Mes: febrero 2017

El club de los corazones idiotas.

Siempre tenemos ganas de pelea, de enredarnos más de lo que es conveniente, de dejar que lleguen los tiempos difíciles y plantar cara aunque parezcamos dos brotes tiernos de hierba, un par de cachorros indefensos.

Nos arriesgamos a mandar cartas sin escribir nuestros nombres para que nadie nos descubra, a ver eclipses entre las nubes, a acelerar por caminos escarpados.

El tiempo ha vuelto a engañarme, se ha hecho eterno de nuevo al marcharte y no soporto este vaivén de mecedora. No aguanto que me salves unos segundos y me castigues el resto del tiempo.

Este edificio de cristal se viene abajo, con todos sus ventanales.

Me dijeron que no tuviera prisa, que con el amor pasa como con las cosas de palacio. Me dijeron que no tuviera miedo, y tengo que ir luchando día a día para intentarlo.

Ya no sé lo que es dormir sin que me duela la cabeza y el pecho.

Ya no sé lo que es deambular por la selva cotidiana sin arrastrar noches de insomnio por tu culpa.

No te has percatado todavía de lo que has hecho conmigo, y no te culpo. Aunque creemos que nos preocupamos por alguien al final siempre nos ponemos los primeros, forma parte de nuestra naturaleza. Es el instinto de supervivencia.

Tendemos a ser inmóviles, a que no nos cambien las cosas de sitio. Intentamos mantener un orden y que no nos molesten demasiado. Lo nuevo nos da pánico, acabar una etapa y empezar otra; dejar atrás familia, amigos, relaciones. Es porque todavía no hemos entendido que la vida es un ciclo que está lleno de cambios, y que debemos adaptarnos como hacen las especies: a la luz, al sol, el frío o el calor. A hablar otros idiomas, a dejar de acariciarnos cada día, a morir de ganas sin tenernos, a correr cien metros y saltar las vallas.

Y yo que en el fondo tampoco lo entiendo sigo intentando coger el aire que nos quieres darme, trato de robar los besos que quieres guardarte; por eso sigo destrozándome los nudillos contra cada pared que me recuerda a ti y contra cada vagón de tren pintado que me hace pensar en mi banal existencia.

Pero no aprendo.

Soy el inútil del perro de Pavlov que siempre acaba salivando al verte.

Seguiría nadando río arriba si fuera a encontrarte, descifraría enigmas del pasado para cogerte la mano, te buscaría en las letras de la Divina Comedia si así lograra volver a engañarte y meterte en mi cama.

Qué jodido el amor y la vida, y qué tonto el corazón, que nunca aprende y no quiere hacerlo.

Qué jodido un nosotros sin futuro.

“Querido amigos, el club de los corazones idiotas abre sus puertas.

Sed bienvenidos.”

[Que sí, que si lo lees. Es por ti.]

Compañía en los peores días.

La soledad es algo universal, como tantos otros sentimientos o pensamientos, o remordimientos.

Todos tenemos en algún momento esa sensación de no tener a nadie a quien recurrir, nadie a quien tender la mano, nadie a quien hablarle antes de dormir, nadie con quien poder llorar sin tener miedo a sus preguntas, nadie a quien mirar sin estar obligado a abrir la boca, nadie a quien susurrarle tus miedos en la penumbra, nadie a quien decirle que te gustan los días de lluvia si hay café esperando sobre la mesa, nadie a quien contarle un cuento que no acabe del todo mal, nadie con quien tener secretos porque no son necesarios.

Todos hemos sentido en alguna ocasión esa sensación de vacío existencial en el pecho, un hueco que no se llena jamás, como si tuviéramos un orificio de bala por el que la sangre siempre corre, hasta que acabamos de ser.

Y quizá sea ese mismo sentimiento el que nos haga, paradójicamente, estar menos solos.

Lo importante es que a pesar de todo seguimos aquí tratando de vivir. Intentando ser felices a nuestra manera, que al final es siempre la mejor porque para algo es la que elegimos.

Si lo pensamos bien, en el fondo no nos va tan mal.

