Mes: enero 2017

Los gatos y el agua.

Di un par de golpes al reloj de muñeca, mirando la esfera blanca en medio de la noche. No funciona, otra vez. Había debido gastarse la pila. El reloj marcaba las once y treinta y dos, no sabía si de la noche o de la mañana. Lo cierto es que no había mirado la hora en todo el día, y ahora las manecillas ya no se movían como lo hacían antes, con una cadencia determinada, se habían quedado estáticas. Sonreí en la oscuridad, estirándome sobre las sábanas que me protegían desde siempre de fantasmas invisibles en los que me negaba a creer. La ironía me parecía divertida y casi perfecta. El segundero estaba quieto, inmóvil y en cierto modo me recordaba a mí mismo. Parado y con la necesidad de un impulso que me hiciera caminar de nuevo hacia adelante. Con veintisiete años sólo había trabajado unos cinco meses desde que acabé la carrera, al menos en algo que tuviera que ver con mis estudios. Sobrevivía a base de tocar el piano en un local cerca de la Plaza del Real, un local de gente de clase media que quiere buena música mientras se toma sus gintonics de Hendrick’s. Patricia no se había quedado a dormir aquella noche, apenas se quedaba, no le gustaba ese piso enano que tenía en el Born. Un piso viejo y que necesitaba alguna que otra reparación pero en el que estaba instalado desde que llegué a Barcelona por primera vez, hacía ya nueve años.

Suspiré viendo al Coronel Rubio subido a mi cama, durmiendo a pierna suelta. Ese gato se coló en casa hace un par de meses y no se despegaba de mí. Un gato callejero que ahora era prácticamente mi mejor amigo, al menos quien más tiempo pasaba conmigo. Yo no elegí el nombre,  Patricia siempre había sido muy de jugar al Cluedo, y siempre quería que yo fuera el Coronel Rubio para elegirse a la Señorita Escarlata, como si fueran a tener un romance o algo así. Como si el juego fuera de eso, manda huevos. Le pasé la mano por el lomo y me miró arrugando su pequeña y rosada nariz. Nunca le gustaba cuando le molestaba, y menos en sus horas de sueño. En eso debía admitir que se parecía en algo a mí. Que me dejaran tranquilo era uno de mis pasatiempos favoritos.

Estiré el brazo para mirar la hora en el teléfono móvil, el reloj digital de la pantalla del iPhone me devolvía unos números blancos que indicaban que la madrugada estaba en pleno apogeo. Las tres y cinco. Al menos había dormido algo, últimamente tenía un sueño ligero y lleno de pesadillas, como si estuviera inquieto por algo que aún no sabía definir con exactitud. Me senté en el borde de la cama, dejando que mis pies acariciaran el suelo de madera un rato antes de acostumbrarse al frío, y me acabé levantando para asomarme a la ventana. Abrí una de las hojas de madera y di un par de manotazos al aire hasta dar con el paquete de tabaco de la mesilla de noche. Encendí un cigarro mientras dejaba que el aire fresco entrara en el piso, el gato me miró con mala cara. Había llovido, y ya se sabe lo que dicen de los gatos y el agua. No son buenos amigos. Como yo y el trabajo. No nos llevábamos bien.

 A pesar de las horas, en la ciudad condal siempre había movimiento, una urbe en constante ebullición, y observé a uno de los camiones de la basura recogiendo los desperdicios de todos los vecinos de la calle. Probablemente acabaría teniendo que pedir trabajo de basurero al Ayuntamiento, porque estudiar Historia no me había servido para mucho más que para morirme de hambre. Me pasé una mano por el pelo y di otra calada al cigarro, soltando el humo con lentitud, como si no tuviera prisa, como si me diera igual dormir una hora menos o una más. Que es verdad. Cogí el teléfono y miré si tenía algún whatsapp sin responder. Patricia se había conectado por última vez hacía media hora. Demasiado tarde para ella. Tiré de nuevo el teléfono sobre la cama y al segundo sentí el pelaje suave de mi acompañante felino en las piernas, llamando mi atención. Cogí al gato y le acaricié la cabeza, recordando que mi madre siempre dice que los gatos odian que se les acaricie a contrapelo.

–Deberíamos volver a dormir. –dije como pude, con el cigarro sujeto por la humedad de mis labios. –Mañana será un día largo. –Por no decir en voz alta que sería otro día largo, tedioso y aburrido.

Al menos sería jueves, y los jueves siempre tenía que sentarme frente a un piano y deleitar de alguna forma al público. Mi amigo de cuatro patas saltó de nuevo sobre el colchón y se acurrucó en la parte de la almohada que yo solía dejar libre. Apagué el cigarro contra la repisa de la ventana y cerré. Con los pulmones más sucios y la mente despejada ya podía irme a dormir tranquilo una noche más.

Rapsodia.

Las tardes sin ella eran como rapsodias tristes de piano. Y suponía que una vida lejos debía estar cerca de sonar como el Réquiem de Mozart y que podría llegar a destrozarme el alma. He sido capaz de enterrarme en kilos de libros con tal de no pensar, de cerrar los ojos durante horas bajo el agua fría de la ducha hasta sentir que se me congelaban las ideas y los sentimientos, de poner la música tan fuerte que me dolían los oídos, de llorar tantas horas que se convirtieron en días, de gritar con tanta rabia que ya no quedan telarañas.

