Mes: octubre 2017

¿Recuerdas?

El cielo vuelve a ser gris y lo observa desde la ventana de aquel café. Sentado en la mesa de siempre, en la silla de siempre, toma lo mismo de siempre. Es un hombre de costumbres al que le gustan poco los cambios. No le gusta el fracaso, ni lo efímero. Mira a través de los cristales de sus gafas, cada vez más gruesos y se pasa una mano por las canas.

Tiene sobre la mesa un libro, uno que le regalaron hace más de veinte años. Da un trago a la taza de café y cierra las páginas un momento. Tiene la costumbre de bajar a leer un par de tardes a la semana, olvidarse del trabajo, de la soledad que se le cae encima cuando está mucho tiempo en casa. La única compañía que tiene es la de un tocadiscos que casi siempre está dando vueltas y molestando a los vecinos.

Ni mucho menos es tan viejo como se siente, ni como parece creer. Todavía tiene el brillo jovial en sus ojos claros y en la sonrisa que esconde tras una barba perfectamente recortada en la que sólo despuntan algunas canas.

Seis y media de la tarde.

Alza la mirada y la ve pasar por la acera, un niño sonríe de su mano y lo mira desde la distancia de afuera, a través de la ventana. Ella se percata, lo distingue, se le tuerce el día, se le tuerce la vida. No sabe el tiempo que hace que ni hablan, ni se ven, ni se cruzan el uno con el otro. Se esquivan desde que se dijeron adiós con el corazón encogido, incapaces de tratarse si a los diez minutos tienen que separarse.

Nadie se da cuenta de la repercusión de sus decisiones hasta que pasa el tiempo, por muy seguros que estemos de lo que queremos. Nadie sabe el daño que puede hacer una palabra hasta que las hojas del calendario van pasando y la distancia se agranda. Nadie entiende las dimensiones de un sí o de un no hasta mucho tiempo después, cuando te duelen los huesos y el corazón ya no cicatriza bien.

Él sonríe triste, como cada vez que piensa en ella, y acaricia la portada de ese libro que ella le regaló. Traga saliva, bebe de nuevo, y ella y el niño desaparecen por la calle difuminándose con la tarde tibia de octubre.

Acuden a su cabeza las risas de ambos, las caricias de ella en la nuca, los besos suaves en mitad de la nada, el sexo sin pudor, los libros amontonados sin sentido, los abrazos reconfortantes, las hojas de los árboles cayendo junto a los dos, las carreteras infinitas y las ciudades nuevas.

Y se le parte un poco más el alma.

Hay personas de las que no te recuperas, de las que no puedes escapar. Hay amores que crean grietas más grandes en nuestro interior que cualquier terremoto.

“Dijiste que me querías, ¿recuerdas?”

Nuestra hora.

No sé si tú te acuerdas de aquellas noches en las que nos daba igual el frío y lo combatíamos todo con abrazos desde el sofá.

No sé si tú también estás esperando a los días de lluvia para venir conmigo y dejar que pase el tiempo y la vida por delante.

No sé si tú recuerdas los gemidos ahogados contra la almohada y el corazón bombeando con más fuerza que nunca.

No sé si tú también intentas que se rompa el muro para dejarme entrar para siempre en tu pecho.

No sé si tú también necesitas mi saliva en tu piel y mis manos sobre tus caderas.

Yo creo que el único problema es que has dejado de soñar, te has obligado a hacerlo y no te das cuenta de que da igual que sea un desastre porque es perfecto así, con todas las astillas que nos clavamos, con todos los cristales que dejamos por el suelo y que nos pueden cortar si caminamos descalzos.

Y yo ya sé que no tengo que esperar nada de nadie, ni confiar, ni dejarme llevar, porque siempre me doy de bruces, y que tengo que aprender a gestionar las decepciones y los fracasos e intentar salir más fuerte después de cada golpe. Pero es que no me creo que todo esto sea artificial. No me creo que la gravedad no haga contigo lo mismo que hace con mi alma poniéndola a tus pies. No me creo que nuestro límite esté acercándose como lo hace una valla en una carrera de cien metros.