Quizá es que pedimos demasiado, quizá es que hemos vuelto a querer lo imposible. Y ya sabemos lo que acaba pasando con estas cosas. Que se nos rompe el corazón y las lágrimas, que nos quedamos atrapados en cualquier tela de araña tejida por una mujer de sonrisa bonita, que nos acabamos identificando con cualquier poema de mierda.

Si recuerdas por un momento, hemos sido los mejores cabalgando después de las doce, hemos hecho largas las noches más frías, hemos gritado cuando querían que nos quedáramos callados, nos hemos hecho compañía en los peores días.

Después de tanto tiempo, he visto cómo te desnudaban con la mirada y sonreído por dentro al saber que acabarías en mi cama.

He visto cómo me miras y que te da igual que no tenga abdominales.

He visto cómo me abrazas y que sin mí ya no te reconoces.

He visto que lloras, que sufres, que ríes, que gritas, que muerdes, que lates, que te corres, que lees, que nadas a contracorriente, y que te gustan las cosas que no le gustan a nadie.

Supongo que por eso te acabé gustando yo.

Y no te miento si digo que al final lo único que quiero es que me beses durante un rato y me quites esta existencia gris de encima, que me espantes la melancolía aunque vuelva a abrazarme cuando desapareces por la puerta.

No sé para el resto, pero para mí la soledad es sólo cuando no estás.

Los borrachos siempre dicen la verdad.

Los borrachos siempre dicen la verdad, todos lo sabemos, que el alcohol nos da ese punto de desinhibición que a veces necesitamos para que se nos suelte la lengua y comencemos a decir todo lo que pensamos sin temor, como si nos dieran absolutamente igual las consecuencias de lo que hacemos, porque realmente es así.

Necesitamos que la química juegue con nuestro cerebro para ser capaces de hacer y decir lo que no podemos de ningún otro modo. Tan cobardes, tan miedosos, tan hartos de que nunca sea el momento adecuado ni la persona indicada.

Supongo que es por todo eso cuando te has regado con un par de cervezas me dices más veces que me quieres de lo que es habitual, y me besas con ganas, y te olvidas de toda la mierda que nos rodea el resto del tiempo.

Y en parte es bonito y también una basura.

Qué sé yo.

Supongo que es por eso que con el alcohol de por medio dices todo lo que piensas sin miedo, y no sé si es el único momento en el que eres sincera de verdad, en el que dejas que las palabras salgan de tu boca sin controlarlas al milímetro.

A mí es que no me hace falta beberme dos cervezas para decir lo que siento, ni lo que pienso sin reparo, sin tener que avergonzarme por ello, sin tener remordimientos que me asfixien la conciencia cuando me voy a dormir.

Lo tengo todo tan claro que a veces me doy hasta pena, porque debería estar dudando de todo y no es así. Lo tengo tan claro que incluso tiemblo porque sé que no va a ser este mi tiempo de victoria, porque no voy a llegar a cruzar ningún océano y conquistar tierras, porque no voy a poner el pie en la luna contigo.

Lo tengo tan claro que es triste.

Pero estoy tan tranquilo, porque por una vez no he mentido. Porque me he quitado la ropa y la piel estando contigo, porque esta vez quería que no hubiera manchas de por medio, porque he huido de fingir y jugar sucio, porque sé de sobra que la desconfianza es lo que acaba matándolo todo.

Estoy tan tranquilo que hasta sonrío a pesar de todo, porque puedo decir un te quiero mirando a los ojos, porque puedo mirarme las manos y ver los rasguños de ir buscando en tu pecho, porque puedo escuchar los latidos y saber que no hay más; que estás tú.

Estoy tan tranquilo que cuando no te tenga buscaré un lugar donde refugiarme, donde llorar encogido, donde no se funda la nieve, donde esperar hasta que todo esto deje de doler.

Sin ir borracho estoy diciendo la verdad.

Texto escrito para De krakens y sirenas.

La tormenta que llevas en tus ojos.

Creo que todos sabemos ya que la vida es una mierda, la cuestión es que a algunas personas les cuesta más que a otras asumirlo.

Yo lo tengo claro, casi tan claro como que la tierra es redonda y que gira alrededor del sol y no al revés. La vida es meter los pies en el fango una y otra vez, un domingo permanente que se te mete en la columna vertebral, una trampa de la que es imposible escapar. Hasta que ella dice basta. Como en todo, porque ella siempre tiene la última palabra, te va a llevar por donde quiera sin que puedas elegir, eres sólo una mancha de aceite flotando en una masa de agua, eres una neurona sin conexión.

