Month: julio 2017

Ojos de mar.

La vida ya no tiene ni rastro de esperanza.

El futuro es un desierto que no tengo fuerzas para cruzar. Y tampoco tengo ganas de arrastrar mis pasos entre la arena, sorteando los peligros que me pueda encontrar. Sólo quiero cavar un agujero lo suficientemente hondo como para meterme en él, cubrirme de arena y dejar que la falta de aire en mis pulmones y el tiempo hagan el resto.

La mirada triste, el latido débil.

Y ni siquiera camino como si quisiera llegar a alguna parte de verdad. Me muevo con la misma inercia con la que se mueven las hojas de un árbol cuando sopla el viento. Me muevo porque si estoy mucho tiempo parado alguien toca el claxon y me hace avanzar un par de metros para dejar de obstaculizar el camino. Al final caes en la cuenta de que sólo eres un estorbo, otro muro, una puta pared, otra piedra a la que golpear y alejar para poder andar.

Acabo siendo siempre un tronco caído en medio del sendero.

Acabo siendo siempre un lastre que hay que abandonar y soltar.

Y sigo sin tener a nadie a quien aferrarme, porque cuando necesitas una mano casi todo el mundo acaba escondiéndola detrás de la espalda y mira hacia otro lado.

Joder, qué triste, que a pesar de los años no haya nadie que quiera quedarse junto a ti, y darte un abrazo, y susurrarte bajito que al final todo irá bien, aunque sea mentira. Porque, al final, las cosas nunca van bien pero necesitamos creer en ese engaño para poder levantarnos cada día y fingir que hacemos algo valioso con nuestras vidas. Somos una puta mota de polvo en la infinidad del Universo y ni uno solo de nuestros actos servirá para nada, ni una sola de nuestras acciones cambiará el curso de la Historia. Ni una sola.

¿Cómo no voy a tener los ojos llenos de mares?

Si sólo quiero llorar, llover, acurrucado contra ti.

Y que, por favor, se acabe el verano y todas esas pesadillas en las que no estás.

Cada uno entiende el amor a su manera.

Creo que cada uno entiende el amor a su manera.

El amor va de cuidar al otro, de preocuparse por el otro, de apoyarle, de distanciarse cuando lo necesita, de no agobiar, de saber leer sus necesidades y sus silencios, de abrazar cuando no te lo pida, de hacer reír, de llevarle un regalo un día cualquiera, de follar un martes por la noche en el sofá y no acabar de ver la película de Antena 3, de un beso tierno antes de dormir.

El amor es todo lo que te nazca hacer por, para y con la otra persona.

Y en el fondo, es más sencillo de lo que pensamos, pero luego ya nos encargamos nosotros de complicarlo todo y volverlo un jodido laberinto de emociones, de idas y venidas, de dardos llenos de veneno de absorción lenta que nos van haciendo daño con el paso del tiempo.

Pero creo que deberíamos quitarnos la idea de amores perfectos de la cabeza, ese de príncipes azules y damiselas en apuros, el de amores platónicos que nunca se convierten en carne y sólo existen en el limbo de nuestra imaginación.

El amor es algo más real, un ente que se construye día a día. Y no estoy de acuerdo con eso de que hay que demostrarlo, porque cuando quieres a alguien se nota en tus actos, y en tus palabras, no hace falta demostrar nada porque lo estás haciendo.

Pero, sobre todo, para mí lo fundamental es que el amor sea fácil.

No quiero amores complicados que me hagan perder la esperanza, ni pasiones intensas que me hagan pedacitos cuando desaparezcan. Lo único que pido, en el fondo, es alguien con quien poder caminar de la mano sin prisa y, por encima de todo, sin miedo. Y no debería ser una tarea tan ardua encontrar a quien nos acompañe en este sendero al que quisieron llamar vida.

Creo, bueno, en realidad el nivel de certeza que tengo respecto a esto es mayor que la simple creencia.

Creo que por eso te quiero, porque me gustas así, con virtudes, con defectos, con tus problemas y todas tus cadenas.

Y eso no hay quien lo pare.

A ver qué cojones hago yo ahora.

La memoria no histórica.

Ascensión Mendieta ha podido enterrar a su padre. Un sindicalista al que fusilaron hace 78 años. Un hombre que cometió el único error, como tantos otros, de ser del bando de los perdedores.

Los que ganan siempre se creen con el derecho de humillar a los vencidos, pero no hay ningún honor en matar a otro hombre o a otra mujer, no hay honor ni decencia en quitar el aliento a alguien.

Nos gusta quedar por encima de los demás, dejar bien claro que la suerte está de nuestra parte, demostrar el poder a veces con dinero, a veces con mano firme.

A veces, con las dos cosas.

Ascensión Mendieta ha tenido que pedir justicia fuera del país, ha tenido que ser una juez argentina la que devuelva la dignidad a su familia, la que ha permitido rescatar los huesos de su padre de una fosa en la que reposaban junto a tantos otros sin apellidos conocidos.

