Mes: diciembre 2016

El hombre sin corazón.

Creo que solamente hacen falta 364 días para destrozar a alguien por completo.

Te digo que he escuchado el momento exacto en el que se me agrietaba el corazón, que he podido distinguir cómo se resquebrajaba poco a poco hasta caer al suelo, que he sido capaz de intuir en cuántos pedazos lo has convertido.

Ahora voy a tener que aprender a vivir sin él, con anestesia en la piel, con benzodiacepinas que me duerman el cerebro y la conciencia, aturdir mis sentidos de cualquier manera y aprender a caminar sin sentimientos en el día a día. No sé si voy a conseguirlo, porque ni tan solo quiero hacerlo. Preferiría perder de una vez por todas y que se fuera la luz, quedarme en la oscuridad para siempre, cerrar los ojos y no tener la obligación de volver a abrirlos de nuevo.

Sólo conoces el dolor cuando lo sientes en tus venas, cuando llega como un rayo y te recorre de arriba a abajo para dejarte hecho un despojo, cuando te conviertes en ruinas que ni siquiera invitan a ser contempladas. Se te quiebra la mirada y no eres capaz ni de mirarte al espejo. Resulta que al final no mereces nada, ni sentir tu propia pena. Resulta que has vuelto a fracasar, como era de esperar.

Los perdedores se dedican a perder, una y otra vez, supongo que eso es lo único que estoy haciendo bien. Lo único que soy capaz de conseguir a la primera, sin esforzarme demasiado.

Cuando uno se queda sin corazón se le acaban los latidos, y sin latidos te sientes vacío, como si alguna mano negra te hubiera robado la ilusión que mantenías viva a duras penas, como si de un soplido apagaran la pequeña hoguera que mantenías encendida echando páginas de libros viejos.

Y lo único que quieres es que se acabe el mundo ahí fuera, o que se acabe tu mundo aquí adentro.

Y los abrazos dan igual, las palabras dan igual, hasta tu puta existencia empieza a dar igual.

Dicen que sin corazón no se puede vivir, y ojalá sea verdad.

Año 58.

Recorrer el Malecón a media tarde cuando se llena de gente que pesca, ríe y baila, beberse una Cristal en el hotel Nacional mientras un trío canta boleros, tomarse un mojito en la Bodeguita del Medio al tiempo que fumas un habano, entrar en la plaza de la Catedral y sentirte en Castilla, tragar humo negro al caótico ritmo de los coches americanos, pasear por la Habana vieja y su olor a fruta demasiado madura, ver el Capitolio y sentirte pequeño, entrar en el barrio chino sin ver a un solo chino, escuchar el son cubano al hablar, que cualquier desconocida te cante y quiera sacarte a bailar, perderte por las calles de Vedado, ver a los niños ir a la escuela de uniforme con una sonrisa, pagar 5 CUC y comer hasta reventar en el Vampirito, buscarte la vida para poder conectarte a internet, beber zumo de guayaba, disfrutar de los colores y de los edificios en ruinas, que la bandera de Cuba sea tu nuevo símbolo de identidad, hacer cola para todo sin desesperar, ser amable con cualquiera que se cruce  en tu camino, echarte ron y canela en el café, ver jazz en directo con el mar de fondo, que todo el mundo te pregunte de qué parte de España eres, calarte hasta los huesos con el primer frente frío de Diciembre, ver el valle de Viñales desde el mirador a ritmo de salsa, que huela a parrillada y te entre hambre de manera instantánea, caminar por una plantación de tabaco, aprender a beber ron de verdad, pasear de noche por la Plaza de la Revolución, ver poesía en cada lema pintado en la pared, regatear desde que amaneces, caminar por el Castillo de Morro, observar desde abajo el Cristo de La Habana, escuchar una serenata en la Basílica de San Francisco de Asís, beber cerveza en la Fábrica de la plaza Vieja, comprarte un libro por menos de un euro, mandar postales sin saber si llegarán, hacer fotos de cada detalle para no olvidar, caminar por el Mercado de San José y que todos te intenten vender hasta a su madre, que te hablen en cualquier idioma menos en castellano, comer pollo frito en el Plan B, dejar sin Bucanero a todos los bares que pisas, ir hacinado en el 27 y bajar en una calle que no has pisado jamás, pasear por el puerto, ver una iglesia ortodoxa donde menos te lo esperas, esquivar los taxis-bici en todas las esquinas, comer coco, cambiar euros en todas las CADECA, pensar en Hemingway cada vez que nombran un daiquiri, tener ganas de escribir a todas horas, que el blanco sea blanco, que la arena se quede solo playa, dejar que el océano más limpio te lama las heridas, ver artesanía en cada puerta abierta, comer tasajo y ropa vieja, dar de comer a los perros callejeros, observar la vida paralela, cruzar cada calle arriesgando tu vida, beber piña colada, que cada persona que conozcas te cuente su historia, robarle una caracola al mar, conocer la distancia en cuadras a cada sitio, ver sin creer la Necrópolis de Colón, esperar horas en un aeropuerto que huele a siglo XX, café y tabaco.