Estás a tiempo aún y el Universo no hace más que mandarte señales, y en esto pasa como en el tráfico, que si no haces caso a las señales acabas chocando contra algo.

Estamos a tiempo de hacerlo todo, de tenerlo todo, de querernos con todo y sin nada. No te dejaría de lado por mucho que la vida se me pusiera en contra, no te olvidaría aunque quisiera hacerlo.

Nada de esto es el preludio del final.

Hazme caso, cierra los ojos, dame la mano.

 

Yo que ya sabes que siempre pienso lo peor, que dejé el optimismo a un lado cuando cogí aire por primera vez, aún no veo cuervos ni aves carroñeras sobrevolando sobre nosotros esperando a la tragedia, pero es porque no llega, porque no toca. Tampoco hay gatos negros mirándonos fijamente desde el alféizar de la ventana.

Sigo aquí, respirando contigo en la penumbra, oliendo todavía a vino y tabaco.

Sigo aquí, esperando que el despertador no suene para que no tengas que marcharte otra vez.

Es hora ya, la nuestra.

Como dice la canción, nos toca arder con chispa de futuro.

Enamorarse o morir.

¿Enamorarse es un acto consciente? ¿Lo elegimos?

¿Nos enamoramos o nos enamoran?

¿Podemos obligarnos a querer a alguien o a dejar de hacerlo?

Casualidad, azar, karma, destino, suerte.

Todavía no entiendo los mecanismos que nos llevan a morir en los brazos de otra persona.

No sé muy bien en qué consiste eso del amor, ni si hay tantas maneras de querer como personas o sólo existe una única forma de hacerlo bien. No sé tampoco si existe realmente el poliamor o es todo cuestión de egoísmo. No tengo ni idea de cómo ni por qué de pronto se nos encoge el corazón y nos revolotea el estómago al pensar en alguien, ni por qué se nos forma una sonrisa estúpida cuando recordamos ciertas cosas, ni por qué todo parece más especial si caminas por las mismas calles y haces las mismas cosas de siempre junto a ella.

Yo sólo sé que un día apareciste, estando ahí mucho antes, y te vi de otra manera.

Yo sólo sé que un día me miraste a los ojos y se me fueron todos los fantasmas.

Yo sólo sé que un día sonreíste y el mundo se deshizo bajo mis pies.

Y entonces lo supe. Lo supe todo con esa certeza profunda que sólo se tiene unas pocas veces en la vida, con la convicción firme de que te quedarías instalada en mi pecho por el resto de mis días.

‪Lo único que puedo decir es que no te conformes jamás.‬ Y que si le quieres luches por lo vuestro, y que se lo demuestres a diario aunque no haya posibilidades, y que no apagues la llama, que no sea tu culpa. Y que no dejes que crezca odio entre vosotros, ni el olvido, ni el dolor, ni la distancia, porque no sirve de nada.

Lo único que tengo claro del amor es que se destruye cuando dejas de cuidar, cuando hay alguien que recibe las atenciones y el otro es esclavo, cuando uno importa y el otro sólo sale a la superficie a coger aire de vez en cuando, cuando se rompe el equilibrio y la balanza se inclina.

Lo único que puedo prometer (y no me gusta prometer nada) es que voy a quererte siempre.

Te quiero como si no hubiera querido antes, como si no fuera a querer después.

Me siento vivo.

[Cuando no soy capaz de escribir nada rescato relatos. Texto escrito originalmente para el segundo número de la revista “Lo Bello Duele“.]

Supongo que para quien no lo ha vivido entender y comprender a quien no se identifica con su género es algo complejo, igual que saber lo que duele un parto, una ruptura sentimental o el vacío enorme que da perder a un ser querido.

Estar encerrado en un cuerpo que no es el tuyo es doloroso, te sientes contigo mismo como cuando duermes en una cama que no es la tuya. Sientes en el mejor de los casos una ligera incomodidad que forma parte de tu día a día y te mina la moral, pero te acostumbras a ella.

