Mes: agosto 2016

05.00 am

La lluvia cae, lleva horas golpeando la ciudad sin pensar en los ciudadanos, sin pensar en que habrá atascos y en que el metro irá hasta los topes. La lluvia cae igual que hace miles de años, impasible, cae del mismo modo en Berlín o en Tokyo. Y eso puede que sea uno de esos motivos por los que que nos fascina tanto. Nos esmeramos en subir fotos a Instagram, en tuitear a lo loco cualquier novedad metereológica como si realmente no fuera lo mismo de siempre. Josh fuma un cigarro apoyado en el alféizar de la ventana, a veces, alguna que otra gota le moja los brazos que lleva al descubierto pero le da igual. Lleva horas sin dormir, más de veinticuatro, así que ahora mismo es como si viviera en una realidad paralela y el sonido de las gotas cayendo y chocando contra los coches de la calle le hace sentirse relajado. Le gusta la sensación de sentirse etéreo, de ser y no ser nadie al mismo tiempo, pero así es él. Siempre lo es, y se gira un momento para ver a su mujer dormida en la cama, sin inmutarse, sin percatarse de que su insomnio habitual hoy es algo más. Como si fuera algo premonitorio un relámpago surca el cielo y Josh sonríe, quizá el cielo oscuro entienda más su propia alma que él mismo. Da la última calada a su cigarrillo y lo empuja entre el índice y el pulgar para que se pierda muchos metros más abajo. Consigue sacar un bostezo y cierra la ventana, ahora las gotas suenan amortiguadas, pero lo importante es que la tormenta no para. La lluvia cae, sigue cayendo. Consigue crujir sus dedos antes de sentarse frente al escritorio y llenar los pulmones de aire, consigue poner un folio en la máquina de escribir y comenzar a teclear, como antes, sin un ordenador que le distraiga de la historia que quiere dejar allí plasmada para la posteridad. Un poco de fama que le haga sentir que vino al mundo para algo, aunque fuera para que su mujer pudiera leer lo que él escribía cada noche. No tiene pretensiones de hacerse rico, ni de que sus escritos lleguen algún día a estar en la librería de su barrio. Sólo escribe porque le hace un poco más feliz, porque siente que escondido tras las letras puede vivir todas las historias que su cabeza sea capaz de inventar. Con los ojos enrojecidos por la falta de sueño y las manos frías consigue escribir las primeras líneas:

“La lluvia cae, lleva horas golpeando la ciudad sin pensar en los ciudadanos, sin pensar en que habrá atascos, y en que el metro irá hasta los topes…” 

La lluvia cae, como sus dedos caen sobre las letras, mira la cama pero está vacía. Se detiene por un instante, no hay gotas, no hay tormenta, y sus manos ya no están. Ni máquina de escribir, ni folio en blanco, ni relámpagos surcando el cielo y tejiendo telarañas de luz blanca. Tampoco tiene insomnio, ni lo tendrá. Era todo mentira, Josh, te acababan de inventar, y durante veintiuna líneas has creído que eras real.

PD: Texto original escrito a las 04:19 del 19 de Noviembre de 2013, un día gris. Como hoy.

Rompeolas.

Otra tarde en la que las olas se encargan de acercarme tu recuerdo, tu voz y las últimas lágrimas. Mis pies van dejando huellas en la orilla que sé que se borrarán al poco tiempo, como las heridas que te fui dejando sin darme cuenta. Y ahora tengo que lamentarme.

Sólo quise ser tu rompeolas, y no logré nada.

Ojalá hubiera sabido que tenía que haberte soltado antes, abrirte la puerta, invitarte a salir cuando todavía nos quedaban sonrisas a los dos. Ojalá haberte dejado libre sin haber roto tus alas, aquellas que conocí cuando aún era capaz de leer la ilusión en tus ojos. Pero no sabemos hacer eso, dejar que alguien se marche cuando ya todo se ha acabado. Nos gusta pensar que podemos arreglarlo, que si nos damos otra oportunidad podremos cambiar los pequeños defectos y convertirlos en virtudes, que la remontada es posible, que un amor largo no se puede dejar escapar así sin más.