Que se disipen las dudas, relativizar el tiempo, la existencia y nuestras ganas de explotar, escapar del día a día, encontrar la felicidad en otros rostros y no necesitar nada más.

Llevar un país, un espíritu y una forma de ver la vida para siempre en el corazón.

Año 58 de la Revolución.

Ojalá alzar el puño contigo, besarte después y ser libres para siempre.

Recuerdos del sur.

Arturo espera paciente mirando el camino que tiene frente a su casa. Una casa de piedra en medio del pirineo aragonés en la que vive solo desde hace prácticamente cinco años. No recuerda ya ni cómo ni por qué aceptó aquel trabajo, pero lo hizo. Renunció a lo conocido por lanzarse a la aventura, por intentar que su corazón dejara de doler de la forma en que lo hacía. Ella al sur, él al norte. Todavía a la espera de que la distancia hiciera lo que suele hacer con el amor, romperlo, desgastarlo, convertirlo en polvo y recuerdos en blanco y negro. Da una calada profunda al cigarro que le toca fumar ese día, hasta el pueblo más cercano está demasiado lejos como para fumar más de la cuenta. El cartero aparece con ese coche viejo que hace que se le escuche a varios kilómetros de distancia, entre el silencio de los valles. Los bosques allí parecen silbar melodías que él no entiende, y que sabe con certeza no logrará entender durante el tiempo que siga residiendo en aquel lugar. Duda de que pudiera entenderlos aunque pasara el resto de sus días descansando entre aquellos montes.

― Buenos días, don Arturo. ―Le saluda el hombre, que saca una carta sellada por la ventanilla, se la entrega siempre sin bajar del coche.

―Buenos días, Manuel. ¿Qué tal va? ―Arturo camina hasta el automóvil y coge la carta, todavía con el cigarro apoyado en el labio.

―Como siempre, ya sabe, en el pueblo no hay mucha novedad en estas fechas.

―Que viene el frío.

―¿Eso le parece una novedad?―El cartero se ríe con ganas, mostrando un hueco entre sus dientes, y enciende de nuevo el motor.―Bájese un día por allí, le invitaré a una buena tortilla y vino.

―Intentaré bajar pronto. Se lo prometo, Manuel.―El hombre hace un ademán con la mano y recorre el camino inverso hasta la puerta de la casa. Apaga el cigarro y observa el sobre amarillento por un momento, mientras escucha el coche del señor Manuel alejarse por los caminos, siguiendo el recorrido de casas desperdigadas que esperan su correspondencia.

