Algún hueso entero.

[Continuación de Esa paz sobre la que muchos hablan.]

Abre los ojos, el sol se cuela por la rendija de la ventana. Deben ser más de las ocho de la mañana. Suspira antes de girar la cabeza y darse cuenta de que está solo en la cama. No es su casa, no es su piso. El pinchazo en la cabeza y el mareo que le invaden le dice que tiene resaca.

Joder, estoy mayor para esto.

Mira el teléfono, algunas llamadas perdidas y varios whatsapps esperan a ser leídos. Se niega a coger el móvil tan temprano. No quiere saber nada de nadie ahora mismo. Prefiere pensar en otras cosas, como el polvo de la noche anterior. El cuerpo de Monica demostrando habilidades que no había imaginado ni en algunas de sus mejores fantasías. Se mira, desnudo, no tuvo tiempo ni de ponerse los calzoncillos.

De pronto siente una arcada y se levanta apoyándose a duras penas en la pared hasta llegar a abrazarse al wáter y echar por la boca media vida en forma de vómito. Se limpia la cara después y se mira de nuevo al espejo. Sigue siendo gris, siguen las ojeras y ahora el rostro pálido y sudoroso del que acaba de hacer que los jugos del estómago vayan en sentido contrario al que deben ir. Y, sin embargo, ve algo que ha cambiado. Debe ser follar, eso nos hace ver siempre la vida de otra manera, sensación de estar satisfecho, de falsa felicidad.

Se pregunta dónde estará Monica y recuerda que tenía guardia, que probablemente ya haya salido para el Instituto de Medicina Legal y que no volverá hasta la hora de comer salvo que pase algo. No esperaba despertar solo y quedarse en su casa de aquella manera. Se despereza, camina por el piso y llena un vaso de agua para bebérselo por completo. Saca de la cartera un ibuprofeno, siempre lleva una pastilla por si acaso. A Egea le parece raro estar allí como si fuera su casa pero quizá incluso podría acostumbrarse.

Se toma la libertad de prepararse un café y caminar descalzo por el salón.

Flash de cuerpos unidos, manos que bajan y suben en la penumbra, la respiración entrecortada, los gemidos contra el oído. Sólo de revivirlo al forense le suben las pulsaciones. Las manos de ella enredándose en su pelo mientras lo mira como cree que Elisa no lo ha mirado en toda su vida. Tiene que dar un sorbo al café caliente para pensar en otra cosa.

Le hace gracia  descubrir una nota de Acosta sobre el mueble de la entrada. La letra demasiado limpia para un médico, el trazo algo redondeado, las letras sin apenas separaciones. Si supiera algo de grafología podría decir algo sobre su personalidad pero lo cierto es que no tiene la más mínima idea, y a veces duda de la veracidad de las conclusiones a las que llegan los expertos. Pero es normal, suele ser algo escéptico.

No huyas. Volveré a comer.

Una nota breve pero llena de intenciones o eso quiere pensar él, o eso le parece. Una especie de súplica y orden al mismo tiempo. No te vayas, quiero verte otra vez, quiere leer él. Y le reconforta un poco, ver que puede haber esperanza lejos del fondo negro de su vida actual. Ver que no tiene por qué morir solo y que quizá romper las cadenas sólo hace que mejorarlo todo.

Mira el fondo de la taza después de un rato y de nuevo con el teléfono en la mano se dedica a leer los mensajes. Sin rastro de Elisa. La pantalla se enciende con el nombre de Fernando Navas, otro agente de la Policía Judicial. Egea no espera esa llamada y supone que debe tratarse de algo importante o al menos, poco ordinario.

Navas, ¿qué hay?

Supongo que no te has enterado todavía, Daniel.Es capaz de leer la preocupación a través de su acento granadino y la seriedad con la que le responde. Navas es un tipo simpático y divertido la mayor parte del tiempo, incluso para el gusto del médico suele ser demasiado bromista y se toma libertades que no debería.

¿Qué ha pasado?

Se trata de Díaz. Está en el hospital.

