Mes: julio 2016

Cuentos chinos.

Mentira, incomprensión y calor en las calles.

Hay desiertos sin oasis en nuestros corazones.

Estamos en ese tiempo en el que lo del vive y deja vivir no se lleva demasiado bien. Nos molestamos a todas horas y bailamos con los codos abiertos para joder al de al lado si es posible.

Tenemos que indignarnos por todo, quejarnos hasta de nosotros mismos y no asumir las consecuencias de nuestros actos.

Hemos vuelto a la infancia con cuerpos de adulto y damos más pena que asco.

Para estar en verano sólo veo días grises por delante. La suerte siempre acaba marchitándose, como esas flores delicadas que necesitan de la sombra y el agua para crecer.

Voy a admitir que la esperanza me dura menos que la mayoría de suspiros, y que las noches de silencio no hacen más que alargar mi sufrimiento.

Hay tantos reproches, tantas situaciones, tantas palabras que no me valen la pena. Hay tantas noches en vela sin llegar a nada.

He vuelto a no poder dormir, a ver tus ojos grabados en mi memoria, a no tenerte. Ha vuelto a darme igual que llueva o que haga sol, que cierren los bares, que griten los vecinos, que me visite el pasado y me seduzcan las sirenas con sus cantos.

Acabo por pensar que voy a desaparecer antes de tiempo, que voy a enrolarme en el primer barco que zarpe del puerto más cercano para no tener que afrontar la realidad y su risa estridente.

Creo que es tiempo de ir recolectando recuerdos para que me acompañen allá donde vaya, donde no sepan tu nombre, donde no sepan tu historia, donde yo sólo sea un grano de arena más en medio de una playa donde van los viejos navíos a morir.

Cuando me busques puede que yo ya no esté, voy a ser tan sólo una huella a punto de desaparecer en medio del camino.

¿Seré tan sólo otro más de tus cuentos chinos?

Tercera Guerra Mundial.

Suenan los rugidos y seguimos tomando café tranquilamente en los bares. El mundo se tambalea sin saber a dónde va. Vuelven a oírse las palabras del miedo, la guerra se cuela en nuestras fibras y en IKEA no dejan de vender su mierda.

Nos indignamos con los dientes apretados, como si de verdad nos afectara que los militares se alcen, que mueran en Niza o que los sirios acaben pudriéndose en el mar.

Estamos tan cómodos viendo las noticias desde el sofá, protegiéndonos con un escudo de miles de kilómetros. Masacres en Oriente Próximo, desastres naturales y más bombardeos. Y a mí lo que me importa es ir todos los días al gimnasio para ligar más, que mi equipo de fútbol gane la Europa League, tener dinero para pillar algo que me haga olvidar un sábado por la noche. Lo que me importa es tener un coche nuevo, llenar la estantería de libros y beber una cerveza cada viernes por la tarde.

La primavera árabe se ha quedado en nada, Reino Unido da un paso al lado, Alemania sigue moviendo los hilos mientras se ríe de la desgracia ajena, y en EE.UU siguen matando negros por ser negros y pasean las armas como quien lleva una bicicleta.

Las voces del caos ya gritan que viene la Tercera Guerra Mundial, y nos va a pillar con el móvil en la mano para poder grabarlo todo.

Se nos olvida lo importante, a estas alturas, hemos perdido la noción básica de lo que debería ser vivir.

Se nos olvida el abrazar más y decir la verdad.

Se nos olvida el pronunciar te quieros sin tener que escondernos.

Ya hay demasiada oscuridad en el mundo, demasiada guerra, demasiada sangre como para no querernos en voz alta, y confiar un poco.

Ya hay demasiados barcos hundidos, demasiadas lágrimas, demasiados llantos como para llorar por nimiedades y dejar de sonreír.

Y en el fondo sé que la rabia me ha teñido ya las entrañas, y que han conseguido impregnarme del veneno del odio, pero no voy a dejar que ganen.

Sólo podemos luchar con aquello que nos quieren arrebatar.

No podrán quitarnos nunca los besos y el brillo que se me pone en la mirada al hablar de ti.

De verdad.

Sólo podemos seguir hacia adelante dándonos la mano.

Confía en mí.

Mírame a los ojos.

Si hace falta voy a parar las balas y los misiles por ti.

