Mes: noviembre 2016

Hablar o callar.

La noche se reía en forma de escarcha sobre los coches y las calles. Nosotros ya nos habíamos besado en todos los portales desde el bar hasta mi casa como si fuéramos adolescentes que descubren de un momento a otro el placer de dos cuerpos dándose calor y besos en una madrugada furtiva, como si acabáramos de estrenarnos. No era la primera vez, ni la segunda, ni la tercera, habíamos adoptado con gusto la manía de querernos a escondidas.

Lo que no tenía claro del todo era si sería la última. Con ella pocas cosas me quedaban claras.

Nos mirábamos siempre en silencio, sin atrevernos a decir nada, con el miedo comprensible del que teme hablar mucho o poco, ser inadecuado, demasiado precavido o ir más rápido de lo que las circunstancias son capaces de aguantar.

Nos dedicábamos a mantener la calma de forma aparente, a avivar la llama a diario, a no pensar más de la cuenta, a abrir las alas y dejarnos llevar con el primer soplo de aire que se colara entre los edificios del barrio.

La tibieza del hogar nos envolvió tras cruzar el dintel de la puerta sosteniendo al otro entre los brazos, clavándonos los dientes en el cuello, tanteándonos el alma todavía con la ropa puesta.

Ella tiene eso que hace que nunca se apaguen las ganas, y no hablo de sus curvas, ni de su cuerpo perfecto, hablo de unos labios y todas sus miradas. Hablo de su risa calentándome las entrañas. Tiene eso que me hace todavía perder la cabeza como si fuera el primer día, y que me haría jurarle amor eterno si quisiera escucharme.

Nos enredamos una vez más bajo las sábanas, dejando los grados bajo cero muy lejos de las ventanas de la habitación. Nos enredamos como se enredan dos amantes que no entierran el hacha de guerra por no perder la batalla.

Le diría que la quiero mientras aún respira sobre mi pecho, que estaría a su lado cada día mientras me quedaran fuerzas y años por delante, que la besaría en pleno enfado y ataque de rabia, que la abrazaría cada vez que las lágrimas quisieran asomarse a sus ojos, que la perdonaría siempre, que la entendería cada vez más. Y probablemente mejor.

Le habría dicho todo lo que soy incapaz de decirle cada vez que la tengo entre las manos y respiramos el mismo aliento.

Pero me callé.

Me callé muchas cosas.

Opté por abrazarla después de corrernos y quedarme dormido.

Es tiempo de que hablen los relojes.

Noviembre cae sobre la ciudad con un tinte grisáceo y triste que no pasa desapercibido. Sopla ya un viento que huele a despedida. Y hay vasos de agua llenos de lágrimas.

Decir adiós cuesta, es difícil. Hay palabras que por lo que implican son casi imposibles de pronunciar. Porque suponen renunciar, aunque a veces, un adiós puede ser un alivio, la peor decisión que puedas tomar, o tan sólo otro puñal más que clavarte en el corazón para dejar marca. Otra señal para poder hacer recuento cuando vayas a pasar la eternidad bajo la tumba. Otra muesca en la pared siendo testigo de la tragedia.

Me siento tan cansado y viejo, tan lleno de una melancolía que no me corresponde, tan confuso, como los viernes de mercado. Tengo la cabeza llena de ruido y horribles turbulencias.

Nos hemos dado cuenta ya de que las buenas personas también tienen malas vidas, y de que hay besos que pueden joderte para el resto de tus días. Supongo que metí la pata, que puse el corazón en el centro del campo de batalla sin pensar demasiado en las consecuencias, sin tener presente que volvería el invierno a congelarnos las manos, sin que nos diéramos cuenta del daño que íbamos a causarnos mutuamente. Y ahora no me sirven ni las mantas para ahuyentar todo el frío que me has dejado encima.

Yo te abrazaría cada día sin pedir nada a cambio. Te salvaría de cada acantilado, de las sombras y del monstruo de debajo de la cama. Te escondería de los malos y de esta falsa democracia. Reiría contigo en la oscuridad, sería escudo, paz y diamante en los días malos. Sería el clavo ardiendo, el café que cura el dolor de cabeza. Te llevaría donde todo pudiera ser mejor. Te diría la verdad mirándote a los ojos.

Lo sería todo para ti sin que me costara nada.

A veces, la mejor forma de expresarse es el silencio. Y no sé si es tiempo de quedarme callado y de que empiecen a hablar los relojes.

Niebla inerte, I.

Los edificios del puerto bostezan entre la niebla inerte. Los pasos de Alonso Cuervo golpean el pavimento húmedo de una mañana cualquiera de otoño. Todavía no ha amanecido y él ya siente arder los pulmones mientras en sus auriculares suena la voz grave e inconfundible de Ricardo Lezón en Rugen las flores. Esa canción se ha convertido en algo imprescindible para él, esa canción es ahora mismo casi un leitmotiv. Le acompaña en modo repetición cada día cuando sale a hacer cuarenta y cinco minutos de ejercicio por el cauce del río Turia.

