente algo de angustia en la boca del estómago y no sabe ya si es culpa de la resaca o por la noticia que acaba de recibir. Estuvimos hablando y yo le vi bien. No me dijo nada que me pudiera hacer pensar que iba a querer saltar por la ventana.

Están en quirófano, no sé si le queda algún hueso entero.

Daniel toma aire, suspira, sabe que tiene que ducharse, vestirse y acercarse hasta el hospital. Debe hacerlo por Díaz y porque probablemente fue la última persona que lo vio antes de que tomara aquella decisión vital. En su interior comienza a crecer la sensación de culpa que siempre le acompaña, Egea acaba sintiéndose culpable por casi todo en la vida, aunque no tenga nada que ver con él. Su cerebro tiene una extraña manera de relacionarlo todo y culparse a sí mismo.

En un rato iré al hospital.

Más tarde.

Daniel mira a Monica y hace un gesto negativo con la cabeza. Da un trago a la coca-cola que tiene delante de él y la vuelve a mirar.

¿Por qué querría Díaz suicidarse? No lo puedo entender. Anoche estaba bien, al menos, como siempre está.

Ya sabes que el suicidio es algo más difícil de lo que nos pensamos. Nunca podemos estar seguros al cien por cien de lo que piensa otra persona o de cómo se siente.

Lo sé, pero joder…

Se rinde, Egea decide no tratar de entender los motivos de su amigo porque son amigos, ¿verdad? O no, ya no sabe muy bien qué tipo de relación cercana mantiene con el de Homicidios.

Daniel ha ido al hospital y se ha vuelto con las mismas, ni ha podido ver al Guardia Civil ni ha podido hablar con los médicos. Lo de no ser familiar directo lo hace todo más complicado, y allí no había nadie. No conoce tanto a Díaz como para saber si tiene familia cercana que se vaya a preocupar por él pero algo le dice que no, que el tío está más solo en la vida de lo que quiere aparentar.

Monica desliza una mano sobre la mesa y le acaricia el dorso. Tiene algo en la mirada capaz de tranquilizarlo cuando lo necesita, es algo que sabe desde que comenzaron a trabajar juntos. Cuando él se pone nervioso ella consigue centrarle, quitarle importancia a las cosas que no la tienen, focalizar su atención en lo importante y eso es algo a destacar. Ese pequeño gesto cotidiano ni siquiera se le antoja algo raro.

El teléfono de la guardia suena sobre la mesa, el típico tono de llamada de Nokia. Justicia tarda en renovarse, eso es algo que sabemos todos pero que el teléfono sea el mismo desde hace diez años dice mucho del Ministerio.

La ve sacar la libreta y anotar los datos del fallecido, porque a esas horas debe ser un levantamiento. Egea se lleva el tenedor a la boca con un poco de ensalada, desde hace años le gusta comer sano. En realidad no le gusta pero Elisa se empeñó en que tenían que cambiar los hábitos de vida y por eso él hace tiempo que no prueba un mísero bocadillo de panceta. Otra vez, la imagen de su mujer cambiando su vida, adaptándola a la de ella, cambiándolo todo por completo. Se siente estúpido, un auténtico imbécil, parece que después de tanto tiempo le ha caído la venda de los ojos, o se la ha arrancado.

En quince minutos está el coche de la guardia aquí. ―ladea una sonrisa. ―Otro homicidio.

Dos en poco tiempo.

Yo insisto pero nunca gano.

Yo insisto pero nunca gano.

Y veo las palomas blancas volando, sin saber si me hablan de paz o de muertes lejanas.

Y hay edificios antiguos que cada día me miran distinto y a mí me parecen cambiados de sitio.

Y a ti te crece el pelo y te mengua la sonrisa.

Y a mí me brotan lágrimas y se me secan las raíces.

Y se sale el café de la taza nueva y hay que volver a limpiar las ventanas por culpa de la lluvia.

Hoy alguien ha empuñado un kalashnikov en Siria y han tenido que rescatar del mar a una madre con su niño.

Hoy alguien construye nuevas emociones, pinta una pared, hace sonar un piano de cola, se besa en un ascensor.