Porque pocas cosas duelen más que un adiós cuando no quieres pronunciarlo.

Pocas, por no decir ninguna.

Llega un momento en el que te preguntas qué hacer cuando cada paso acaba en falso o en decepción, cuando el destino lleva riéndose de ti desde que eres consciente de que el mundo giraba sobre un eje algo torcido. Supongo que cuando te enamoras de verdad estás tan indefenso como un niño, y tienes su misma inocencia, y entonces es cuando corres el riesgo de que te hagan el mismo daño que les pueden hacer a ellos.

Y qué putada, porque a ver cómo te proteges de eso, de lo que no eres capaz de ver venir, de que te haga daño la única persona en el mundo que no quieres que lo haga.

Después de eso la rutina se reduce a respirar y dejar de creer en nadie.

Olvidar no se olvida, sólo se arrinconan los recuerdos, se dejan dormidos pero siempre están dispuestos a despertar para herirte cuando menos te lo esperas, para borrar la única sonrisa que has tenido en todo el día, para hacerte sangrar un poco más porque nunca es suficiente.

Casi nunca hay consuelo, ni verdad absoluta, ni curaciones milagrosas, pero es que lo complicado, lo admirable, lo valiente es arriesgarse sin saber si vas a ganar. Lo otro, lo de saltar cuando no hay caída libre, cuando sabes el resultado final, cuando no hay más incertidumbre que la que quieres inventar. Eso, es de perdedores.

Pero qué aburrida sería la vida si nos resignáramos, si aceptáramos la derrota a la primera, si dejáramos las balas para siempre en la coraza en lugar de quitarnos el polvo, secarnos las lágrimas y salir a patear las calles para buscarla de nuevo.

¿Te imaginas?

¿Te imaginas que conoces a alguien y todo sale bien?

Yo tampoco.

Creo que algunas personas estamos programadas por defecto para meter la pata, para que se nos tuerzan las cosas, para que en el último momento todo se trunque y nada vaya como debería ir. Supongo que algunos también tenemos un imán para las tragedias, para los dramas sin mucho teatro, para las canciones tristes y los escritores malditos. Supongo que algunos estamos impregnados en absenta, tinta y papel.

Nos hicieron así, bohemios, defectuosos, incompletos, inconformistas.

Incomprendidos.

Nos hemos convertido en lo que queda, en las sobras de amores de antaño, en cartas rotas que escribían una historia que ya es imposible de leer. Somos recuerdos de épocas que nos parecen mejores pero que tampoco lo fueron. Somos lo que queda de aquellos veranos de recorrer caminos en bicicleta sin preocupaciones en la cabeza, de saltar desde la cascada sólo para sentirnos vivos y alejar el miedo que tendría que llegar en algún momento inespecífico del futuro.

Y llegó antes de tiempo, lo de abrazarse en la oscuridad bajo las sábanas, lo de mirar por la ventana y ser incapaz de sonreír, lo de callar siempre y aguantar, las pesadillas, abrir los ojos en la madrugada, sentir el corazón salirse del pecho, llorar siempre a escondidas, fingir que todo va bien, encogerse de hombros y asentir.

Pero seguimos pensando que algo acabaría cambiando, que habría más trenes y estaciones.

Por eso resistimos.

Decidimos levantarnos cada día, borrar el rastro de las noches trágicas con agua corriente, colocarnos el reloj en la muñeca, mirarnos al espejo, atarnos los cordones, tragar saliva y salir a la calle como si no tuviéramos problemas.

Y es que el problema somos nosotros mismos, nuestro propio némesis.

No me voy a perdonar nunca esta incapacidad para elegir lo correcto, ni la mala suerte, ni el fracaso constante.

Prometo que esta vez quería que fuera fácil, hacerlo fácil, que fueras tú.

¿Te imaginas que un día somos felices?

¿No?

Yo tampoco.

Si ahora no.

Te prometo que te convertiste en luz aquella noche de invierno y que ya no he podido ver nada más desde entonces. Vi cómo se rompía el cielo antes del amanecer por culpa de un susurro tuyo en mi oído, vi cómo se abría la tierra cuando arañabas mi espalda como nadie lo había hecho antes. Llevo viviendo en el infierno más dulce desde entonces, sin saber muy bien si quiero salir corriendo o quedarme a vivir para siempre.

Espero algún día ser capaz de salir de esta espiral de confusión, de amor y dolor en la que me metiste. Espero ser capaz de salir de la calle Melancolía sin más secuelas que las que ya traía puestas, y quedarme como Sabina esperando el tranvía.

Después de todo, tampoco te pido que descifres las sombras que recorren a diario mi mirada, ni que intentes alegrarme cuando el mundo se me viene encima, ni que te dejes la piel por tratar de salvarme porque no tengo remedio. Sólo te pido que me abraces en silencio, que me dejes acariciar tu mejilla y que me obligues a cerrar los ojos cuando veas que han vuelto a asomarse los demonios en plena madrugada. Cuando me consumen los recuerdos, las lágrimas y mi propio pensamiento.