No pienso dejar que caigas nunca más.

El sermón.

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Vamos a confesarnos antes de besar las puertas del Averno.

Vamos a escuchar la misa del domingo antes de meternos mano en cualquier portal cercano.

Vamos a tomar el cuerpo de Cristo antes de blasfemar de nuevo.

Hemos roto con la religión de siempre.

Hemos roto con la santa Inquisición.

Hemos roto las campanas de la Iglesia y ya no sabemos en qué hora vivimos.

La procesión en nuestro caso va siempre por dentro.

Y nos apuntan con el índice por decir la verdad y saber apreciar el arte gótico de las catedrales.

Malditos pecadores, que nos gusta quemarnos en las llamas del infierno casi tanto como revolcarnos en la cama.

Y nos da todo igual.

Ahora somos la Resistencia, disidentes de todas las ideas teocentristas que tienen los demás.

Los siete pecados capitales se nos han quedado cortos y los hemos reinventado.

Nos hemos tatuado las Sagradas Escrituras en las manos después de tanto tocarnos.

Somos mercaderes en el Templo, somos adultos pendientes del bautismo.

Vamos a empezar nuestras particulares Cruzadas, para regresar con el Grial en la mano y beber hasta emborracharnos.

Nos han dicho que no nos quieren en el cielo, que no hay sitio para gente con la mirada llena de tormentas. Nos han dicho que donde mejor estamos tú y yo es en el desgüace, en Júpiter o en Marte. Nos han dicho tantas cosas que hemos convertido en bolas de papel para lanzarlas al aire que hemos dejado de escuchar a los imbéciles. Nos han dicho que llevamos el símbolo de la bestia en las entrañas y que nos vamos a vender por treinta monedas de plata.

Es tiempo de ruina pero también de sentirnos vivos, de saltar por encima de la sangre de los primogénitos y de hundir el Arca de Noé. De vagar cuarenta días por el desierto y convertir el agua en vino.

Estamos hartos del Libro de Enoc y de la puta de Babilonia, de los ángeles caídos, del gigante, de las tablas de la ley, de Judas Iscariote y del juicio final.

Va a llegar el Apocalipsis con nosotros siendo los jinetes. Y las plagas van a ser nuestros besos a destiempo y los gemidos a deshoras.

Y llega el domingo, es misa de doce, y tú y yo separamos el Mar Rojo en la cama sobre la Sábana Santa mientras el párroco explica el sermón a sus feligreses.

Resulta que ahora mi única religión eres tú, y no hay Dios si no es de carne y hueso, y tiene tus ojos. No hay profeta para mí si no me susurras al oído y me muerdes el alma mientras cruje la cama. No hay ciudades santas si tú no has pintado tu nombre en sus calles. No hay Nuevo Testamento si no estoy entre tus piernas.

Y es entonces, en ese maldito instante, cuando se abren las puertas del Infierno y todo arde.

Amén.

Este texto ha sido escrito originalmente para el blog de Krakens y Sirenas.

Côte d’Azur.

Yo nunca he estado en la Costa Azul.

Sólo sé de Niza y Cannes por el cine.

No he recorrido las carreteras en un descapotable, ni he visto la Fórmula 1 en Montecarlo desde un yate de blanco impoluto.

No he bebido champagne del bueno en Saint Tropez mientras la puesta de sol nos pone tibios el corazón y las orejas.

No he podido caminar descalzo sobre las playas blancas, ni he dejado que mis ojos contemplen cómo las olas se acercan despacio hasta nosotros.

No he probado la sal en tu piel con mi lengua, ni he conseguido enredar mis manos en tu cabello mojado.

No me he visto reflejado en el cristal de tus gafas de sol de siempre, ni te he quitado un poco de helado de la comisura de los labios.

Todavía no me he manchado la camisa de vino para que te enfades conmigo.

Pero yo he visto cómo un poco de brisa te levanta el vestido mientras sujeto tus zapatos en la mano de vuelta a casa y te giras para ver si voy contigo.

Yo que soy un cínico, desencantado de la vida, he sonreído al ver cómo miras la playa desde la ventana abierta.

Yo que sigo herido, que vivo escribiendo cosas sin sentido, he visto cómo ojeas mis notas cuando me hago el dormido.

