Nos persigue la tormenta.

Llueve otra vez, y diría que los relámpagos se encargan de dibujar tu nombre si eso no me hiciera parecer un pobre loco.

Los recuerdos se ciernen sobre mí los días grises y me cuesta volver a remontar, olvidar y alzar el vuelo. Encajar mis piezas y poder seguir caminando como si no hubiera pasado nada. Volver a echar tierra sobre lo vivido y caminar dejándolo todo atrás. Debería haber aprendido a protegerme después de tanto tiempo, saber que debería haber escarmentado pero he vuelto a caer en el error.

Una imagen puede volver a tu cabeza y agujerearla con más facilidad que cualquier bala. Y aún tengo en la memoria mis dedos acariciando tu piel como un lienzo por pintar, pasear por tus costillas como quien se encuentra sobre las teclas de un piano, navegar entre tus piernas sin importar el rumbo, sin pensar en el destino.

Casi duele pensar en la inocencia del principio, del que da todo sin esperar nada a cambio, del que se desnuda sin reparos ni espera la puñalada. Duele pensar que todo se ha ido al traste, que lo que parecía perfecto ha acabado por marchitarse, que los sentimientos que dijimos que serían eternos no han hecho más que vaciarse.

Se supone que debemos alejarnos de lo que nos hace daño, se supone que aprendemos a poner distancia con aquello que nos duele. Pero hay algo extrañamente adictivo en el sufrimiento que te hace permanecer más tiempo del que deberías donde ya no te quieren. Pensamos que las cosas pueden cambiar, que todo puede ir a mejor. Creemos que quedan esperanzas y al final, una última oportunidad.

No nos convencemos de que el fracaso también está permitido, y equivocarse mucho más. Y que la opción de aguantar sólo acaba haciéndonos un agujero negro en el pecho y años de no perdonarse a uno mismo.

La valentía ya no se premia en los tiempos que corren, ni la sinceridad, ni mirarse a los ojos sin tener que hablar. La valentía es otra de esas cosas en peligro de extinción, como el quererse de verdad.

La decisión final siempre ha estado en tu mano.

Nos persigue la tormenta.

¿Y si en lugar de huir como hacen todos nos quedamos?

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