Creo que tenía cuatro o cinco años cuando dije en voz alta que no quería llevar vestidos ni faldas y en mi familia lo tomaron como algo de lo que sentirse orgullosos, un síntoma claro de una personalidad reivindicativa y llena de matices para alguien de tan corta edad. Pero claro, lo que ellos no sabían es que en mi cerebro de infante aquello iba más allá. Llevar aquel tipo de ropa me hacía sentir dentro de un disfraz que no me gustaba y que me creaba un malestar que no era capaz de descifrar, pero por suerte nunca más me obligaron a llevar la ropa que no quería.

Mini punto para ellos.

Recuerdo un día en el colegio, supongo que era septiembre y hacía poco que habíamos comenzado las clases, y alguien me dijo que yo no podía jugar con los chicos porque era una niña. Aquello sí que no lo entendí, cuando tienes cuatro años como mucho los niños se diferencian de las niñas en el pelo largo o en los pendientes, porque poco sabemos tan pequeños de biología, genitales y construcciones culturales.

Lo bueno, porque en toda historia hay algo bueno, es que siempre he tenido unos amigos excepcionales, unos que desde la guardería y sin tener ni idea de lo que pasaba por mi cabeza, me aceptaron tal cual soy, me abrieron sus brazos y me pasaron la pelota para que marcara siempre gol. He tenido la suerte de que me han dejado ser el Power Ranger rojo, Lobezno y el Rey Arturo cada vez que nos inventábamos historias, y aún recuerdo los comentarios de algunas amigas: “Es que siempre eliges personajes chicos”, con cierto gesto de confusión, y yo sentía que si explicaba lo que me pasaba en voz alta nadie podría entenderlo. Debía ser algo malo lo de que tu cuerpo de chica no cuadrara con tu mente de chico, debía ser algo que sólo me pasaba a mí. Y ese era el único motivo por el que sellaba mis labios y me encogía de hombros para responder con la simpleza cándida de un párvulo: “Es que me gustan más”. Tampoco es que tuviera muchos más argumentos que utilizar allá por el año 1996.

Lo bueno, también, es que a pesar de mi tardanza y cobardía mi familia me ha arropado como nunca había imaginado.

Reconozco que he sido capaz de engañarme durante muchos años, camuflarme en la jungla urbana y social sin muchos problemas, he sido capaz de desmontar el puzzle de mi vida para no destrozar las de aquellos que me rodeaban. Reconozco también que cuando, cada noche, rezaba con mi abuela sólo pedía abrir los ojos siendo un niño, y me dormía muchas noches con las mejillas empapadas en lágrimas inocentes. Creo que por eso perdí la fe antes de aprender a hacer divisiones con decimales.

A pesar de todo, creo que he tenido una buena infancia y una buena adolescencia, supongo que ahí reside la magia de la memoria y el olvido, porque logramos borrar la mayor parte de los malos recuerdos.

Cuestión de supervivencia.

Sentirte en un cuerpo que no es el tuyo te hace sentir que eres culpable de muchas cosas, cuestionarte muchas cosas, obligarte a muchas cosas. La de días que he abierto los ojos preguntándome por qué no podía ser normal, por qué no podía ser simplemente como se esperaba que fuera, igualarme a los demás.

Acabas entrando en una espiral tú solo, sin la ayuda de nadie, un laberinto de baja autoestima, sensación de inferioridad y menosprecio.

Acabas creando tu propio infierno, hasta llegar a sentir que es el único lugar al que perteneces.

Y se te pasan por la cabeza cientos de locuras que cometer pero no tienes la valentía de hacerlo.

Y las alturas comienzan a darte miedo.

Al final llega ese momento en el que decides salir del abismo, sacar tu luz, volver a la vida real y eso es también un punto complicado de la historia. Ahí comienza el miedo por la aceptación de los demás, la vergüenza, soportar que la gente te mire por la calle con un interrogante sobre sus cabezas, que cuestionen tu verdadera identidad, que te menosprecien, que le resten importancia a tu condición.

Para mí el dar un paso al frente y contar abiertamente lo que me pasaba era algo que me aterrorizaba, algo que me generaba un nudo en la garganta y me impedía dormir, me impedía descansar, se había transformado con el paso de los años en un lastre que necesitaba soltar. Y es que algunos secretos son cargas demasiado grandes para que las transporte una sola persona.

