Los gatos y el agua.

Di un par de golpes al reloj de muñeca, mirando la esfera blanca en medio de la noche. No funciona, otra vez. Había debido gastarse la pila. El reloj marcaba las once y treinta y dos, no sabía si de la noche o de la mañana. Lo cierto es que no había mirado la hora en todo el día, y ahora las manecillas ya no se movían como lo hacían antes, con una cadencia determinada, se habían quedado estáticas. Sonreí en la oscuridad, estirándome sobre las sábanas que me protegían desde siempre de fantasmas invisibles en los que me negaba a creer. La ironía me parecía divertida y casi perfecta. El segundero estaba quieto, inmóvil y en cierto modo me recordaba a mí mismo. Parado y con la necesidad de un impulso que me hiciera caminar de nuevo hacia adelante. Con veintisiete años sólo había trabajado unos cinco meses desde que acabé la carrera, al menos en algo que tuviera que ver con mis estudios. Sobrevivía a base de tocar el piano en un local cerca de la Plaza del Real, un local de gente de clase media que quiere buena música mientras se toma sus gintonics de Hendrick’s. Patricia no se había quedado a dormir aquella noche, apenas se quedaba, no le gustaba ese piso enano que tenía en el Born. Un piso viejo y que necesitaba alguna que otra reparación pero en el que estaba instalado desde que llegué a Barcelona por primera vez, hacía ya nueve años.

Suspiré viendo al Coronel Rubio subido a mi cama, durmiendo a pierna suelta. Ese gato se coló en casa hace un par de meses y no se despegaba de mí. Un gato callejero que ahora era prácticamente mi mejor amigo, al menos quien más tiempo pasaba conmigo. Yo no elegí el nombre,  Patricia siempre había sido muy de jugar al Cluedo, y siempre quería que yo fuera el Coronel Rubio para elegirse a la Señorita Escarlata, como si fueran a tener un romance o algo así. Como si el juego fuera de eso, manda huevos. Le pasé la mano por el lomo y me miró arrugando su pequeña y rosada nariz. Nunca le gustaba cuando le molestaba, y menos en sus horas de sueño. En eso debía admitir que se parecía en algo a mí. Que me dejaran tranquilo era uno de mis pasatiempos favoritos.

Estiré el brazo para mirar la hora en el teléfono móvil, el reloj digital de la pantalla del iPhone me devolvía unos números blancos que indicaban que la madrugada estaba en pleno apogeo. Las tres y cinco. Al menos había dormido algo, últimamente tenía un sueño ligero y lleno de pesadillas, como si estuviera inquieto por algo que aún no sabía definir con exactitud. Me senté en el borde de la cama, dejando que mis pies acariciaran el suelo de madera un rato antes de acostumbrarse al frío, y me acabé levantando para asomarme a la ventana. Abrí una de las hojas de madera y di un par de manotazos al aire hasta dar con el paquete de tabaco de la mesilla de noche. Encendí un cigarro mientras dejaba que el aire fresco entrara en el piso, el gato me miró con mala cara. Había llovido, y ya se sabe lo que dicen de los gatos y el agua. No son buenos amigos. Como yo y el trabajo. No nos llevábamos bien.

 A pesar de las horas, en la ciudad condal siempre había movimiento, una urbe en constante ebullición, y observé a uno de los camiones de la basura recogiendo los desperdicios de todos los vecinos de la calle. Probablemente acabaría teniendo que pedir trabajo de basurero al Ayuntamiento, porque estudiar Historia no me había servido para mucho más que para morirme de hambre. Me pasé una mano por el pelo y di otra calada al cigarro, soltando el humo con lentitud, como si no tuviera prisa, como si me diera igual dormir una hora menos o una más. Que es verdad. Cogí el teléfono y miré si tenía algún whatsapp sin responder. Patricia se había conectado por última vez hacía media hora. Demasiado tarde para ella. Tiré de nuevo el teléfono sobre la cama y al segundo sentí el pelaje suave de mi acompañante felino en las piernas, llamando mi atención. Cogí al gato y le acaricié la cabeza, recordando que mi madre siempre dice que los gatos odian que se les acaricie a contrapelo.

–Deberíamos volver a dormir. –dije como pude, con el cigarro sujeto por la humedad de mis labios. –Mañana será un día largo. –Por no decir en voz alta que sería otro día largo, tedioso y aburrido.

Al menos sería jueves, y los jueves siempre tenía que sentarme frente a un piano y deleitar de alguna forma al público. Mi amigo de cuatro patas saltó de nuevo sobre el colchón y se acurrucó en la parte de la almohada que yo solía dejar libre. Apagué el cigarro contra la repisa de la ventana y cerré. Con los pulmones más sucios y la mente despejada ya podía irme a dormir tranquilo una noche más.

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