Fría y hermética.

Me sentía utilizado.

Usado, tirado y hundido.

Una noche en la cima y al día siguiente al pozo.

Convirtió mi vida en una montaña rusa, de las que tienen más tirabuzones de los que hubo nunca en su pelo.

Viví durante meses en un caos perfectamente organizado por su mente maquiavélica. Su juego psicológico, su forma de decir mentiras que parecían la más real de las verdades, su forma de bailar sobre los charcos mientras me miraba.

La vi tantas noches esperando la luna llena que creí que era para mí. La vi tantas noches abrazándose a mi cintura que pensé que había acertado por una vez.

Y quise girar con ella al mismo ritmo que lo hacía el planeta.

Hay personas que tienen un muro, una pantalla, un cristal que les protege y sólo es posible contemplarlos de lejos. Y con ellas, la distancia es insalvable hasta en los momentos más íntimos.

Ella era así, a pesar de haber tocado su piel, de haberme quemado la vida en una cama a su lado, de haberle enseñado mis cicatrices, de haber respirado su alma en cada orgasmo. No había conseguido quitarle la escarcha, ni que se quedara a dormir. Era tan fría y hermética que nunca lloraba por nada, que nunca me dirigía la palabra si yo no le había hablado antes, que no tomaba café para desayunar.

Debí saberlo antes, porque nunca he confiado en la gente que no bebe café por las mañanas.

Sé que nunca se preocupó realmente por mí, sé que no logré encender ninguna llama en su corazón, que nunca quiso mi abrigo en una noche de invierno. No quiso jamás que le prestara mis alas, ni cogerme la mano por las calles de Madrid, no quiso mirarme a los ojos ni decirme te quiero.

Y me dejó tan débil.

Me rompió en todos los trozos en los que puede romperse una persona y seguir respirando.

Su jodido amor pudo con todo, como un antibiótico hace con cualquier bacteria, como la marea hace con la arena de la orilla, como un cuchillo hace con una arteria.

Con ella quise sentirlo todo pero no se quedó conmigo.

Me limpió el corazón de sangre y me llenó de melancolía y tristeza permanente.

Ojalá olvidarla pronto y que todo sea un carnaval.

Ojalá alguien que deje de traficar conmigo y mis sentimientos como si no valiéramos nada.

Ojalá alguien que no me mueva como a una simple marioneta a la que manejar a su antojo y desechar cuando no interesa.

Ojalá alguien me quiera algún día sin tener que contenerse, y se ría fuerte conmigo porque ha comenzado a llover y la ropa está tendida en el balcón.

Y no nos quede dinero en la cuenta corriente pero nunca nos falten los besos a fin de mes.

Este texto ha sido escrito para Krakens y Sirenas.

Un comentario en “Fría y hermética.

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