Nos he descubierto como a Cary Grant y Grace Kelly en Atrapa a un ladrón.

Pero seguimos siendo dos islas en medio del mismo mar Mediterráneo, esperando a que nada pase.

Seguimos mirando por las noches la marea, sin hacerle demasiado caso, y va a desbordarnos.

Yo nunca he estado en la Costa Azul.

Pero creo que ya lo he vivido contigo.

Terrorismo emocional.

Nos pasamos la vida buscando.

Buscamos emociones, el amor, una muerte digna, un sueldo a fin de mes, adrenalina en la cama y tranquilidad cuando nos sentamos a comer.

Buscamos el oro de Moscú, la Atlántida, los secretos de Da Vinci, el significado de las runas, la verdad del imperio de Qin Shi Huang y los siete círculos del purgatorio.

Nos han dicho desde que tenemos conciencia que tenemos que encontrar algo que valga la pena, sentirnos felices, ganar siempre y disfrutar del verano. Nos han marcado el camino, nos han dicho que debemos seguir las pisadas y no salir del círculo. Nos han contado tantas mentiras que sólo podemos alzar la voz y tirar la basura.

Nos han dicho que hay dulces venenos y que se puede aguantar el sufrimiento. Nos han dicho que tengamos paciencia, que los hombres no lloran, que el sol sale cada día indiferente.

Hay días en los que el tiempo se para. Queremos quedarnos a vivir eternamente en algunos instantes, cuando todo parece ir bien.

Nos estamos desgastando y no de la forma en que nos gustaría.

Es que ya no tengo ganas de resignarme y quedarme encadenado a la pared.

Le he cogido miedo a no volverte a ver, pero voy a coserme los labios y tirar la aguja e hilo a las alcantarillas viejas de esta puta ciudad.

Dejaré mejor que hable la rabia en las canciones, y en las palabras de otros que saben expresarse mejor que yo. Dejaré mejor los pensamientos en el aire, sin darles forma, que parezca que no son reales.

Sólo soy un titiritero haciendo apología del terrorismo emocional en una obra de teatro callejera.

Soy verdugo, juez y víctima.

Ojalá después de todo se me quede el corazón intacto, más helado, más frío si cabe. Y pueda tomarme el whisky con mi propio hielo.

Pido poco, quedarme como estaba. Sin marcar iniciales en ningún árbol, ni mirar las estrellas en un coche a las afueras.

No sé si puedo ir a peor, la suerte me ha vuelto a decir adiós.

 

Rara avis.

Somos materia orgánica en proceso de descomposición permanente. Estamos muriendo mientras vivimos, y el tiempo va poniéndonos en el sitio hasta colocarnos en la tumba.  El hueco anónimo de nuestra lápida en un cementerio de almas malditas nos espera impaciente. Nos arrastran los minutos a la casilla de salida, a saltar al vacío, a sonreír cuando no hay miedo a equivocarse.

Ilusos del mañana, que todavía creemos en una existencia mejor, en un destino sin nieblas tenebrosas por delante. Vamos a tener que abrir los ojos y sacar los puños, y golpear con rabia al pasado, al presente sin sentido, y al futuro que no queremos tener.

Las piezas siempre acaban encajando, tarde o temprano, y cada peón tiene una misión en esta partida extraña en la que nunca sabemos cuál va a ser el próximo movimiento. Tendremos nuestras recompensas y cumpliremos nuestras condenas.

A veces siento que la melancolía se está esfumando y que me estoy quedando vacío por reír más de la cuenta, por no tener el horizonte lleno de nubes. A veces siento esa tranquilidad que llevo buscando desde hace tiempo. A veces pienso que todo podría ir bien y luego vuelvo a caer en la oscuridad de la primera taza de café humeante que me plantan delante.

Vamos a tener que trazar una línea para separar el sueño de la realidad cuando alguien llame a nuestra puerta y nos entregue una carta que lleve nuestro nombre. Todavía tenemos incertidumbre en el primer y último latido, y taquicardias de madrugada. Todavía tenemos preguntas que no sabemos responder.

Ni cuándo, ni cómo, ni si pasará. Y no hay nada que yo pueda hacer para impresionarte.

Se hace tarde, y me he descubierto escuchando canciones de rap que me han obligado a pensar en ti. Y no entiendo de bases, ni ritmos pero somos el cruel reflejo de algunas de sus letras.

