Mes: julio 2016

Queríamos más.

Basta de fingir, asumamos la puta realidad.

Nos hemos querido tanto que nos hemos hechos añicos, nos hemos destrozado de tal forma que no vamos a recuperarnos más. Ahora somos juguetes rotos olvidados en el baúl del sótano, y vamos a quedarnos allí para toda la eternidad.

Míranos ahora, tan viejos, tan cansados, tan hartos de todo, como si lleváramos a cuestas el Antiguo Testamento y las pirámides de Egipto.

Somos ya esas rutas que nadie busca en los mapas, los caminos más raros, los últimos de la fila. Somos esas huellas que se borran con el tiempo.

La parte buena de esta historia es que vamos a dejar de dolernos, y podremos desenredar todos los nudos que nos mantenían atados a la misma verja.

Estamos obligados a mirar hacia delante para olvidar el sufrimiento y también a elegir mejor. Cuando algo sale mal hay que intentar no dar los mismos pasos, buscar nuevas sendas.

Decir adiós es complicado, pero ya nos hemos dado cuenta de que es mucho más difícil decir un te quiero y que sea de verdad.

Tengo siempre este sabor agridulce al final del paladar, del sí pero no, del estar tan cerca y a la vez tan lejos. Y hay días en los que prefiero mil puñales en la espalda a tanta historia sin principio, nudo y desenlace.

Y todo este caos, no es por falta de ganas, ni por culpa de no tener las cosas claras. Nadie ha dicho nunca que nos falte ambición.

A algunos corazones se llega arrasando, inundando, quemando todo lo que había anteriormente.

A algunos corazones hay que vaciarlos para volverlos a llenar de momentos y algo de luz.

Y todo este enredo no es por falta de ganas de querernos más, ni por culpa de haber construido ya algún que otro castillo en el aire. Nadie ha dicho nunca que no queramos saltar desde el trampolín más alto y que pretendamos salir ilesos.

Basta de fingir, asumamos la puta realidad.

Va a llover hasta que todo esto se acabe.

Van a llegar las tormentas con tu nombre.

Va a empezar a difuminarse el tiempo entre mechones de tu pelo.

Van a romperse promesas como si no sirvieran para nada.

Vamos a tener que armanos de valor y besos.

Y nos va a pasar como pasa siempre, que queríamos mucho más y al final vamos a quedarnos siendo nada.

Sueños.

Los sueños son armas de destrucción masiva.

Tienen la capacidad de concederte alas, de llenarte de esperanza, de hacerte sonreír cualquier mañana gris. Y luego viene la cruda realidad a partirnos la cara y los dientes, y a clavarnos las uñas en la nuca sin que estemos en medio de un polvo salvaje. Y así no. Así no funciona todo esto, o no debería hacerlo. Al menos.

Los sueños han roto más corazones que las palabras y el silencio. Porque son incontrolables y eso es peligroso. Porque escapan a la lógica y a la razón a la que nos intentamos ceñir en nuestro día a día. Porque son etéreos, efímeros y se nos escabullen como la arena de la playa entre los dedos.

Y caminamos por los días y los meses llenos de ojeras y parches de fentanilo para aplacar el dolor. Nos persiguen las luces de Diciembre y la gran ciudad, y aún recuerdo tus dientes temblando sobre mi cuello aquella primera vez. La risa entre las sábanas, el no soportar tu ausencia, el tener que fingir indiferencia porque no queda más remedio. Vivir a medias sin haber luchado hasta el final.

Aunque duelan, prefiero mil sueños a las pesadillas, porque en ellas nunca estás, en ellas ya me has dicho adiós y sólo quiero despertar mientras trato de respirar.

Siempre creemos que los sueños pueden convertirse en realidad, que pueden cumplirse, que son un reflejo del futuro que tanto anhelamos. El futuro que nunca llega y se ríe entre dientes y nos señala con el dedo para advertirnos de que las cosas no pueden ir a mejor.

Si supieras lo que he imaginado, si fueras capaz de ver con mis ojos, si dejaras de huir de toda la verdad que no quieres ver.

No va a quedar más remedio que marcharse. Buscar otra oportunidad, una mejor, una de verdad.

Si quisieras pensar, si observaras un instante los pasos que has dado hasta el momento, ya te habrías dado cuenta de que mis sueños son iguales que los tuyos. Son los mismos.

Pero ya lo decía Calderón de la Barca: los sueños, sueños son.

Sólo eso.