Mes: noviembre 2016

La vida ordinaria.

Tenemos una vida común, aunque nos creamos lo contrario. Somos tan solo otra pequeña mota de polvo que vaga por el Universo sin saber muy bien por qué ni cómo. Otra pequeña pieza de este gigantesco puzzle sin sentido que es lo cotidiano.

Los días pasan fugaces sin que seamos capaces de pedir un deseo. Las noches se nos escapan entre pesadillas y malos despertares. Y la mayor parte del tiempo no sabemos reaccionar, todo nos pilla desprevenidos. Cuando pensamos que está todo bajo control viene uno de esos tsunamis para destrozarnos las barreras y dejarnos los sentimientos desparramados por la playa por la que antaño paseábamos en busca de un poco de paz interior. Cuando creemos que ya estamos cicatrizando viene un golpe de gracia en el peor lugar para hacernos sangrar de nuevo.

No podemos controlar el daño, no podemos controlar las circunstancias, ni ocultar las lágrimas a diario. Y me pregunto a veces de qué coño sirve el tiempo si no ayuda en absoluto, si a veces las cosas sólo duelen más cuando miras el calendario.

Quizá es que debemos rompernos por completo para poder empezar de cero.

Quizá es que debemos sufrir primero para poder disfrutar después.

Pero no creo, o no quiero que la vida funcione así.

Con lo que a mí me gusta lo fácil y lo rápido que soy capaz de complicarlo todo, de meter la pata hasta el fondo, de decir un adiós silencioso sin dar más explicaciones.

Con lo bueno que sería que todo consistiera en sonreír cada día, que no existieran los despertadores, que la voluntad fuera suficiente para que las cosas salieran bien.

Con lo bonito que serían los días si pudiéramos ver las estrellas cada noche, si nos quitáramos la ropa sin miedo, si bastara con confiar en los demás.

Con lo sencillo que sería que fuera suficiente con un beso para curar a alguien, que unas manos fueran capaces de volver a unir un corazón, que una mirada pudiera limpiar la tristeza.

[Pensándolo bien, puede que lo simple sea lo más complejo.]

Y yo qué sé, llámame tonto pero, a mí me pasan todas esas cosas y muchas más cuando te veo.

Prefiero una vida ordinaria contigo a una extraordinaria sin saber de ti.

El tenis o la metáfora estúpida de la existencia.

A veces hago cosas de persona normal, o de persona triste, según se mire. Mientras paseaba solo por el barrio, si es que puede llamarse así a un lugar en el que sólo hay bloques de edificios impersonales que casi rozan el cielo, he caído en la cuenta de una bonita metáfora de la vida. He detenido mis pasos frente a un par de pistas de tenis en las que dan clases todos los días y me he quedado mirando lo que supongo que era una competición entre amigos. De esos grupos de hombres que ahora, a los 50 años se preocupan por llevar una vida sana y alejarse de manera disimulada durante unas horas de sus familias.

Entre las luces de los focos, la pelota iba de un lado al otro del campo y reconozco que durante un momento he parecido uno de esos idiotas que van siguiendo su trayectoria, como cuando un perro sigue con la vista el movimiento de la comida de los comensales del plato hasta sus bocas. Lo importante del asunto es que me he dado cuenta de que el tenis resulta, a parte de un deporte más o menos aburrido depende de a quién le preguntes, una bonita metáfora de nuestra maldita existencia. Llega un momento en el que saltas de un impulso, o algo te golpea para que sigas adelante y cuando todo parece ir bien, cuando estás con esa sensación de extraña felicidad, de flotar en el aire, acabas cayendo hasta que algo o alguien te impulsa de nuevo. Supongo que todos nos acabamos sintiendo así, que la vida es un traspiés tras otro, que cuando llevamos demasiado tiempo flotando algo debe pasar para que se tuerza nuestro rumbo y acabamos en el suelo.

Pero no hablo por todos, nunca lo hago, hablo por mí mismo. Una vez más. El problema reside en que ya no creo en nada, sólo sé que tarde o temprano voy a recibir otro golpe, sólo tengo claro que volveré a levantarme para caer de nuevo. Sé que esto de respirar doce veces por minuto acaba siendo un bucle de días malos que pasan y días buenos que duran poco.

Y siempre estoy asustado, alejado de todos, oculto en la penumbra. Y aún no sé cómo no te has dado cuenta.

Seguiré callado, esperando en el camino.

[Manda huevos que un deporte me haya hecho escribir otra patraña hoy. Una metáfora estúpida de la existencia.]

Sólo respiro polvo.

