La vida perfecta.

Apoyé la espalda en el alféizar de la ventana, dejando que el humo de un cigarro se escapara ante mis ojos. La mirada y el alma perdidas más allá de los diez pisos que había por encima del edificio de al lado. Ahí estaba, otro símbolo de la civilización abriéndose paso hacia el cielo de una ciudad obtusa y que trataba de entrar en el futuro con el ruido de los cláxones y la contaminación del tráfico endiablado.

El crecimiento no-sostenible, la comida rápida y los polvos express.

Nuestro pan de cada día.

Nuestros nuevos y salvajes mandamientos.

Vivimos en los días en los que sólo el hombre mata al hombre, y a todo lo demás. Animales, árboles, mares y continentes helados.

Nos hemos encargado de dejar nuestra huella de corrupción y desastre en todas partes.

Bajé la mirada hasta detenerme en el piso que tenía justo enfrente. La ventana levantada y una silueta en su interior que se movía de un lado a otro. Distinguí el contorno de un cuerpo femenino que por un instante se asomaba a la ventana, sosteniendo otro cigarro entre sus dedos. Por suerte, todavía tenía buena vista y pude observar su rostro desde la distancia que nos separaba.

Mi cabeza, constante hervidero de absurdas novelas, comenzó a imaginar su historia, su vida, su día a día. Tenía el cabello suelto sobre los hombros y los ojos clavados en el ajetreo de la calle. Podría ser cualquier cosa, desde una camarera hasta una empresaria. Su camiseta blanca de tirantes y lo que era un tatuaje en su bíceps derecho apenas me decían nada. Pero quería imaginarla entre adolescentes en una clase de instituto, mientras unos la adoraban y otros la odiaban por haberlos suspendido. Con una capa ligera de maquillaje y un simple toque de rojo en sus labios, sencilla, sin querer llamar la atención más que por ella misma y sus ideas.

Mientras daba otra calada la observé, casi orgulloso, esperando que volviera a casa y dejara la cartera para darme un beso. Tierno, de rutina, del que convive con el amor de su vida a diario. Me gustaba que no tuviera la necesidad de complicarse la vida contándome historias retorcidas mientras los dos comíamos una ensalada y algo de carne a la plancha. Recoger la mesa, fregar los platos, dormir la siesta juntos pero separados, hacer la compra de la semana, hablar de lo que íbamos a hacer el fin de semana, llamar a sus padres, visitar a los míos, pintar las paredes del cuarto del bebé, comprar otro libro de Philip Kerr.

Elevó la vista y nuestras miradas se cruzaron por un momento, y me sentí avergonzado, cazado en toda aquella película que había conseguido hilar desde su aparición. Sonreí, dedicándole un gesto con la cabeza antes de cerrar la ventana y sentarme frente al ordenador.

Lo fácil que es encontrar la vida perfecta, y lo que nos gusta complicarnos.

2 comentarios en “La vida perfecta.

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