Eres la única que follándome me hizo sentir movidas en el pecho.

Voy a darme una ducha de agua fría, a romper otro jarrón, a ver Match Point y brindar contra las sillas.

Voy a seguir roto, lleno de cicatrices sobre el esternón secándose al aire.

Somos distintos.

Somos rara avis en un mundo de ineptos.

Freud no sabría qué decir.

Tratas de esconder lo que todo el mundo puede ver.

Me di cuenta el primer día que entraste por la puerta, cuando todavía te hacías la despistada y mirabas hacia otro lado. Y yo, yo tan sólo podía disimular y sonreír, como si fueras otra chica más.

No entiendo todavía cómo llegaron a coincidir nuestros labios en el mismo espacio y tiempo, ni tampoco cómo nuestras alas emprendieron vuelo entre tantas nubes viejas. No entiendo cómo soportaba la soledad antes de compartir las noches contigo y preparar tu desayuno.

No entiendo tanto agujero de gusano, tanta magia y efectos especiales, tanta pequeña gran revolución.

Compartimos sábanas, sudor y lágrimas. Compartimos besos entre lluvias torrenciales, el asiento trasero del coche, el banco de aquel parque un viernes, los fuegos artificiales de un 19 de Marzo mientras te agarrabas a mi brazo.

Fue raro y supongo que por eso nos gustó.

Dos incomprendidos en un mundo de cuerdos inertes.

Dos locos jugando con las balas del destino, saltando por los pasos de peatones sin mirar a los semáforos.

Dos niños con la sonrisa por estrenar cuando nos cogíamos de la mano.

Y a veces me pregunto dónde van todas estas ganas de sentirnos vivos cuando cerramos los ojos, y dejamos de ser y de existir.

Te confieso que soy un perro callejero, y que nunca he logrado fiarme de nadie de verdad. Te confieso que contigo me quité las barreras, las lentillas y las camisas abotonadas hasta el final. Te confieso que tú hiciste que cayera la armadura, la fachada y las mentiras. Y todo eso sin ni siquiera haber hablado conmigo.

Lograste que durmiera las noches enteras y que me despertara con tus besos por el cuello. Conseguiste que viera una película de David Lynch sin querer levantarme del sofá. Me empujaste a lavarme los dientes antes de las doce y a beber cerveza fría los viernes por la tarde.

He visto a gente que habla del amor sin que le brillen los ojos y me parece tan triste. Me parece tan triste que pensar en alguien no te pinte una sonrisa, que haga te pesen las costillas y te ponga gris el corazón.

Y es que es pronto para que las cadenas nos lastren tanto, para que nos hayan roto las promesas. Es pronto para no disfrutar de las veinticuatro horas que tiene el día.

Yo por si acaso, voy a escribirte otra carta, voy a llenarte el buzón de postales, voy a leerte poesía de autores cuyo nombre no sé pronunciar, voy a ser un sonámbulo colándome en tu ventana, voy a susurrarte canciones, voy a pintar lienzos en tu cuerpo con las manos.

Somos carne de psicoanálisis, pero Freud no sabría qué decir de ti y de mí.

Canción para ti.

El ciclo se repite y aunque no lo sepas voy a acabar doliéndote.

Como tú lo haces.

Hay canciones que ya no puedo escuchar por tu culpa, hay canciones que me van rasgando por dentro con cada frase, hay canciones que me van haciendo pedazos y ya soy incapaz de reconstruirme.

Al final soy polvo y cenizas, y sólo me muevo con el mismo viento que es capaz de hacer que vueles y que baile tu pelo.

No tengo arreglo de ningún tipo. Lo admito.

Yo no sé quién va primero, ni quién va a acabar con la sangre por el suelo y los días vacíos. Yo no sé quién tiene el tiempo de su parte. Yo no sé de qué lado va a decantarse la balanza pero tengo claro que vivimos en un mundo sin justicia y que Atenea nunca ha velado por mí. Así que supongo que una vez más voy a acabar caminando en medio del desierto, en dirección contraria, poniendo kilómetros y calendarios entre los dos.

Sólo quiero escaparme a alguna montaña perdida donde no haya rastro de ti, ni de tu olor, ni de tus manos por mi espalda. Marcharme al otro lado del mundo para poder soportar mis pensamientos sin arañarme los brazos.