Y acabamos consumidos, como cigarros apagados en cualquier acera.

Parece que nos han enseñado a doler hasta el último momento, a acabar mal, a despedirnos con las manos llenas de sangre y el cuchillo entre los dedos. Parece que nuestra misión es agotar todas las posibilidades para convencernos de que era imposible que lo nuestro funcionara.

Nos han hecho idealizar el amor, las relaciones y a las personas. Nos han hecho creer que podemos aguantar unos meses más porque seguro que se acaba arreglando. Y así tus amigos no te juzgarán, y tu familia podrá seguir durmiendo por las noches mientras tú vives un pequeño infierno en silencio. Y duermes con un nudo en la garganta que te acabará asfixiando.

Lo de hacernos los duros también se nos ha ido de las manos. Lo de no poder mostrarnos débiles, lo de tener que saber solucionar cualquier problema que nos surja. Pero que sepas que tenemos derecho a dolernos, a rompernos, a llorar y que nadie tenga que señalarnos con el dedo porque no somos capaces de llegar a nuestro destino sin haber hecho varias paradas antes.

Ojalá haber sabido abrir mis dedos a tiempo y dejarte saltar tan lejos como hubieras podido. Me hubiera gustado haberte ahorrado lágrimas y noches en vela, y pedirte perdón a tiempo. Estoy convencido de que otros sabrán curarte como yo no supe. Encontrarás a alguien que te quite la ropa mejor que yo, que te abrigue mejor en los días fríos y que cuando te haga llorar sea de alegría.

Lo único que espero ahora es no volver a cometer los mismos errores, y dejar siempre la puerta abierta, porque si alguien quiere quedarse conmigo ya se encargara de cerrar por dentro.

Piedras, muertos y nubes.

La resaca hace meses que no nos deja pensar, con el cerebro conservándose en alcohol barato y el olor de cigarros viejos apestando las cortinas. La decadencia es el día a día en este hogar a medio construir.

Nos da tanta pereza hacer las cosas bien, usar el corazón por una vez en lugar de la cabeza. Nos hemos acomodado para evitar cambiar el rumbo de la historia. Nosotros que  según decían en el instituto estábamos destinados a ser gente importante, a tener buenos trabajos, a formar una familia con dos hijos y un pastor alemán, a ser felices. Nos vendieron humo y nos lo tragamos entero, y ahora va produciendo cánceres con metástasis en nuestros cerebros.

Tanta carne y tanto funeral nos han dejado tumbados en la cama. Y te prometo que aunque sea imposible hay días en los que escucho a las sirenas decirme que me vaya con ellas, que me deje llevar, que olvide lo que es pensar y cierre los ojos aunque no sepa nadar en medio del naufragio. Pero no puedo, hay puertos que te impiden volver a zarpar. Soy el capitán de una nave en ruinas, lleno de heridas que nadie quiere lamer, convertido en cenizas de las que no puedo renacer. Y he aprendido con cada travesía que unas veces se gana, otras se pierde, y nunca sabemos qué será lo próximo.

Supongo que a tu manera me dices que no y soy yo el que no entiende. Nos suele pasar, a las personas, eso de no entender cuando nos hablan otros, y lo de no entendernos a nosotros mismos. Pero es que eres la única estrella que me gusta mirar cuando se hace de noche, el único impulso que me hace ser real. Y no creo en nada si no estás tú.

En toda esta novela gráfica de la que somos personajes en blanco y negro me siento cada vez más indefenso, con los ojos más húmedos, con el corazón más pequeño y frágil. Y no hay café ni alma que vaya salvarnos a todos, que nos saque de este lodo pegajoso por el que caminamos. No hay cócteles molotov suficientes para mandarlo todo al traste. No hay balas que vayan a acertar a la primera. No hay euforia que nos vaya a hacer perder el control y nos lleve a los dos por el mismo camino.

