Rayo de luz.

Otra vez cae la gota de whisky por su barbilla. Otra vez le escuecen los ojos y le falta la voz. Ya no hay roces en su piel ni marcas recientes en su corazón.

Le pasa cada día, que el mundo se le viene encima e intenta empezar de nuevo. Sin éxito. Le pasa cada día, que sólo siente algo de calidez cuando su recuerdo le inunda la memoria y se asienta en su garganta.

Perdió la esperanza hace tanto tiempo que ya no recuerda lo que es sonreír de verdad, no recuerda lo que es que el sol salga y se ponga cada día, y no le importa en absoluto lo que suceda a su alrededor. Dejó de preocuparse por sí mismo y ahora ya ni se inmuta por lo que pueda pasarle a los demás. La vida le hizo tanto daño que se quedó en nada, dejó la humanidad olvidada en alguna alcantarilla y ahora supone que es demasiado tarde como para recuperarla.

Lo único que le mantiene unido al mundo real es el trabajo, algo que hace para poder vivir, aunque a veces se pregunta si tiene sentido. El trabajo, y enfrentarse a una hoja en blanco cada tarde aunque ella ya no pueda leerle.

Hay almas que se apagan poco a poco, llega la enfermedad para introducirse en sus huesos, para ir carcomiendo su espíritu y al final, la Parca las coge de la mano, sonríe y se los lleva. Cuando alguien se va, su hueco no lo llena nadie, por mucho que el tiempo intente poner parches para ello, por mucho que aparezcan nuevas personas y distracciones. Cuando alguien nos deja hay rabia y dolor, e incomprensión. Luego viene la calma y cierta tranquilidad pero no hay cura para la ausencia.

Echar de menos un abrazo, una risa, su forma de hablar, una mirada, su olor, una caricia.

Nadie merece la muerte pero el corazón de alguien acaba de dejar de latir.

Aún recuerda cómo cogió su mano en aquella cama de hospital, aún recuerda cómo besó su frente fría por última vez, aún recuerda cómo dejó que sus labios rozaran los suyos antes de susurrarle un último adiós.

Y cree que en aquel momento sus cuerdas vocales se quedaron paralizadas para siempre.

Ella se lo llevó todo, hasta sus palabras. Quizá es por eso, que ahora tan sólo escribe.

El callado, taciturno y misterioso. El vecino que nunca conversa con nadie en el ascensor.

El mundo habría perdido mucho menos si él se hubiera ido antes. La humanidad habría salido ganando si ella se hubiera quedado para seguir luchando.

La botella vacía derramada por el suelo, las lágrimas rodando por sus mejillas, el humo de veinte cigarros mal apagados ascendiendo por la habitación, una página en la que sólo está escrita la palabra fin.

Y una grieta entre las costillas que no se puede arreglar ni con la mejor cirugía.

A su alrededor sólo un rayo de luz colándose en medio de tanta oscuridad, y es ella. El reflejo de su pelo.

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