Estuve con él hasta algo más de medianoche. ¿Un accidente?

Parece que ha intentado suicidarse.

Las palabras de Navas le calan al forense como las lluvias en época de gota fría. No piensa que Díaz pueda ser la clase de persona que decide acabar con su vida.

¿Cómo ha sido?

Se ha tirado.

Una precipitación, y por suerte ha fallado. Por suerte, si es que no se queda con secuelas por la caída. Se alegra al menos de que Monica no haya tenido que ir a recoger su cadáver nada más despertar. No puede imaginar lo que es encontrarse a un conocido debajo de la sábana blanca, por suerte no ha tenido que vivirlo nunca.

Joder, Navas. Daniel se lamenta, siente algo de angustia en la boca del estómago y no sabe ya si es culpa de la resaca o por la noticia que acaba de recibir. Estuvimos hablando y yo le vi bien. No me dijo nada que me pudiera hacer pensar que iba a querer saltar por la ventana.

Están en quirófano, no sé si le queda algún hueso entero.

Daniel toma aire, suspira, sabe que tiene que ducharse, vestirse y acercarse hasta el hospital. Debe hacerlo por Díaz y porque probablemente fue la última persona que lo vio antes de que tomara aquella decisión vital. En su interior comienza a crecer la sensación de culpa que siempre le acompaña, Egea acaba sintiéndose culpable por casi todo en la vida, aunque no tenga nada que ver con él. Su cerebro tiene una extraña manera de relacionarlo todo y culparse a sí mismo.

En un rato iré al hospital.

Más tarde.

Daniel mira a Monica y hace un gesto negativo con la cabeza. Da un trago a la coca-cola que tiene delante de él y la vuelve a mirar.

¿Por qué querría Díaz suicidarse? No lo puedo entender. Anoche estaba bien, al menos, como siempre está.

Ya sabes que el suicidio es algo más difícil de lo que nos pensamos. Nunca podemos estar seguros al cien por cien de lo que piensa otra persona o de cómo se siente.

Lo sé, pero joder…

Se rinde, Egea decide no tratar de entender los motivos de su amigo porque son amigos, ¿verdad? O no, ya no sabe muy bien qué tipo de relación cercana mantiene con el de Homicidios.

Daniel ha ido al hospital y se ha vuelto con las mismas, ni ha podido ver al Guardia Civil ni ha podido hablar con los médicos. Lo de no ser familiar directo lo hace todo más complicado, y allí no había nadie. No conoce tanto a Díaz como para saber si tiene familia cercana que se vaya a preocupar por él pero algo le dice que no, que el tío está más solo en la vida de lo que quiere aparentar.

Monica desliza una mano sobre la mesa y le acaricia el dorso. Tiene algo en la mirada capaz de tranquilizarlo cuando lo necesita, es algo que sabe desde que comenzaron a trabajar juntos. Cuando él se pone nervioso ella consigue centrarle, quitarle importancia a las cosas que no la tienen, focalizar su atención en lo importante y eso es algo a destacar. Ese pequeño gesto cotidiano ni siquiera se le antoja algo raro.

El teléfono de la guardia suena sobre la mesa, el típico tono de llamada de Nokia. Justicia tarda en renovarse, eso es algo que sabemos todos pero que el teléfono sea el mismo desde hace diez años dice mucho del Ministerio.

La ve sacar la libreta y anotar los datos del fallecido, porque a esas horas debe ser un levantamiento. Egea se lleva el tenedor a la boca con un poco de ensalada, desde hace años le gusta comer sano. En realidad no le gusta pero Elisa se empeñó en que tenían que cambiar los hábitos de vida y por eso él hace tiempo que no prueba un mísero bocadillo de panceta. Otra vez, la imagen de su mujer cambiando su vida, adaptándola a la de ella, cambiándolo todo por completo. Se siente estúpido, un auténtico imbécil, parece que después de tanto tiempo le ha caído la venda de los ojos, o se la ha arrancado.

En quince minutos está el coche de la guardia aquí. ―ladea una sonrisa. ―Otro homicidio.

Dos en poco tiempo.

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