Ni ahora ni mañana.

Somos especialistas en desangrarnos de dolor, amor y otras mierdas.

Somos cazadores fallando al elegir la presa.

Somos reyes que no tienen reino, ni ejército, ni banderas que se puedan respetar.

Somos seres raros a los que nos gusta etiquetar, complicar, y destruir. Con lo bonito que es hacer sonreír a alguien sin pretender obtener algo a cambio, sin esperar nada de su parte. Pero en esta era de la postmodernidad ya nada se hace desinteresadamente. Te beso para que me beses, te quiero para que me quieras, te cuido para que me cuides, te pienso para que me pienses, te escribo para que me escribas.

Y así no, así sólo van a quedar piedras, muertos y nubes sobre la Tierra.

Perseidas.

Lleno la maleta y me veo obligado a suspirar, como si mi cuerpo quisiera decirme algo que yo no quiero escuchar. Estoy perdiendo el tiempo, las ganas y la vida en todo esto. Y no es la primera vez.

Me pregunto en silencio dónde están tus ganas cuando no te veo.

Pero qué voy a hacer ahora, si ya he perdido el norte por ti, si ya no entiendo a dónde voy ni qué dicen los mapas si no me coges de la mano. He perdido la orientación y la lógica por tu culpa.

Estamos en Agosto otra vez y las únicas perseidas que he visto desde hace años han sido con las luces apagadas, mientras he bebido de ti las gotas que resbalaban entre tus dedos.

Esto es algo que acaba haciendo daño sin querer, sin que te des cuenta. Es como esas mentiras que se acaban haciendo tan grandes que se te escapan de las manos y salen a la luz. Pero siempre respiro hondo y me convenzo, y vuelvo a poner los pies sobre el suelo si hace rato que no lo siento. Y recapacito y miro el reloj pensando que todavía no es tan tarde. Es entonces cuando me doy cuenta de lo curiosa que es la paciencia, que según para qué aguanta lo que haga falta y para otras cosas se desespera a la primera.

Vas a acabar convenciéndote de que soy sólo un castigo más para ti, otro payaso al que reírle las gracias. Deberías haberlo descubierto ya, que soy únicamente un quebradero de cabeza que ahora mismo no necesitas a tu lado. Te darás cuenta de que tampoco soy yo el que tenga que permanecer contigo, ni vele por tus sueños, ni te limpie de piedras el camino.

Entenderás que al final todos los viajes son raros y que nunca conocemos el final.

Es tan complicado, como para querer echar a correr y encerrarse a la vez. Como para besarte sin pensar y guardarme los abrazos.

Sólo voy a pedirte una cosa, suéltame un poco el corazón, dame un respiro, porque ahora mismo soy como esos pájaros que no pueden volar cuando están en una jaula.

Y yo no quiero escapar, pero tú no me quieres contigo.

Cóctel de benzodiacepinas.

Aún no ha salido el sol, y a pesar del silencio cauto de la ciudad no puedo estar tranquilo. La luna se despide con un beso del cielo añil, escondiéndose hasta que la dejen vagar de nuevo en un lienzo negro. El despertador no ha sonado todavía y estoy sentado en el borde de la cama mirando las puertas torcidas del armario. No puedo evitar tener la sensación de haber perdido otra noche, de no haber descansado lo suficiente, de no ser capaz de borrarte de la retina. La sensación de haber vuelto a soñar contigo y no poder recordarlo ni haciendo el esfuerzo.

He vuelto a no cerrar por dentro y con la puerta abierta puede entrar cualquiera a hacernos daño. He vuelto a dejarme de lado sin darme cuenta, a pensar en ti primero, a abrir los brazos sin ver que tú no estás aquí.