Ya no queda café en el fondo de la taza, ni tengo tu cabeza sobre mi hombro mientras leo otra de esas novelas negras que me saben a la historia de siempre. Noto como el aire ya no entra en mis pulmones con fluidez, culpa de la nube tóxica en la que lo has convertido todo. Siento que el suelo por el que camino se va resquebrajando y que los edificios a mi paso se derrumban sin sentido. Otro movimiento sísmico va a dejarlo todo patas arriba, otra explosión va a darle la vuelta al cielo y a la tierra, otro orgasmo tuyo va a escucharse al otro lado de la calle.

Vas a arrasar conmigo, como un desastre nuclear del que uno no se recupera jamás. Y es que bajé la guardia, me dejé llevar por la tormenta que llevas en tus ojos y ahora soy sólo otro bote varado en la peor de las orillas, en la que tú no estás.

Prendiste la llama y te olvidaste de apagar mi fuego.

Y eso no se hace.

Cuando uno se va debe dejarlo todo como cuando lo encontró, y yo ya estaba roto pero ahora no me encuentro entre tantos pedazos.

Todo son certezas cuando veo que no estás, todo son verdades cuando no estoy bajo tu influjo. Tus actos no hacen más que confirmar todas mis sospechas.

Vas a dejarme naufragando después de todo esto, y espero que alguien sepa rescatarme, que me pegue los fragmentos, que me limpie las heridas aunque escueza porque lo que pica cura.

Y es que, en el fondo, no soy nadie para ti, sólo un desconocido que te mostró su sonrisa, que te tendió la mano, que te llenó de electricidad, que hizo que te diera un vuelco el corazón.

Pero soy nadie.

Porque en el fondo lo que haga por ti no va a servir de nada y dejarme ir será el mayor de los errores.

Los intrusos.

Todos somos el intruso en la vida de alguien. Aviones de papel que caen en un charco. Extraños caminos, completos desconocidos, que se convierten en algún momento en la senda principal de nuestra ruta. Personas que nos borran por un tiempo esa horrible sensación de soledad que, a veces, guardamos en el pecho a pesar de todo.

Los intrusos son ladrones de almas que van de puntillas por los tejados tratando de encontrar algo que llevarse de recuerdo, algo que cuando estén lejos les ayude a evocar dónde estuvieron, qué hicieron y con quién. Recolectores de momentos, cazatesoros. Llegan un día y se convierten en mochila, se te pegan a la piel y no hay manera de dejarlos atrás. Te trastocan todos los planes, te rompen los esquemas, te difuminan el futuro, te nublan la vista con caricias.

Lo malo de esto es que no nos damos cuenta de cuándo van a aparecer, que no hay protección, que no existe una manera eficaz de protegerse o de tratar de evitarlo. Nos distraemos con facilidad porque la carne es débil y el verbo es carne.

Y entonces un día te ves indefenso, sin barreras que puedan contener esa sensación que te desborda, esa ilusión que te calienta un poco el pecho y te reconforta cuando cierras los ojos por la noche, esa leve seguridad que te permite mirarle cada día y sonreír sin miedo.

Soy contigo personal ajeno en un área restringida, porque no pedí ninguna clase de permiso para colarme en tus días y en tus bragas, y creerme con algún tipo de derecho.

Soy la nota discordante que te está jodiendo la melodía.

Tu penalti y expulsión.

Es tan cierto que me siento un forastero en tu vida como que quiero dejar de serlo, quiero dejar de sentir esa incómoda sensación de hormigueo en la nuca, ese quemazón en el tórax, ese temblor de labios y manos.

Sé que estoy de okupa en un lugar que no me corresponde, y que tarde o temprano acabaré para ti siendo nada, igual que lo era antes.

Los intrusos acaban por desaparecer.

No me llores, nunca ha hecho falta.

Promesas.

Promesas.

Promesas.

Y más promesas.

Esas mentiras.

Que echamos a diarios.