Decidir comenzar con el proceso me supuso meses de machacarme a mí mismo, largos silencios y noches sin dormir. El insomnio y yo hemos sido una bonita pareja durante los últimos años. Y la ansiedad, la tercera en discordia. El temor a que la gente me tachara de muchas cosas, a la incomprensión, al ser el bicho raro es algo que estaba en cada uno de mis pensamientos. Y, la verdad, es que por mucho que diga todavía sigue ahí.

Sigo siendo yo mismo el que se siente diferente, el que se siente menos que los demás, el que tiene miedo de que no lo acepten como es.

Lo admito.

Comenzar la Universidad fue algo clave para descubrir a mi verdadero yo y dejarme ser, conocer gente nueva, entender otras formas de ver el mundo, probar el amor, el desamor y la pérdida completa de la esperanza.

Aunque igual eso último es algo que llevo en el ADN.

Creo que el paso de los años sólo hacía que reafirmarme en esa sensación de extrañeza conmigo mismo, a eso se sumaba el hecho de que estaba en un momento de mi vida en el que tenía todo lo que alguien necesita y debería haber sido capaz de sonreír con fuerza cuando me miraba al espejo. Pero siempre había una parte de mí que permanecía sin color, y acababa enfadado conmigo mismo y con los que tenía alrededor.

El proceso de aceptarme tal como soy es más complicado y doloroso de lo que puede parecer al verme sonreír en una fotografía, puedo llegar a parecer feliz aunque no sea así. He conseguido mimetizarme, ponerme una máscara, y otra, y otra, y lograr fingir sentimientos que en realidad no conocía. Eso también requiere de un esfuerzo sobrehumano.

Después de la evaluación psicológica, unas decenas de test de personalidad, y de sentirme más un mono de investigación que una persona, llegó el nerviosismo de comenzar con el tratamiento hormonal. Un chute de testosterona cada veintiún días para ser un hombre, o solo para parecerlo a ojos de los demás.

Y en eso estoy ahora, con un cambio hormonal que me está permitiendo acercarme a lo que siempre he querido. La voz más grave, los primeros pelos en la barba, un poco de acné. La verdad es que esta adolescencia tardía me cabrea algunos días, ¿por qué coño tengo que volver a pasar por lo horrible de la pubertad si yo ya tuve bastante con la mía?Una pubertad que odié, por cierto. Fue el momento más temido, el momento en el que mi cuerpo se transformó en todo lo que no quería que se transformara. Pronto me tocará pasar por el quirófano: una, dos, tres veces. Algo que todavía tengo que decidir. Y llegará el día en el que podré tachar mi antiguo nombre de los papeles y sentirme libre. Y entonces cambiarán muchas cosas, y por fin nadie me mirará raro cuando enseñe mi documento nacional de identidad y me escuchen hablar, podré entrar al baño de hombres sin tener miedo a que algún cateto se escandalice o me insulte, podré ir a la playa o a la piscina sin avergonzarme de mi cuerpo, podré besar a alguien en plena calle sin que nadie me cuestione (seguimos todavía en ese punto del pasado, sociedad).

Podré, por fin, estar tranquilo conmigo mismo y habré tardado casi treinta años en conseguirlo pero no voy a quejarme, hay quien no es capaz de vivir como quiere a pesar de tenerlo claro. Hay quien prefiere quedarse en su jaula mirando cómo vuelan los demás.

Sin embargo, yo creo que la tarea más ardua para aquellos que están encerrados en un cuerpo que no les corresponde, como yo, es la de creer que alguien te puede querer. Porque, a pesar de los pesares, sigues siendo un monstruo, una aberración, un insulto a la naturaleza, un fallo, un cuerpo (o un cerebro) defectuoso. Seguimos sintiendo que no merecemos el amor de los demás aunque seamos capaces de salir a la calle con una aparente seguridad en nosotros mismos.

Seguimos pensando que no podemos ser buenos para nadie y que estamos mejor solos.

Seguimos creyendo que vamos a envenenar todo aquello que se acerque a nosotros, que vamos a destrozar más vidas a parte de la nuestra.

Ahora me doy cuenta de que estoy generalizando, no hablo en nombre de ningún colectivo o grupo de personas, para empezar porque es algo que detesto. Sólo hablo de mí mismo, de mi experiencia, de los demonios que siempre aletean sobre mis hombros y me hacen las heridas más profundas.