Y, supongo, que es ya por puro egoísmo -aunque algunos quieran llamarle amor- pero no voy a darme por vencido. Porque el día que tropecé contigo y te descubrí perfecta me olvidé de mi nombre, de mis años, y del alcohol.

No te creas mis sonrisas, hace tiempo que aprendí a pegarlas con celo y fingir indiferencia mientras todo se destruye. Que parezca que todo, absolutamente todo, me da igual.

Espero que el final esté cerca, que acabe el mundo, que nos quedemos sin palabras y tengamos que sentir.

Tengo la puta y angustiosa sensación de que te vas lejos aunque estés conmigo. Y se me forma un nudo en el estómago cada vez que me miras a los ojos y no te atreves a hablar, porque leo la inseguridad en tus palabras y el miedo en mi temblor de manos.

Existen los días en los que espero que un cóctel de benzodiacepinas o pastillas rosas me haga dormir durante unos años. Las ojeras, la taquicardia, el sudor frío que antecede a la pequeña tragedia diaria a la que nos enfrentamos con las manos vacías y el corazón magullado. Y ahí en ese momento de calma y silencio absoluto, en el que aún queda brisa para colarse por la ventana y aliviarme toda esta horrible sensación, pienso que ninguno de mis planes saldrá bien. Ni el A, ni el B, ni siquiera el C si es que existe.

Te prometo que trato de salir de mi mente, de aprender de nuevo, de mover bien las fichas sobre el tablero pero supongo que los héroes, al final, lloramos siempre solos en la oscuridad.

Y que está bien así, que la historia no permite otra cosa. Que el caprichoso del destino ya nos ha puesto a cada uno en nuestro sitio.

Yo lo único que espero es saber encender fuego contigo cuando solamente queden piedras y palos, y que nunca dejemos de hacer milagros en la cama aunque hayamos perdido la fe.

Distancia.

Piensa por un momento en la distancia y dime lo que sientes.

No te hablo de esa que puede medirse en unidades del sistema internacional. No te hablo de esa que tienes que estudiar durante las primeras clases de física de tu vida.

Dime si notas cómo esa persona que tienes al lado en el sofá tiene la cabeza en cualquier otra parte del mundo. Si notas que sus ojos han dejado de brillar como antes. Si notas que el tiempo que pasa mirando la pantalla de su teléfono móvil es inversamente proporcional al que utiliza hablando contigo.

Yo cuando hablo de distancia no me refiero a los kilómetros, estoy hablando de esa sensación que tenemos cuando alguien se nos escapa y no somos capaces de entender el motivo. Sin saber si hemos hecho algo mal, sin que hayamos cambiado en absoluto nuestros gustos, nuestros gestos, nuestros quehaceres diarios.

Sin haber hecho nada ha cambiado todo.

Y la persona se va, se aleja ante nuestra atenta mirada. Y no somos capaces de ponerle freno a nada.

Existe un momento, llamémosle punto de inflexión, en el que eres consciente de que no hay vuelta atrás. Pero no entendemos que a veces perder a alguien significa ganar. No somos capaces de entender que hay personas que son lastre, rocas atadas a nuestros tobillos, anclas que no nos ayudan a seguir nadando en busca de nuestro propio horizonte.

Aunque suene mal hay que decirlo, hay gente a la que debemos dejar atrás por nuestro bien. No sé si es egoísta o no, pero lo que he aprendido a base de martillazos en la sien es que sólo tenemos una vida como para malgastarla.

Para mí la distancia se mide en los besos y en los abrazos que no podemos darnos, en tardes perdidas, en noches de ojos abiertos en las que el corazón me aprieta dentro del pecho y yo no quiero escuchar. Y tengo que decirlo alto y claro, la distancia es una mierda, y sin darnos cuenta nos va haciendo pequeños hasta hacernos desaparecer.

Acabamos siendo polvo en medio de cualquier camino poco transitado.