Todos hemos hecho una alguna vez, y las que hemos cumplido podemos contarlas con los dedos de las manos, si somos generosos. Porque aunque queramos cumplirlas, porque aunque en un momento determinado de nuestra existencia pensemos que seremos capaces de cumplirlas quizá no sea así. No sabemos, por suerte o para nuestra desgracia, cómo será el devenir de las cosas, ni si cambiaremos de parecer, o los acontecimientos nos harán cambiar y elegir otros destinos que no estaban preestablecidos.

Las promesas son peligrosas, como serpientes que se deslizan bajo nuestros pies sin que nos demos cuenta, capaces de volverse en tu contra a la mínima oportunidad. Por eso las promesas no pueden hacerse a la ligera, porque después tenemos la obligación de seguir adelante con ellas, y si somos incapaces de llevarlas a cabo, sentimos una traición hacia nosotros mismos, una sensación de derrota difícil de explicar. Porque al final, una promesa se hace cuando parece sencilla de cumplir. Y darnos cuenta de que algo que pensábamos que nos resultaría fácil acaba complicándose, que nos resulta imposible sacar adelante, es duro, es un golpe difícil de encajar.

Por eso os advierto humildemente, tened cuidado con las promesas, con las palabras que lanzáis al viento y pensáis que no tienen peso suficiente pero que acaban siendo lastre que os hunde en el manto por culpa de la gravedad.

Por eso yo no voy a prometerte amor eterno, voy a hacerlo contigo día tras día, gesto a gesto. No voy a prometerte que cambiaré, te llenaré de besos y te allanaré el camino, haré que los problemas se queden lejos del alcance de nuestras miradas. No voy a prometerte que todo será perfecto, pero trataré de que lo sea. No voy a prometerte que no te haré llorar, pero si lo hago te secaré las lágrimas.

Y es que si no entendéis eso, que el amor es facilitar la vida a quien quieres. Si no entiendes eso es que no has entendido una mierda en esta vida, no has aprendido lo que significa de verdad amar a alguien sin condiciones.

Una última cosa, para que quede claro, la única promesa en la que creo la tiene en su mirada.

[Ahora voy a sentarme pacientemente, con cierto cinismo y una asquerosa superioridad, a mirar vuestros regalos de San Valentín mientras el resto del año rompéis todas vuestras promesas y os escupís en el café.]

Contra el miedo.

No es contra el mundo contra lo que tenemos que luchar.

Hay que luchar contra el miedo.

El miedo sí que es nuestro enemigo, muchas veces el peor. Es lo que nos atenaza, lo que nos impide romper las cadenas y cruzar a nado el desierto. Parece mentira que no nos hayamos dado cuenta de que somos capaces de cualquier cosa, y que a veces usamos el temor a la incertidumbre como excusa tras la que escondernos y quedarnos a resguardo. Nos gusta demasiado tener cuatro paredes entre las que quedarnos aunque lo que hay afuera nos atraiga como un polo negativo atrae a un polo positivo, como se atraen todos los opuestos, como nos atraemos tú y yo.

Y, ¿sabes?

Si hay algo que nunca vuelve es el tiempo, si hay algo que una vez pasa se esfuma para siempre es el tiempo. Si hay algo que no podemos permitirnos perder es el tiempo, porque se va detrás de cada vuelta de las manillas al reloj y desaparece, se nos escapa entre los dedos como se escapan siempre nuestras ganas.

Y todo lo que se marcha no sabemos nunca a dónde va.

Qué complicado.

Me obligas a ponerme serio, mirarte a los ojos, hablar claro y dejarte temblando. Lo mismo que haces tú conmigo sin necesidad de separar los labios.

Ojalá tuviéramos establecido el camino y nuestra tarea consistiera sólo en seguirlo sin pensar, pero la vida es una gran tela que tenemos que ir llenando con nuestras manos, que tenemos que ir salpicando de pintura y acuarelas, de letras, de lágrimas, de notas, de nudos en el estómago, de errores, de besos, de cometas en el agua y mareas en el cielo.

La vida es un lienzo que cuando acabamos no podemos ver, y queda para el resto.

Nuestra obra de arte.

A título póstumo.

Te digo una cosa. Podemos quedarnos aquí, mirando al infinito, esperando a que algo pase, o podemos atarnos los cordones y salir a buscar lo que queremos.

Yo ya estoy preparado.

Coge mi mano.