Vivimos en un país lleno de grietas que no se pueden tapar, agujeros llenos de cuerpos que deberían descansar en un cementerio para que alguien pudiera dejarles flores, pudiera llorarles acariciando una pieza de frío mármol.

Vivimos en un país que todavía se divide entre azules y rojos, porque a cientos de miles les robaron el pundonor tirándolos como perros, porque todavía hay quien ve en el águila algo dentro de la normalidad, porque todavía hay quien niega dictaduras y crímenes contra la humanidad.

Todavía queda mucho para hacer justicia, todavía faltan muchos para hacer justicia.

Y estamos lejos de conseguir que nos devuelvan a algunos de los que defendieron hasta la extenuación a la República.

Estamos lejos de esa sutura necesaria para sentir de nuevo que somos hermanos.

‪Ojalá algún día vivamos en un país en el que no queden huesos en las cunetas ni lápidas sin nombre.‬

Ojalá un día se devuelva el perdón a tantos rostros de fotografías amarillentas y roídas por el tiempo.

‪Ojalá.

Quizá entonces pueda levantar una bandera con algo de orgullo.

La muerte sabe bailar bien.

El antihéroe es un protagonista que vive por la guía de su propia brújula moral, esforzándose para definir y construir sus propios valores, opuestos a aquellos reconocidos por la sociedad en la que vive.

Soy el antihéroe, el raro, ese que no encaja en ninguna parte, un completo incomprendido, apartado, y ese tipo de artista que queda en el olvido porque nadie entiende su mierda de obra.

Soy el mal protagonista de una novela de aventuras, un Romeo venido a menos, el que está en plena decadencia moral y apenas se da cuenta de ello. Inseguro de mí mismo, falto de confianza. Nunca mantengo la mirada demasiado tiempo por si alguien es capaz de leer mis pensamientos. Guardo a toda costa mis sentimientos para no parecer frágil, más de lo que ya soy. Siempre con la máscara de falsa felicidad, de aparente bienestar porque no puedo permitirme el parecer débil.

Todo debería haber sido más fácil.

Yo sólo quería ser el bueno de la película, el que al final gana, el que vence al mal y hace del mundo un lugar mejor, y no ha sido posible. Me quedo siempre a las puertas de conseguirlo todo. Como lo de salvarte, sólo quería hacerlo sin darme cuenta de que, en el fondo, no querías ser salvada. Y contra eso sí que no tengo armas, has logrado desmontarme, volver a convertirme en pequeñas piezas de un puzzle que ya no soy capaz de reconstruir.

Si soy sincero yo no quería esto, sólo quería cerrar los ojos y dejarme arrastrar por la felicidad de una jodida vez, sin darle vueltas a todo, sin cegarme de dolor. Sólo quería que una ola me arrastrara hasta la siguiente y descubrir el final del cuento cuando estuviera en él.

Pero no me has dejado.

Has querido poner las barreras antes de tiempo, llenarlo todo de culpa y silencio.

Da igual, no me hagas caso, lo único que importa es que a estas alturas de la vida ya todos sabemos que la muerte sabe bailar bien.

Y que yo seré su mejor pareja de baile.

Hacia rutas salvajes.

Al menos, él hizo con su vida lo que quiso, sin importarle nada más. Tal vez fue un egoísta, un egocéntrico narcisista revolucionario que no pensó en los demás. Pero fue feliz mientras pudo. Antes de que la vida se escapara tras la niebla del McKinley.

Otros, como nosotros, como tú y como yo, nunca podremos apreciar la vida como él lo hizo. Sólo nos podremos quedar de pie ante las vías de un tren que nunca pasa, ante un muro de acero que no nos deja ver más allá, ante la comodidad de lo conocido.

Otros, como nosotros, como tú y como yo, siempre tendremos en la recámara una pregunta que nos matará poco a poco con el paso de los años, por ser incapaces de pronunciar algunas cosas en voz alta, por guardar palabras para no herirnos o para no tener que enfrentarnos al rechazo:

¿Qué habría pasado si nos hubiéramos atrevido a estar juntos?

Al menos, aparte de cierta estupidez, McCandless nos enseñó algo.

Supongo que en eso debería consistir la vida, en intentar conseguir todo aquello que quieres, en esforzarse, en luchar, en pelear con uñas y dientes por las causas justas. Ser consecuente.

Algunos necesitan dinero, otros amor, otros tan solo contemplar una puesta de sol, pero todos, a nuestra manera, intentamos ser felices.

Lo que no deberíamos aceptar en nuestra historia es el dolor, el daño, la indiferencia, el odio ni la rabia.

Lo que no deberíamos aceptar es el quedarnos con las dudas, quedarnos quietos por culpa del miedo, no dejar que se extiendan nuestras alas.

Lo que no debería aceptar es seguir sintiéndome un idiota por quererte.

Ojalá algún día sea capaz de anestesiarme y que todo, absolutamente todo, me de igual.

Sobre todo tú.