Acabamos siendo una rosa marchita en un jarrón cutre.

Acabamos siendo cuerpos llenos de arrugas y recuerdos tristes.

Acabamos siendo corazones grises porque no supimos luchar a tiempo.

Y no quiero eso.

Quiero reconocerme en las fotografías en las que salgo sonriendo.

Quiero borrar la preocupación de tu mirada.

Quiero que el mes, la hora y el Gobierno nos den absolutamente igual.

Quiero que las risas sean parte de cada desayuno y olvidarme de lo que es llorar.

Quiero café, libros nuevos y viejos.

Y dejar de tener prisa.

Que la única distancia que haya entre nosotros sea la que separa a nuestras lenguas cuando nadie mira y cerramos la puerta.

Matemáticas.

El mundo está patas a arriba, y tú y yo seguimos del revés.

Hacía mucho tiempo que no me sentía pendiendo de un hilo, que no estaba al borde del colapso. Me cuesta respirar por las mañanas y emprender la rutina, me cuesta dar el siguiente paso y decirte la verdad sin esquivar tu mirada.

Estoy exhausto, creo que ya me he llevado al límite demasiadas veces en los últimos meses y estoy a una frase de despedirme para siempre con la esperanza de no tener que arrepentirme. Sufrir puede estar bien durante un tiempo, pero cuando se cronifica acaba contigo, con tus esperanzas y todos tus planes.

Puedo decirte ya que has sido mi estrategia favorita, mi emoción más inesperada, y que me has obligado a luchar contra mi piel.

Por eso supongo que te daré las gracias cuando tú ya no te acuerdes de mí.

Tanto exceso sentimental me va a pasar factura, y el otoño va a ser lluvioso y cruel para mí. Todavía más de lo que lo fue el último Octubre.

Pero no te preocupes, la culpa es mía desde el inicio, y no hay problema. He estado antes al filo del abismo, he estado antes en el pozo. En realidad, a veces, pienso que nunca salí  vivo de aquel último precipicio por el que salté, que no sobreviví a las rocas ásperas ni al fuerte oleaje.

La aventura me seguirá esperando ahí fuera aunque tú no vayas a verlo, aunque me toque disfrutar de los atardeceres en solitario y tomar cerveza con desconocidos en cualquier bar.

La vida son dos días y ya hemos consumido uno entero, y como dice un buen amigo:

“No quiero mirar atrás y lamentarme por no haber intentado hacer algo que quería.”

Lo intentaré una vez más, y lo prometo por escrito, será la última.

Voy a ponértelo fácil porque a mí siempre se me dieron mal las matemáticas.

Te planteo un problema.

Resuelve la ecuación.

Yo lo quise todo, y tú no.

Fría y hermética.

Me sentía utilizado.

Usado, tirado y hundido.

Una noche en la cima y al día siguiente al pozo.

Convirtió mi vida en una montaña rusa, de las que tienen más tirabuzones de los que hubo nunca en su pelo.

Viví durante meses en un caos perfectamente organizado por su mente maquiavélica. Su juego psicológico, su forma de decir mentiras que parecían la más real de las verdades, su forma de bailar sobre los charcos mientras me miraba.

La vi tantas noches esperando la luna llena que creí que era para mí. La vi tantas noches abrazándose a mi cintura que pensé que había acertado por una vez.

Y quise girar con ella al mismo ritmo que lo hacía el planeta.

Hay personas que tienen un muro, una pantalla, un cristal que les protege y sólo es posible contemplarlos de lejos. Y con ellas, la distancia es insalvable hasta en los momentos más íntimos.

Ella era así, a pesar de haber tocado su piel, de haberme quemado la vida en una cama a su lado, de haberle enseñado mis cicatrices, de haber respirado su alma en cada orgasmo. No había conseguido quitarle la escarcha, ni que se quedara a dormir. Era tan fría y hermética que nunca lloraba por nada, que nunca me dirigía la palabra si yo no le había hablado antes, que no tomaba café para desayunar.

