Mes: marzo 2017

Hasta la próxima.

Ha vuelto la nostalgia infinita del domingo por la tarde y el echar de menos tus piernas rodeando mi cintura. Los pies tocando el suelo frío, recordándome que sigo vivo por los pelos, que pude irme de este mundo aquel día que me detuve en medio del puente dispuesto a saltar.

Noto los ojos rojos por culpa del alcohol y de leer una página tras otra buscándonos en cualquier historia. Me duele la garganta de gritar para que vuelvas, e iría de nuevo a nuestro lugares si fuera a encontrarte, si supiera que no te has ido para no volver.

Si te encuentro en alguna parte te diré sin temor que nadie cogió mi mano como lo hiciste tú, que no pude nadar en ningunos ojos como lo hice en los tuyos, que no me sentí tan seguro de nada en la vida como lo estuve de quererte.

Y que después del amor queda la desolación.

Sentimientos emborronados.

Vísceras por el suelo.

El vacío.

Y no nos dimos cuenta de que la culpa fue nuestra, de que el daño nos lo hicimos nosotros mismos por tensar la cuerda y disparar la flecha.

Nos hemos perdido el uno al otro y hemos vuelto a encontrarnos a nosotros mismos.

He vuelto a ser capaz de salir de la cama por las mañanas sin esperar tu voz al otro lado del teléfono, sin depender de tu sonrisa, sin necesitar tus manos en mi nuca, ni tus besos cada vez que te emborrachabas. Y ya no necesito del volcán que te quemaba siempre por dentro, de tu rabia acumulada, de tus celos enfermizos.

He vuelto a coger la libreta y escribir la vida de otras mujeres que no son tú, he vuelto a imaginar que alguien me quiere y puedo ser feliz.

Y en medio de todos esos pensamientos aparece ella. A ella le da igual mi pasado, los nombres que surcan de vez en cuando mi mirada, el dolor que siento a veces en las costillas, que me acurruque bajo las sábanas cuando algo me atormenta, que no me gusten las mismas cosas que le gustan a ella, que necesite romper un par de hojas cada día, que la mire en silencio cuando no se da cuenta.

Y me abraza por la cintura y me besa en el centro de la espalda y siento que aspira mi olor, y que se refugia ahí mismo. Y entonces te olvido y puedo sonreír.

Me giro, la cojo de la mano y miramos juntos por la ventana el futuro incierto.

Estoy tranquilo otra vez, ya te has ido.

Hasta la próxima.

Ya no creo en el amor.

Nos hemos cogido de la mano mientras observábamos caer las torres más altas ante nuestros ojos, y parece que se nos ha olvidado. Porque lo bueno se olvida si no se mantiene, si no se pule, si no se sopla de vez en cuando para que se vaya la capa de polvo que lo va llenando todo con el paso de los días.

Las relaciones se oxidan como las articulaciones, de no usarlas, y la rutina es más tóxica que algunas personas de las que se cruzan en tu camino. Somos expertos en quejarnos de todo pero no hacer nada para solucionar los problemas, para dejar de cometer los mismos errores de siempre, para dejar de criticar cuando nosotros somos peores que el resto.

Tienes la sensación de que se desmorona el Universo sin ciertas cosas, sin esa persona, y al cabo de un tiempo te das cuenta de que el nudo en la garganta ha desaparecido y de que sigues hacia adelante sin echar nada en falta. Sólo a veces te viene a la memoria, y notas una cierta sacudida en la columna, como cuando bajaba del tren y te besaba con los ojos cerrados. Todo parece mentira, ficción literaria, invenciones; pero fuimos eternos durante algún tiempo y nos dejamos rastro.

Y ahora te encuentro en algunas calles y en las páginas de algunos libros, pero no nos salvaron las locuras, las escapadas sin avisar a nadie, el follar en silencio en plena madrugada. No nos salvó París, ni el otoño siguiente, y nos dijimos adiós durante el invierno con tal de no volver a vernos.

Puede ser que fuéramos perfectos pero lo jodimos, lo destrozamos todo, y he aprendido la lección. Ya no soy el mismo tonto que se abrió el pecho y te dejó jugar con su interior. Ya no soy el mismo tonto que acabó pareciendo el villano de la función, el que te hizo infeliz cuando sólo quería lo contrario.

Y ahora ya no creo en el amor que tú me enseñaste porque me he hecho adicto a su piel, a la verdad que hay en su saliva, a la sinceridad de sus ojos húmedos antes de que salga el sol y vuelva a colarse en la habitación.

Y ahora ya no creo en el amor porque no hace falta creer cuando estás tocando su alma, cuando acaricias su mirada, cuando besas sus ingles y las pecas de su espalda.

Ya no creo en el amor porque está ella, y es mejor.