Desde que la tragedia se agarró a sus músculos y sus neuronas como un perro de presa necesita estar activo. Trata de no pensar, trata de seguir con su vida como si nada hubiera pasado. Tiene controlados sus días al milímetro. Saca las llaves para entrar en su edificio, se quita los auriculares cuando acaba la canción mientras sube en el ascensor y entra en su piso demasiado silencioso. Las luces de la calle se van apagando y él se mete en la ducha después de dejar la ropa sucia en el cesto correspondiente. El orden y la limpieza son importantes para él. Se enjabona y se aclara con agua dos veces. Después de mirarse al espejo mientras se seca decide no afeitarse, todavía tiene margen de unos días para tener que perder el tiempo con la espuma y la cuchilla.

La rutina de cada día le hace saber que tiene exactamente treinta minutos para llegar a su puesto de trabajo. Vive a una buena distancia como para ir en bicicleta, el complemento perfecto para pensar en los trayectos de ida y vuelta, excepto los días de lluvia. Ni Valencia ni los valencianos están preparados para los días de lluvia y todo se vuelve caos, y luces de farolas reflejadas en los charcos.

Alonso se prepara un café mientras escucha las noticias en la radio y se pone al día con los últimos acontecimientos. El mundo está igual de perdido que siempre, y los temas de moda son los mismos que hace veinte años: problemas en el gobierno, la deriva de la economía mundial y el cambio climático. Los seres humanos no hemos cambiado nada con el paso del tiempo. Somos copias de nuestros antepasados cometiendo los mismos errores una y otra vez. Un disco más que escuchado que está para tirar a la basura.

Su teléfono recibe un par de mensajes y antes de desbloquearlo observa su fondo de pantalla. Una foto de Eva y Diana, su mujer y su hija. Las dos sonrientes, las dos lejanas, las dos que ya no están.

La muerte ha formado parte de su vida desde bien pequeño. La muerte forma parte de su día a día y de alguna que otra noche, cuando le toca estar de guardia. La muerte acudió un cuatro de noviembre con su sonrisa lánguida y las arrancó de esta vida terrenal después de que un coche se saltara el semáforo que hay junto a la entrada del edificio Materno-Infantil del Hospital Clínico, ese cruce maldito de la Avenida Blasco Ibáñez.

Qué caprichoso el destino y qué difícil seguir respirando para los que se quedan solos y perdidos. Por eso, Alonso Cuervo deja el teléfono sobre la mesa, camina hasta la habitación en la que dormía Diana, se abraza a un oso de peluche, uno que conserva desde su infancia y al cual su hija adoraba, y rompe a llorar.

Ley de la conservación de la energía.

Después de todo, el olvido no está entre las posibilidades.

El mundo se ha incendiado ante nuestros besos y no hay manera de apagarlo. He sentido electricidad pura en la punta de los dedos mientras te tocaba. He sentido que estaba en ese trono desde donde gobernar el mundo cuando te tenía entre mis manos.

Me he creído el rey del mundo sin estar a bordo del Titanic.

La mayoría de canciones llevan ahora tu nombre y subrayo frases en los libros que leo antes de dormir imaginando que soy yo quien ha escrito todo eso para ti.

Ojalá fuera capaz de unir más de tres palabras y que tuvieran sentido en tu cabeza, en el centro de tu pecho. Ojalá ser capaz de decirlo todo sin parecer un pobre idiota que no sabe lo que hace.

Yo sólo quiero dedicar mis días a contar las galaxias que habitan en tus ojos, a unir tus pecas e inventar constelaciones. Bebernos los dos, lamernos la piel, rompernos los pulmones gritando a media noche entre las sábanas. Que el sol tímido del invierno nos caliente las manos mientras paseamos los domingos. Preparar más café, leernos poemas olvidando la vergüenza, ir al cine para no ver ninguna película. Romper a reír y a llorar, pero juntos y abrazados. Criticar al desgobierno y gobernarnos mutuamente. Viajar de pueblo en pueblo sin más dinero que el que nos quede en los bolsillos. Perdernos por los bares de siempre como si fueran restaurantes de lujo. Meternos mano en cualquier senda desconocida. Aguantarnos las ganas en la cena de Nochebuena. Emborracharnos para quedarnos en casa. Perdonarnos con cada equivocación.

Y que querernos sea la única y primera opción.

En esta existencia nuestra hay cosas que quedan para siempre, y yo me niego a creer y pensar que los sentimientos desaparecen.  Deben regirse por la misma ley de conservación que la energía.

Un sentimiento ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.