Hoy alguien ha muerto de la manera más tonta, se han roto miles de corazones, nuevas voces han gritado frente a los muros, los aviones se siguen manteniendo en el aire.

Y hay billetes de ida sin vuelta.
Y hay besos crueles.
Y hay quien sólo mira hacia adelante.
Y hay palabras flotando entre nosotros, invisibles cual mentira.
Y hay gente esperando un salvavidas en forma de abrazo largo.
Y hay ríos que se secan y entrepiernas que se mojan.

Aún no lo sabes, pero te he escrito canciones que te gustaría que te cantaran al oído.

Aún no lo sabes, pero te he ido dejado mensajes escondidos.

Queda esperanza entre las nubes y soledad para quien corre muy temprano.

Quedan ciudades para descubrirlas de la mano.

Quedan noches y días, y saliva para cubrirnos la piel.

Ojalá me fueran a salvar tu risa y tus ojos por el resto de mis días.

Pero yo insisto contigo y nunca gano.

La luz de noviembre.

Las mismas calles de siempre, la luz de noviembre.

Abrazos conocidos, sonrisas que casi tenías difuminadas en el recuerdo.

A veces no hay nada como volver a casa para encontrarte de nuevo a ti mismo, y recordarte quién eres. En algunos momentos perdemos nuestra esencia y todo se tambalea y no sabemos sobre qué tipo de aguas estamos caminando, y nada mejor que un par de palmadas en la espalda para devolverte a tu lugar.

Las grietas de la pared desconchada siguen ahí, donde estaban hace unos meses, donde estaban hace unos años. La bandera republicana con sus colores desteñidos continua colocada en el balcón de la plaza. Las piedras ya desgastadas por el paso de cientos y cientos de suelas de zapatos te miran otra vez. El saludo escueto de un lado a otro de la acera acompañado de un movimiento ascendente de la cabeza. La puerta cerrada de la iglesia. El mirarlo todo como si fuera la primera vez. El descubrir tus propios pasos en otras épocas, solo y acompañado, en silencio, con la funda que guarda un saxofón plateado a tus espaldas. Las típicas preguntas para saber si todo sigue igual y qué cosas han cambiado durante tu ausencia.

Y en el fondo todo sigue ahí.

Y en el fondo nada sigue ahí.

Somos las mismas personas y también somos diferentes, lo que nunca cambia es el vínculo a pesar de las vueltas de reloj, de que un día sea primavera y otro invierno. El telón de fondo siempre es el mismo y por eso la cerveza sabe mejor y las risas suenan más altas.

Porque vuelves y te sientes tranquilo, y los ruidos de ciudad se difuminan y parece que todo queda lejos y cubierto de neblina. Los problemas no parecen tan urgentes, ni ese vacío continuo del pecho parece tan grande, y cesa el castigo que te impones a diario durante unos minutos.

Te dicen que luches, que sigas, confían en ti, se alegran de verte, y tú también lo haces. Te miran a los ojos, no se esconden detrás de grandes palabras vacías.

Te llenan de impulso, de fuerza y valor.

Y tú tienes que venir a que te enseñe mis calles de siempre, mi luz de noviembre.

Balada sobre ti.

Viernes y a estas horas él sonríe, sólo puede sonreír.

Pensar en ella es sentirse tranquilo.

No sabe cómo pero desde hace tiempo los únicos momentos de paz que tiene son los que comparten juntos. Ella consigue que se difumine el miedo, que la inseguridad no pase por la puerta, que los nudos que tiene en la cabeza se desenreden y la cuerda caiga al suelo. Logra que el exterior deje de importar y que no haya sufrimiento, y que lo único importante sea el color de sus ojos. Atrapa todas esas malas vibraciones para tirarlas por la alcantarilla y que se vayan lejos con toda la mierda.

La imagina tumbada sobre la cama, con la respiración lenta del que puede dormir con la conciencia tranquila, tapada hasta el cuello cuando comienzan a bajar las temperaturas. La imagina dando un par de vueltas en la cama antes de decidirse a abrir los ojos, desperezarse y bostezar. La imagina preparándose un café después de lavarse la cara y mirarse al espejo sin saber qué pensar sobre sí misma. Como nos pasa a todos.