Y es que es duro mirarte al espejo y sólo ser capaz de ver tus ojos, la única parte de tu cuerpo que permanecerá contigo cuando todo cambie y seas, por fin, quien eres y quieres ser. Pero un día te hartas del dolor, de callar, de fingir, de tener que mentir a quienes más quieres, de la carga inmensa que llevas a las espaldas y decides romper los espejos, y gritar con fuerza.

Sacas la rabia, rechinas los dientes, las lágrimas inundan tu rostro y golpeas todo aquello que hay a tu paso. Porque joder, ya está bien de dejarse en segundo plano, de anteponer a todos a uno mismo.

Ya está bien de sufrir tanto cuando la vida no debería ir de eso.

Es en este momento, en el que ya estoy despegando los pies del suelo, cuando puedo mirar mi reflejo preguntándome si seré capaz de quererme a mí mismo algún día, si podré abrazarme solo en la oscuridad y reconfortarme sin necesitar a nadie, si se irá el dolor para no volver a visitarme.

Quiero poder reconocerme en mi propio rostro, en mi propio cuerpo, independientemente de ser gordo, flaco, guapo o feo. Y, es que, me ha costado mucho darme cuenta pero he sido capaz de ver que no me queda más remedio que sonreír aunque tenga el corazón lleno de tiritas y esparadrapo para poder seguir latiendo con normalidad.

Los únicos que no lloran son los muertos, por eso me siento vivo.

Ahora más que nunca.

Eres como Florencia.

Últimamente todos los días tienen esas trazas de desasosiego de un domingo por la tarde. Esa sensación de vacío de cuando volvías del pueblo al final del verano y tocaba retomar la realidad. Ese inexplicable sentimiento de añoranza, de pérdida, de no ser capaz de volver el tiempo atrás para poder disfrutar de todo de nuevo con más intensidad. Esa incapacidad de dejar atrás experiencias para poder afrontar las nuevas.

Todos los días comienzan a adoptar el mismo color cálido, amarillento y apagado de los campos de trigo después de la siega. Todos los días comienzan a ser un cenicero lleno de colillas que nadie recuerda vaciar. Y me repito, y voy a acabar yendo de bar en bar con tal de intentar olvidar.

Y, ¿sabes qué?

Echo de menos cuando llenabas mis días de color, aunque tú dijeras que todo iba mal, aunque el mundo se desmoronara bajo nuestros pies. Pero íbamos cogidos de la mano y me daba igual absolutamente todo. No me importaban ni la tectónica de placas, ni las guerras remotas, ni la capa de ozono, ni la estación espacial internacional. Tampoco me importaban los libros de Kant, el turismo en Madrid, las banderas rojas de las playas ni los parques para perros. Porque ahora y siempre has hecho que todo se esfume, que lo demás se quede en ese ángulo muerto en el que ya no puedes verlo.

Y, ¿sabes qué?

Echo de menos que crezcan primaveras por allá por donde caminamos, con lo que a mí me gusta el frío del invierno, el paisaje helado y blanco. Echo de menos que nos broten flores de las manos cada vez que nos tocamos. Y que surjan fuentes con cada uno de nuestros besos. Y, sobre todo, echo de menos esa sonrisa limpia, la de cuando no te preocupa nada, la de cuando te sientes libre y caminas decidida; y te conviertes entonces en el motor que mueve mi vida.

Te digo una cosa, de verdad que te permito toda esta guerra si luego vas a llenarme de paz, si vas a allanarme el camino, si los días van a ser durante un tiempo mar en calma y noches estrelladas.

Te permito todo si los relojes y los calendarios van a ser invisibles para los dos, si nos pasaremos las tardes mirando por el balcón, si cuando seamos viejos vamos a sentirnos más jóvenes y fuertes que nunca mientras nos damos las buenas noches y nos dejamos caer sobre el colchón.

Y es que no sé para mí eres como Florencia, tan bonita que si no existieras habría que inventarte.

 

Se me ha vuelto a enfriar el café pensando en ti.

Distancia, nostalgia.

Todo acaba siendo peor de lo que parece al principio.