Me he convertido en una roca que se deshace por dentro y no sé cómo revertir la situación. He conseguido volverme duro por fuera para mantener el desgaste escondido, donde no pueda notarse. Y ahora parece que todo me da igual, pero es la mayor de las mentiras.

Ahora parece que soy superficial y que nada me importa.

Ahora parece que soy feliz.

He empezado a fingir bien.

Me dejaste desvalido, sin posibilidad de defenderme, sin fuerzas para poder caminar en dirección correcta, y ahora me pregunto a dónde cojones voy. No sé hacia dónde me dirijo, ni si hay alguien siguiendo mis pasos. Tampoco me queda claro si realmente hay alguien que se preocupe por mí más allá de dos o tres ratos al día.

Vuelvo a sentirme solo, completamente solo, y espero que sólo sea culpa del otoño. Espero que sea otra invención más de mi cabeza. No sé si es por los días cortos, por tener que usar otra vez las mantas, o es que abusar del café comienza a jugarme malas pasadas.

Ya sólo veo obviedades en las palabras de los demás, y no confío en nadie. Llevo los puños llenos de rasguños de golpear las paredes de pura rabia, y sólo puedo temblar cuando se apagan las luces y tengo que respirar solo en la oscuridad. Estoy hecho añicos y no voy a volver a ser el mismo.

No sé cómo se recupera uno de tener el corazón roto, si basta con tiritas, o con agua oxigenada. Si la mejor opción consiste en beber vodka sin hielo, dormir y esperar hasta que duela menos. Si tengo que coger la gasolina, fumarme un último cigarro e incendiarlo todo de una jodida vez. Si he de saltar por la ventana sin dejarte una nota de despedida.

Supongo que otra vez es culpa mía, que tiendo la mano demasiado rápido, que no sé jugar a esto como los demás, que me expongo sin apenas darme cuenta, que siento sin pensar, que pienso sólo en ti.

Y es que siempre me ha perdido una mirada bonita, el placer por la lectura y el romanticismo de hace siglos.

Siempre me ha perdido una bala envuelta en pintalabios rojo que vaya directa a reventarme los cimientos.

Tengo los pulmones destrozados de coger aire buscándote.

Y ahora sólo respiro polvo.

El último trago de Escocia.

La única taberna que había en aquel pueblo del norte de Escocia albergaba más vida que la mayoría de las casas. Los ancianos del lugar pasaban allí las tardes bebiendo whisky añejo y discutiendo con ese acento tan horrible para mis oídos. Llevaba en la población un par de meses y era incapaz de acostumbrarme, no había manera de entender ese inglés tan distante del que te enseñan en el colegio y en el instituto. Un acento tan rudo y cerrado que realmente había llegado a pensar que ni siquiera se entendían entre ellos.

Mis motivos para acudir al sitio eran bien distintos a los de la mayoría. Me sentaba en la barra solo, sin apenas abrir la boca para hablar con nadie por miedo a meter la pata, mientras observaba a la hija del dueño ir y venir sirviendo whisky y cerveza desde que abrían las puertas hasta el cierre. Había conseguido llamar mi atención desde que puse un pie dentro en aquel antro, revestido de madera hasta el techo, y donde la temperatura siempre era asfixiante comparándola con el exterior. Había tomado como buena costumbre beber un par de cervezas en silencio, sin intención de relacionarme con nadie. Con el único interés de verla durante unas horas antes de volver a casa y encerrarme en la habitación de un piso compartido.

Los días eran mucho más cortos de lo que estaba acostumbrado, aunque no había tardado mucho en aclimatarme a ello. Lo del frío era otro tema, la humedad te calaba hasta los huesos por mucha ropa que llevaras encima y la mayoría de días despertaba con el suelo mojado y el cielo de un gris plomizo que ahuyentaba a los visitantes.

El motivo de mi estancia allí es difícil de explicar y no tiene mucha relevancia. La cuestión es que me quedaban otros ocho meses por delante y mi único entretenimiento consistía en sentarme allí a ver el tiempo pasar en un reloj que se había quedado sin pilas desde mucho antes de que yo naciera.

Karen. Supe su nombre después de unos días, pero nunca me había dirigido a ella. Cuando me veía entrar por la puerta me dejaba una cerveza frente a mí y después me daba el cambio. Con una sonrisa tierna, que escondía cierto interés por saber quién era ese forastero que de pronto vivía prácticamente entre aquellas cuatro paredes. Tenías los ojos más claros que había visto nunca, y al parecer para todos los que acudían al bar era como una hija.