Comprueba siempre el nombre y la dirección del destinatario, el remitente y el tipo de sello. Es un hombre metódico pero sin llegar a la obsesión, por suerte para él. Sonríe más con los ojos que con la boca al reconocer el trazo estilizado de la tipografía. Desde que estudió tiene la idea de que las mujeres escriben mucho mejor que los hombres, y que por norma general se esfuerzan mucho más en sus tareas. Ella nunca falta a su cita. Una vez al mes recibe una carta, una carta desde muy lejos. Casi siente la calidez del sol entre las manos y se le enciende el pecho al coger el papel rugoso entre sus dedos e imaginar las manos de ella acariciándolo antes de meterlo en el sobre.

Nunca se imaginó lejos de ella, sin poder verse reflejado en sus ojos, sin poder besarla a todas horas, sin poder correr tras de ella por el patio de la casa para abrazarse a su cintura antes de esconderse en cualquier esquina para que nadie los viera. Nunca imaginó que podría seguir respirando a cientos de kilómetros de distancia del amor de su vida. Pero las apariencias, las exigencias del guión, habían hecho que ella tuviera que casarse con otro y que él tuviera que huir al norte.

Se levanta para echar algo de leña al fuego y servirse un café en una taza de latón para amenizarse la lectura. Sonríe al leerla, al imaginar la vida que lleva, al imaginar a ese niño que está aprendiendo a andar que lleva su nombre y probablemente su sangre. Sonríe al ver que todo le va tan bien como siempre quiso que le fuera. Se desprende de un par de lágrimas al ver la foto que acompaña a la carta y poder verla de nuevo. Ni siquiera siente celos del hombre que lleva su anillo, ya no. Arturo comprendió desde su refugio de montaña que los celos sólo sirven para consumirse a uno mismo, y que de nada valen. Aceptó la derrota que le proporcionó la vida con la dignidad de un hombre que ama de verdad a una mujer. Aceptó que no poder tenerla no significaba no poder quererla.

El hombre vuelve a doblar la carta, deja la fotografía en la repisa de la chimenea para poder verla cada día y busca sus utensilios para devolverle la carta.

Querida Natalia…”

Mientras le queden fuerzas tiene claro que escribirá para ella, mientras le queden fuerzas tiene claro que la amará cada día.


Escrito para Krakens y Sirenas.

Inexperto.

Te escuecen de nuevo los ojos y te arde la garganta. Has vuelto a llorar, has vuelto a dejar que te desborden las emociones y a pesar del llanto, de dejar que las lágrimas mojen la almohada otra noche, de permitirte romperte en medio de la oscuridad y el silencio sin tener a nadie que te abrace, no has logrado conseguir nada. Lo cierto es que sientes que no sana, que no cura, que hay heridas que por más que pase el tiempo eres incapaz de cicatrizar y olvidar. Pasas la yema de tus dedos por encima de ellas, de las letras de su nombre, de su mirada perdida en las fotos.

Ella siempre está tan lejos, tan distante, con la mente en otra parte. Y tú sigues teniendo ese aire de culpa y pena en los suspiros. Sigues con el corazón encogido, nervioso ante cada pequeño cambio, ante cada detalle que de pronto desaparece de tu día a día para pasar a segundo plano.

No hay expectativas, ni futuro posible, ni solución a tus problemas. Y podrían caer todos los astros a tu alrededor ahora mismo y te daría igual porque tienes cosas más importantes en las que pensar. Crees que quien te tiende la mano es en realidad tu enemigo, y no te dejas querer por miedo a estar bien de una vez. Temes darte cuenta de que has estado equivocándote durante media vida, temes darte cuenta de que has eternizado un error que se solucionaba de un portazo.

No sé tú pero yo soy inexperto en sincerarme contigo.

Inexperto en dejar que me quieran.

Inexperto en darme por vencido.

Inexperto en besarte con los ojos cerrados.

Inexperto en cogerte la mano sin tener miedo.

Inexperto en pedirte que vengas.

Inexperto en aguantarte la mirada.

Estoy asustado, agotado y hundido.

Pero sé que todavía no he empezado a caminar, supongo que te estoy esperando.