Debí saberlo antes, porque nunca he confiado en la gente que no bebe café por las mañanas.

Sé que nunca se preocupó realmente por mí, sé que no logré encender ninguna llama en su corazón, que nunca quiso mi abrigo en una noche de invierno. No quiso jamás que le prestara mis alas, ni cogerme la mano por las calles de Madrid, no quiso mirarme a los ojos ni decirme te quiero.

Y me dejó tan débil.

Me rompió en todos los trozos en los que puede romperse una persona y seguir respirando.

Su jodido amor pudo con todo, como un antibiótico hace con cualquier bacteria, como la marea hace con la arena de la orilla, como un cuchillo hace con una arteria.

Con ella quise sentirlo todo pero no se quedó conmigo.

Me limpió el corazón de sangre y me llenó de melancolía y tristeza permanente.

Ojalá olvidarla pronto y que todo sea un carnaval.

Ojalá alguien que deje de traficar conmigo y mis sentimientos como si no valiéramos nada.

Ojalá alguien que no me mueva como a una simple marioneta a la que manejar a su antojo y desechar cuando no interesa.

Ojalá alguien me quiera algún día sin tener que contenerse, y se ría fuerte conmigo porque ha comenzado a llover y la ropa está tendida en el balcón.

Y no nos quede dinero en la cuenta corriente pero nunca nos falten los besos a fin de mes.

Este texto ha sido escrito para Krakens y Sirenas.

Rascacielos.

Estoy a un paso de caer de nuevo, y desde la azotea del rascacielos todo se ve pequeño, y el mío parece el mayor de los problemas.

Qué egocéntricos que somos.

Qué asco damos.

Que los demás parecen siempre menos importantes si los comparamos con nosotros.

¿Tan grave es que te haya dejado tu novia/o?

¿Tan malo es no poder irte de viaje esta vacaciones?

¿Tanta rabia te da que no te respondan al último whatsapp?

¿Tanto odias a tu madre/padre porque hoy no te ha preparado la cena?

¿Tanto desprecias a tu padre/madre por no dejarte salir esta noche?

¿De verdad?

Cuando lo pienso bien me avergüenzo, porque yo, igual que tú he sido tan idiota de pensar en todo eso. Mientras hay personas sin nada que ofrecer a sus hijos para cenar hoy, cuando un hombre, una mujer y un niño estarán muriendo ahora mismo en cualquier hospital del mundo, mientras un inocente se pudre en la cárcel y seguimos matando con libros sagrados para proteger nuestras conciencias.

El mundo está tan podrido, y nosotros tan equivocados.

Que ya no sabemos lo que es vivir y respirar tranquilos.

Que ya no le damos importancia al pequeño gesto del día a día: una caricia despreocupada, una sonrisa de agradecimiento, una mirada de complicidad, silencio y conexión entre los dos.

Que ya no nos interesa si no puede conseguirlo Siri por nosotros.

Necesitamos cambiar eso.

La vida es más cuestión de sentir que de tener.

Y se nos está olvidando.

Pido que por un instante el mundo se congele, y entremos en calor con otro abrazo.

Y es que dicen siempre que el frío puede con todo pero yo he visto hielo derretirse contigo sin que hubiera salido el sol.

Y es que a mí, si te soy sincero, todo me da igual mientras tú respires y yo respire, mientras tú sonrías y yo tenga fuerzas para hacerlo, mientras puedas darme la mano durante cinco segundos y me olvide por un momento de la realidad, mientras me mires de esa forma en que sólo tú sabes hacerlo.

Estoy a un paso de caer de nuevo, y desde la azotea del rascacielos todo se ve pequeño, y el mío parece el mayor de los problemas.

Pero si tú dices que no lo es,  yo te creo.

Y entonces todo me parece perfecto.