Un día en el que la lluvia caía con desgana sobre el suelo embarrado del camino, y yo había decidido salir a encenderme un cigarro mientras contemplaba el paisaje neblinoso, la vi salir y quedarse junto a mí.

–Eres raro.

Que sus primeras palabras hacia mí fueran esas sólo logró sacarme una risa tenue entre el humo del cigarro.

–Y tú demasiado guapa.

–¿Todos los españoles sois así?

Me pregunté durante un momento cómo sabía de mi nacionalidad, y supuse que la señora que me cobraba el alquiler y que me había dejado vivir en una de las habitaciones de su casa tenía algo que ver. En los pueblos pequeños todo el mundo se conoce y un extranjero llama demasiado la atención por mucho que trate de pasar desapercibido como era mi caso.

–¿Todas las escocesas sois así?–pregunté enarcando una ceja.

Se encogió de hombros sin responderme en un primer momento. Le di otra calada al cigarro y la observé.

–Supongo que no.

Y no sé por qué pero os prometo que en el momento en el que tiré la colilla para pisarla contra el suelo y apagarla sentí algo cálido recorriéndome el pecho. Y me recordé a mí mismo que siempre había sido un pobre idiota, que siempre había sido un pobre perro abandonado buscando un poco de cariño aunque fuera allí en Portree, tan lejos de casa, tan lejos de todo.

Me dejó un beso en la comisura de los labios antes de volver a entrar a la taberna y seguir sirviendo a los de siempre.

–Espérame.–dijo antes de que la puerta se cerrara tras sus espaldas.

Y lo hice.

Os juro que por ella me habría bebido el último trago de Escocia.

Pánico escénico.

Un libro abierto sobre la mesita de noche, la luz encendida y mis pies descalzos paseando sobre el suelo helado. He abierto la ventana sólo para sentir que el viento frío es capaz de hacerme sentir vivo, casi de la misma forma que lo siento cuando estoy contigo. He abierto la ventana para sentir que se me congelan las ideas y se callan todas esas voces ruidosas que hay en mi cabeza. Otra noche que soy incapaz de cerrar los ojos y descansar, otra noche que te has encargado de quitarme el sueño desde la distancia que nos separa la mayor parte del tiempo. Las ojeras no se van, han decidido quedarse conmigo, formar parte de mí de manera permanente.

Supongo que no estoy hecho para la vida moderna. Supongo que debería haber nacido un par de siglos atrás, donde haber encerrarse en bibliotecas entre grandes volúmenes que acumulan polvo y saber quién es Palestrina fuera algo normal.

Y esta tristeza me hace arrastrar los pies por el mundo como si nada fuera suficiente, porque nada me lo parece. Esta tristeza hace que sea incapaz de cambiar la dirección de las comisuras de mis labios.

Me parece tan egoísta eso de querer a alguien a ratos, de hacer que sucumba a tus necesidades sin pensar en las repercusiones de tus actos. Me parece tan egoísta eso de hacer sentir a alguien para después alejarte, de abrazar, besar y desnudar para después hacer que la distancia parezca insalvable.

Me parece tan jodido eso de tener a alguien constantemente en tus pensamientos, ser incapaz de controlarlo, que te de un vuelco el corazón a la primera de cambio, tener que sonreír como un idiota.

Nos castigamos a nosotros mismos con tanto amor no correspondido.

Nos complicamos la vida con besos furtivos.

Nos jodemos el mañana por no poder mirarnos a la cara sin que nos entren el pánico escénico y las ganas de huir.

Muchas voces me dicen que olvide, que busque, que encuentre algo mejor. La verdad es que no quiero. La realidad es que no puedo porque estoy convencido desde hace mucho tiempo que lo mejor debes ser tú.

Sólo puedo pensar en un futuro contigo.

Que no haya final.

La espada de Damocles.

Mueren los días ante nuestros ojos, se hace de noche demasiado temprano y todo comienza a darnos miedo. Cuando las sombras se alargan tras nuestros pasos y no somos capaces de distinguir lo que hay en la oscuridad se nos acelera el pulso y el pensamiento, y comienza el temblor de labios y de manos. Igual que cuando nos enamoramos. Igual que cuando todo está turbio entre nuestro corazón y nuestro cerebro. Igual que la primera vez que te descubres en la mirada y la sonrisa del otro.

De pronto, todo el gris del telón de acero parece caer sobre nosotros y no nos quedan fuerzas ya para parar el golpe, ni siquiera la rapidez suficiente como para esquivarlo. Y al abrir los ojos cada día te das cuenta de que la espiral te ha arrastrado de forma inexorable hasta el fondo del mar, y no hay vuelta atrás. Porque ya no sabes volver. Porque no sabes qué camino has recorrido para llegar hasta donde estás ahora.