No es tan difícil de entender, tan solo busco sinceridad. Me harté de las mentiras cuando empecé a contarlas yo mismo y acabé enjaulado, y sigo tratando de romper los barrotes a diario.

Y es verdad que contigo no hace tanto frío, ni hay tedio en los días, y hasta ha empezado a darme igual lo de tener la nevera vacía mientras vea tu sonrisa.

Todo podría ser tan bueno y tan fácil que asusta, y tener miedo es lo más razonable pero, ¿Has visto cómo nos miran cuando nos cogemos de la mano? ¿Has visto cómo te miro? ¿Has visto cómo me miras?

Nos convertimos juntos en arte en las calles y fuera de ellas.

Vamos a destrozarlo todo por no ser capaces de saltar, por tener miedo de no poder volar a la primera.

Si ahora no es el momento tú me dirás cuándo.

La gente quiere ser feliz.

La gente quiere ser feliz, sin tener ni idea de lo que es. Tantas definiciones diferentes, tantas maneras de entender las cosas. Como para saber quién tiene la razón, si es que no la tenemos todos.

La felicidad será una mezcla de todo y de nada a la vez, igual que nosotros dos. Un conjunto de salir con los amigos, ver un atardecer sin nervios de por medio, dormir sin preocupaciones, algo de dinero en el bolsillo, un libro por empezar, una cerveza que nunca se acabe, tener una mano a la que apretar siempre que lo necesites, un jardín floreciendo en pleno invierno, un hilo de agua saliendo de un manantial remoto, un pentagrama por escribir, el primer copo de nieve del año, alguna señal que nos permita saber que no lo hacemos todo tan mal.

Nos han prometido que seremos felices en algún momento pero parece que nunca llega, que estamos envueltos de sufrimiento y que cuando las cosas se nos ponen fáciles no las queremos. Estamos hechos de daño, del espíritu de animales en peligro de extinción, y cuando algo es sencillo nos invita a desconfiar con rapidez. Estamos hechos para resistir, aunque haya disparos a nuestro alrededor, y nos metan balas en la carne, y nos apuñalen varias veces en el pecho.

Y es que nos gusta complicar las cosas, hacerlo difícil, poner trabas para justificar por qué actuamos tan mal. Nos gusta la pelea y morder fuerte, y sentir algo de acción en nuestras vidas aburridas. Nos gusta empezar por el final y doler sin motivo. Nos gusta que muera el malo y que al final triunfe el amor, pero nunca le dejamos.

La gente quiere ser feliz, pero cuando de verdad tiene la oportunidad de serlo tiene miedo y se queda parada viendo cómo escapa otro tren, viendo caer las lágrimas por haber vuelto a fracasar.

Llevamos media vida preparándonos para encontrarnos y ahora vamos a permitir que todo se eche a perder. Que tanto abrazo, tanto beso, tanto esfuerzo quede en nada.

A estas alturas yo no sé si es mejor reiniciar el cerebro o el corazón.

De haberlo sabido.

El año viejo pasa al recuerdo, con su nostalgia, sus sonrisas ladeadas, sus tiempos mejores. La añoranza de lo que se fue, de lo que tuvimos, de lo que disfrutamos. Porque a toro pasado todo parece mejor. O no.

Los viajes, las letras, las despedidas. Aquel café bien hecho mientras afuera caía la tormenta de nuestras vidas, las sábanas de hotel que se empaparon con nuestro sudor, las cartas anónimas en el buzón, el sol reflejándose en tu pelo sin que estuviera yo a tu lado.

Vetusta Morla ya lo ha dicho casi todo por nosotros, nos queda un año menos que dolernos, uno más para hacer las cosas bien. Es día 1 de Enero y domingo, y por eso estamos llenos de resaca y sin ningún filtro para poder hablar. Deberíamos coger el teléfono y llamar, y decirnos las verdades antes de que vuelva a ponerse el sol por el horizonte de siempre y se nos atraganten las palabras. Deberíamos aprovechar para empezar con buen pie y dejar las cosas claras antes de volver a cerrar los ojos para dormir. Deberíamos hacer tanto antes de que nos pueda la melancolía de las tardes largas en soledad.

Todavía queda esperanza porque estamos vivos, mientras nos dejen. Todavía queda esperanza porque siguen habiendo risas en la calle y abrazos tras las puertas. Y no hay mejor regalo que un beso para empezar el día.

Estamos a salvo porque aún no hemos mirado juntos las estrellas, porque aún nos quedan ganas, porque aún no hay niebla en tus ojos y seguimos ardiendo cada vez que llega el amanecer.

Sigo sin querer perder.

Sigo de pie aguantando las olas.

Aunque me esté ahogando con promesas que nadie ha pronunciado.

Aunque sepa que este final se ha escrito fuera de tiempo.

De haberlo sabido te habría querido antes.

[Respira hondo, sin miedo, te seguirá acariciando el viento cuando yo ya no esté.

Y la humedad en la entrepierna te recordará a mí.]