Niebla inerte, I.

Los edificios del puerto bostezan entre la niebla inerte. Los pasos de Alonso Cuervo golpean el pavimento húmedo de una mañana cualquiera de otoño. Todavía no ha amanecido y él ya siente arder los pulmones mientras en sus auriculares suena la voz grave e inconfundible de Ricardo Lezón en Rugen las flores. Esa canción se ha convertido en algo imprescindible para él, esa canción es ahora mismo casi un leitmotiv. Le acompaña en modo repetición cada día cuando sale a hacer cuarenta y cinco minutos de ejercicio por el cauce del río Turia.

Desde que la tragedia se agarró a sus músculos y sus neuronas como un perro de presa necesita estar activo. Trata de no pensar, trata de seguir con su vida como si nada hubiera pasado. Tiene controlados sus días al milímetro. Saca las llaves para entrar en su edificio, se quita los auriculares cuando acaba la canción mientras sube en el ascensor y entra en su piso demasiado silencioso. Las luces de la calle se van apagando y él se mete en la ducha después de dejar la ropa sucia en el cesto correspondiente. El orden y la limpieza son importantes para él. Se enjabona y se aclara con agua dos veces. Después de mirarse al espejo mientras se seca decide no afeitarse, todavía tiene margen de unos días para tener que perder el tiempo con la espuma y la cuchilla.

La rutina de cada día le hace saber que tiene exactamente treinta minutos para llegar a su puesto de trabajo. Vive a una buena distancia como para ir en bicicleta, el complemento perfecto para pensar en los trayectos de ida y vuelta, excepto los días de lluvia. Ni Valencia ni los valencianos están preparados para los días de lluvia y todo se vuelve caos, y luces de farolas reflejadas en los charcos.

Alonso se prepara un café mientras escucha las noticias en la radio y se pone al día con los últimos acontecimientos. El mundo está igual de perdido que siempre, y los temas de moda son los mismos que hace veinte años: problemas en el gobierno, la deriva de la economía mundial y el cambio climático. Los seres humanos no hemos cambiado nada con el paso del tiempo. Somos copias de nuestros antepasados cometiendo los mismos errores una y otra vez. Un disco más que escuchado que está para tirar a la basura.

Su teléfono recibe un par de mensajes y antes de desbloquearlo observa su fondo de pantalla. Una foto de Eva y Diana, su mujer y su hija. Las dos sonrientes, las dos lejanas, las dos que ya no están.

La muerte ha formado parte de su vida desde bien pequeño. La muerte forma parte de su día a día y de alguna que otra noche, cuando le toca estar de guardia. La muerte acudió un cuatro de noviembre con su sonrisa lánguida y las arrancó de esta vida terrenal después de que un coche se saltara el semáforo que hay junto a la entrada del edificio Materno-Infantil del Hospital Clínico, ese cruce maldito de la Avenida Blasco Ibáñez.

Qué caprichoso el destino y qué difícil seguir respirando para los que se quedan solos y perdidos. Por eso, Alonso Cuervo deja el teléfono sobre la mesa, camina hasta la habitación en la que dormía Diana, se abraza a un oso de peluche, uno que conserva desde su infancia y al cual su hija adoraba, y rompe a llorar.

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