Hace tiempo que ha dejado de importarle lo guapa que sea y que todos la miren cuando pasa por su lado, que al final lo que le importa de verdad es que su sonrisa no se mueva nunca del sitio y el corazón se le desboque a cada rato.

Hace tiempo que han dejado de importarle todo lo que ella llama defectos y que a él sólo le parecen rasgos que la hacen única.

Hace tiempo que ha dejado de importarle estar caminando constantemente sobre el alambre y poder caer en cualquier momento, sin paracaídas que le libre del golpe.

Sabe que lo que hace que todo siga creciendo entre ambos es el misterio y los silencios repentinos que hay entre los dos, y también que algunas veces puedan decírselo todo con besos y otras tengan que esquivarse las miradas.

Ella consigue que tenga ganas constantes de volver a conocerla, de tropezarse de nuevo y encontrarse con su mirada al abrir una puerta.

Ella consigue coserle por dentro, dejarle el corazón marcado con hierro candente, bajarle la fiebre, curarle el mal genio, que broten flores de sus heridas; que quiera querer, ganar y sentir.

Y aunque todo parezca una basura, con ella es simplemente perfecto.

[Si me tengo que perder buscando la felicidad, que sea sólo contigo.]

 

Día de muertos.

Uno de noviembre, el mundo ríe y llora al mismo tiempo.

Como siempre.

Hay gente visitando el cementerio una vez al año, gente llorando en sus casas, gente de resaca porque anoche decidió disfrazarse y beber hasta caer rendido, gente viviendo un día normal, gente que comerá con su familia para recordar a los que se fueron, gente que mirará las fotos y pondrá unas velas, gente que comprará flores artificiales y las pondrá en una lápida, gente que mirara el hueco de la cama, gente que cerrará la puerta de la habitación mientras se le encoge el corazón.

Pero aún no nos hemos dado cuenta de que los muertos somos nosotros y no los que han seguido dando vida al ciclo natural. Nosotros que aún tenemos la suerte de poder abrir los ojos cada mañana y poner un pie en el suelo, y no hacemos nada con ello. Nos dedicamos a repetir una y otra vez las mismas acciones automatizadas: lavarnos los dientes, ponernos colonia, desayunar, cambiar de marcha, saludar por la calle. Nosotros que tenemos la fuerza necesaria para cambiar el mundo y no la aprovechamos, nos quedamos sentados en las sillas que llevan nuestro nombre, nos ceñimos al guión de nuestra vida en lugar de arriesgarnos y salirnos de la historia y comenzar a escribir nuestros propios pasos.

Somos conformistas, acomodados, revolucionarios de boquilla, indignados de sofá.

La muerte sólo nos enseña que un día nos acabamos, dejamos de pensar, de sentir, de ser, y que hasta que eso llega debemos aprovecharlo.

La muerte sólo es un aviso, una lección, para que sepamos disfrutar todo aquello que tenemos.

La muerte sólo es una señal para que nos tomemos la vida como un privilegio y tengamos la valentía de atrevernos a volar fuera del nido. Y está bien llorar, lamentarse y quejarse una y otra vez de la mala suerte que nos rodea pero el tiempo corre.

Por eso esta vez no voy a pedirte que vengas, porque eso es lo fácil, hacer que el otro haga cosas por nosotros, dejar que el resto se encargue de las responsabilidades y lavarnos las manos. Lo sencillo es dejarse querer, no preocuparse por los demás, que estén pendientes de nosotros, tener la atención.

Y yo no soy de los que tiran la piedra y esconden la mano, yo no soy de los que besan y olvidan, yo no soy de los que rompen algo y dejan los trozos por el suelo. Yo no soy de los que quieren y permiten que todo quede en el aire.

Esta vez no voy a pedirte que vengas porque si realmente (me) quisieras ya estarías aquí.

No te muevas si no quieres yo voy a vivir hasta que se apague la luz.