Todo acaba revolviéndose, transformándose en un laberinto, en caos, en aleteo cardíaco bajo el esternón.

No te imaginas al conocer a una persona que esta pueda convertirse en una marca permanente, en tatuajes hechos de besos y caricias. Aunque no queramos, aunque al inicio queramos permanecer ajenos al dolor y a la realidad, acaba pasando, acaba sucediendo que tus temores se vuelven realidad, tus pesadillas toman forma y se hacen carne.

Te estoy perdiendo sin poder hacer nada para evitarlo.

Parece que ya he suplicado demasiado sin que te flaqueen las fuerzas, sin que te tiemblen las piernas, las manos y la voz. Parece que ya he usado las cartas de dar lástima sin que surjan efecto, porque siempre que te hablo estás mirando hacia otro lado, siempre que te toco estás pensando en otras cosas.

No sé si tú recuerdas el momento exacto en el que me rompí, en el que hice crack, y con el paso de los meses sólo he ido resquebrajándome poco a poco hasta quedarme convertido en esto, una especie de despojo sin ganas de vivir. Tampoco sé, y eso creo que no quiero saberlo, si sólo me has usado como almohada cuando no tenías nada mejor que hacer, si he sido una excusa para olvidarte de otros problemas, si sólo he sido una fantasía que cuando se cumple se desvanece y deja de tener sentido.

Te diré que para mí no.

Para mí no has sido eso que pierde sentido con el paso del tiempo, que acaba aburriendo, que pierde la gracia, eso para lo que buscas excusas con tal de no volver a verte.

No, la verdad es que eres tantas cosas que a mí que me suelen sobrar las palabras me faltan todas para explicar lo que siento.

Para mí eres tan importante que me he olvidado de mí mismo, que he antepuesto siempre tu bienestar al mío, que me he quedado siendo sólo un espectador de la vida que me tocaba vivir. Y no debería ser así, nunca, sobre todo cuando la persona por la que te desvives sólo te da una caricia cuando no tiene las manos ocupadas en algo mejor que tú.

Y me callo ya que se me ha vuelto a enfriar el café pensando en ti.

Vergüenza.

No es este el lugar en el que vuelco habitualmente mis opiniones políticas, pero en los tiempos que corren el silencio es un arma arrojadiza y el que calla acaba siendo cómplice de todos esos que se encargan de romper la convivencia.

Vergüenza me daría a mí que unos energúmenos defendieran con violencia mi ideología.

Vergüenza me daría tener que hacer daño a otros para tratar de imponer en lo que creo.

Vergüenza me daría esconderme tras banderas para legitimar actos inexcusables.

Vergüenza me daría jactarme y menospreciar a quien lleva una bandera distinta a la que pienso que me representa (si es que alguna, a estas alturas de la vida lo hace).

Vergüenza me daría ver a gente que conozco rompiendo manifestaciones pacíficas (esté a favor o en contra de las mismas.)

Vergüenza me daría decir que lucho por la democracia y la legalidad cuando me he encargado de esquilmar las arcas públicas, los sueldos y los derechos básicos de mis ciudadanos.

Vergüenza me daría que volviéramos a rompernos entre nosotros, a dividirnos, a señalar con el dedo al vecino para que le metan plomo en la nuca.

Vergüenza me daría justificar la violencia cuando está de mi parte.

Podéis seguir jaleando, calentando los motores del odio, echando leña al fuego.

Podéis seguir gritando cánticos absurdos, llenando los balcones de todo tipo de colores, tapándoos los oídos para no escuchar otros argumentos.

Podéis seguir usando los puños y salir a cazar porque no sabéis pensar.

Podéis seguir reventando por la fuerza todo aquello que decís defender, vosotros, los dueños únicos de la razón, los defensores de ese honor patrio que huele a rancio.

Podéis seguir utilizando la crueldad, la vehemencia y la furia porque son vuestros únicos argumentos.

No quiero un marco de convivencia manchado de sangre en el que el horror vuelva a estar presente. Tampoco quiero el miedo, ni las mordazas, ni el silencio.

Vergüenza, es lo único que me despiertan todos aquellos que luchan por la democracia y no han hecho más que destrozarla.