Distancia.

Piensa por un momento en la distancia y dime lo que sientes.

No te hablo de esa que puede medirse en unidades del sistema internacional. No te hablo de esa que tienes que estudiar durante las primeras clases de física de tu vida.

Dime si notas cómo esa persona que tienes al lado en el sofá tiene la cabeza en cualquier otra parte del mundo. Si notas que sus ojos han dejado de brillar como antes. Si notas que el tiempo que pasa mirando la pantalla de su teléfono móvil es inversamente proporcional al que utiliza hablando contigo.

Yo cuando hablo de distancia no me refiero a los kilómetros, estoy hablando de esa sensación que tenemos cuando alguien se nos escapa y no somos capaces de entender el motivo. Sin saber si hemos hecho algo mal, sin que hayamos cambiado en absoluto nuestros gustos, nuestros gestos, nuestros quehaceres diarios.

Sin haber hecho nada ha cambiado todo.

Y la persona se va, se aleja ante nuestra atenta mirada. Y no somos capaces de ponerle freno a nada.

Existe un momento, llamémosle punto de inflexión, en el que eres consciente de que no hay vuelta atrás. Pero no entendemos que a veces perder a alguien significa ganar. No somos capaces de entender que hay personas que son lastre, rocas atadas a nuestros tobillos, anclas que no nos ayudan a seguir nadando en busca de nuestro propio horizonte.

Aunque suene mal hay que decirlo, hay gente a la que debemos dejar atrás por nuestro bien. No sé si es egoísta o no, pero lo que he aprendido a base de martillazos en la sien es que sólo tenemos una vida como para malgastarla.

Para mí la distancia se mide en los besos y en los abrazos que no podemos darnos, en tardes perdidas, en noches de ojos abiertos en las que el corazón me aprieta dentro del pecho y yo no quiero escuchar. Y tengo que decirlo alto y claro, la distancia es una mierda, y sin darnos cuenta nos va haciendo pequeños hasta hacernos desaparecer.

Acabamos siendo polvo en medio de cualquier camino poco transitado.

Acabamos siendo una rosa marchita en un jarrón cutre.

Acabamos siendo cuerpos llenos de arrugas y recuerdos tristes.

Acabamos siendo corazones grises porque no supimos luchar a tiempo.

Y no quiero eso.

Quiero reconocerme en las fotografías en las que salgo sonriendo.

Quiero borrar la preocupación de tu mirada.

Quiero que el mes, la hora y el Gobierno nos den absolutamente igual.

Quiero que las risas sean parte de cada desayuno y olvidarme de lo que es llorar.

Quiero café, libros nuevos y viejos.

Y dejar de tener prisa.

Que la única distancia que haya entre nosotros sea la que separa a nuestras lenguas cuando nadie mira y cerramos la puerta.

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