La mayoría de lo que nos pasa no podemos controlarlo, muchas decisiones no están en nuestras manos, y vivimos a expensas de lo que quieren los demás, y tenemos que adaptarnos. Por suerte o por desgracia estamos hechos para sobrevivir, para conseguir oxígeno hasta en las alturas, para soportar el frío y el calor, y la lluvia calándonos los huesos.

Hay quien vive como si todo consistiera en flotar en alta mar, hay quien se deja llevar por las corrientes y por los demás, hay quien se desentiende de todo y se lava las manos en la primera pila bautismal que encuentra.

Voy a intentar cuadrar el círculo contigo, hacerlo distinto, hacerlo mejor. Voy a dejar de enamorarme de cada precipicio que me jure amor eterno antes de empujarme contra las rocas y el oleaje. Voy a allanarte el camino, apartarte las rocas y darte la mano. Voy a besarte bajo la lluvia, buscarte a través del espejo, seguir las baldosas amarillas, escalar por tus piernas hasta quitarte las ganas.

Me faltan ya palabras e ideas, me faltan años para atreverme a decirte la verdad. Y es que, aunque no te lo creas, eres el mejor de mis problemas.

Con el tiempo ya parado me doy cuenta de que la espada de Damocles se mece lentamente sobre mi cabeza, y tengo la pregunta atragantándose torpe en mis neuronas:

¿Cuándo te vas a cansar de mí?

Víctimas, verdugos y dictadores.

Somos mezcla de tantas cosas. Somos átomos, moléculas, células, ADN, nervios, músculos, huesos y neurotransmisores. Proteínas, lípidos, agua y alcohol los sábados por la noche. Somos un compendio de épocas y de civilizaciones, de siglos, de continentes, y los hay estúpidos que alzan la mano en nombre de la pureza de la raza.

Somos sinfonías de Brahms, lieder de Mahler, nocturnos de Chopin y el Réquiem de Mozart. Somos art nouveau, expresionismo, claroscuro y realismo.

Los seres humanos creadores y destructores, el todo más vacío, la nada más llena.

Extraños y conocidos al mismo tiempo.

Como tú y yo.

Estamos llenos de luces y sombras que se abrazan entre sí, como nuestras lenguas cuando se encuentran en plena oscuridad. Estamos llenos de soledad y de vacío existencial, y tratamos de llenarlo de todas las formas posibles. No nos conformamos, siempre queremos más, aunque acabemos llenos de nudos que somos incapaces de deshacer, aunque acabemos llenos de espinas por querer alcanzar la mejor rosa.

Estamos llenos de egoísmo y entrega, de lágrimas, sudor y saliva.

Estamos llenos de odio y rabia.

Y podemos conseguirlo todo o quedarnos parados.

He estado acostumbrado tanto tiempo a esperar, a ocultar, a callar y bajar la vista. He estado acostumbrado a ser siempre el tonto de turno, el juguete, el imbécil al que tomar el pelo porque nunca se atreve a decir nada.

Quizá es que es la hora de dejar que suenen las fanfarrias y despertar la conciencia, dar un paso, abrir los brazos y morder el mundo por donde más le duele. Puede que nos toque remover conciencias y almas con nuestras palabras. Puede que tengamos el poder en nuestros dedos y en nuestras miradas, y estamos aquí sentados esperando a que otros decidan por nosotros, a que arreglen las cosas sin que nos movamos de la silla.

Estamos llenos de hipocresía y de desgracias, pero no podemos quedarnos quietos. Somos ladrillos de un muro que tirar abajo, somos Berlín, San Peterburgo y las ruinas de Angkor Wat. Somos víctimas, verdugos y dictadores.

Somos sentimientos sin control, sin aduanas. Somos carne que no entiende de fronteras ni de límites. Somos besos que se perderán en el tiempo. Somos noches de ojos abiertos y días de abrazos largos.

Nos dan igual los villanos de Oriente y de Occidente, las multinacionales sin escrúpulos  y las banderas que cuelgan de los balcones.

El mundo gira, las brújulas siguen marcando el norte, las mareas no dejan de subir y nuestros cuerpos hablan alto y claro.

Y yo estoy lleno de demonios a los que vencer, pero también estoy lleno de demonios a los que dejar ganar; y por eso sé que voy a luchar por ti, pero nunca en contra tuya.