Estoy harto de morderme la lengua, de mirar hacia otro lado, de apretar los puños y gritar sólo hacia dentro.

Toda este lío clama al cielo. Y ya está bien.

Sigo convencido de que mandamos poco a la mierda, de que se nos va todo de las manos y no sabemos ubicarnos. Sigo convencido de que nos puede el miedo, la incertidumbre y el caminar sobre el alambre. Sigo convencido de que preferimos malo conocido que bueno por conocer y así nos va, que nos toca llorar por las esquinas y quejarnos de todo cuando el cambio está en nuestras manos. Sigo convencido de que nos damos cuenta del error cuando ya no tiene solución.

Al final la vida es como un viaje en avión, y hay quien llega siempre cuando están cerrando las puertas de embarque y se queda en tierra firme. Y qué putada, pensar que llegas tarde a tu propia vida, que has perdido la oportunidad de tener a alguien que realmente querías.

Aún nos pasa poco por no decir las cosas, por mirar sin ver, por oír sin escuchar y hablar sin saber callar.

Yo no aguanto más.

No aguanto más el ser la cara B, el equipo de Segunda, la última opción, la película de cine polaco, el actor de reparto, la nota más baja de la clase.

No lo aguanto. Hasta aquí he llegado.

Ahora piensa bien qué es lo que quieres tú.

Pero que quede claro, toda esta canción es para ti.

Un mundo subterráneo.

Todos tenemos nuestro verdadero yo oculto bajo la piel, un mundo subterráneo tras capas de ropa, maquillaje y sonrisas. Un pozo del que no dejamos que nadie saque agua, una habitación que tiene el cartel de ‘Prohibido el paso’ colgado en la puerta.

Un mundo subterráneo que es nuestro búnker, nuestro desorden, toda nuestra mierda y la auténtica verdad.

Tenemos una realidad que nadie más conoce, que tapamos con sábanas viejas y escondemos.

Nos cuesta ser sinceros y compartir, y estamos tan llenos de miedo y rasguños que callamos para no hacernos más daño del que ya arrastran nuestras huellas. Pero no sirve de nada. Cada día más aislados, más solos, más tristes, más fracasados.

Y llega un día en el que te das cuenta de todo eso, de eso y mucho más. Y es entonces cuando quieres tener fuerzas para levantarte del suelo, quitarte el barro, secarte las lágrimas y llenar las páginas del cuaderno con tu propia historia. Puede que sea entonces cuando cualquier acorde de guitarra te arranque una sonrisa y te de alas, y quieras dejarte ver en el mundo exterior.

Va a llegar el día en el que no te de miedo gritar, reír y cogerle de la mano. Vas a querer besarle en la boca mientras llueve cualquier tarde de verano y te dará igual haber dejado la ropa tendida. Vas a querer vibrar con el primer salto que te lleve al otro lado del río para poder abrazarle.

Todos tenemos un mundo subterráneo que no queremos mostrar pero llega un día, llega un día que alguien se atreve a coger la linterna y que no te hace caso, y coge aire y bucea entre tanto edificio antiguo a punto de derrumbarse.

Alguien debería decirte alguna vez que van a agarrarte antes de volver a caer y van a limpiarte las rodillas.

Alguien debería decirte alguna vez que no vas a llorar más porque no te lo mereces.

Alguien debería decirte alguna vez que en el sótano se está tranquilo, pero no se vive bien.

Abre las ventanas, que entre la luz, vamos a dejar atrás el subsuelo.

Vamos a reírnos desde la azotea de un rascacielos y a escribir nuestro nombre en cualquier muro.

Vamos a empezar a vivir en la superficie y a dejar la penumbra para los demás.

Pienso correr, pisar charcos contigo y dejar todo el gris a las espaldas.

Que nadie te lo diga aún, pero voy a ser feliz. Y tú también.

Texto escrito originalmente para Krakens y Sirenas.

Viento del Este.

Hace tiempo que no hay ley en las calles ni en las camas, y que la música y el ruido de fondo nos dan igual.

Yo creía que ya no iba a tener de nuevo el alma del revés, y ya ves.

Has conseguido que ahora esté todo perdido.

Ya no sé cuál es el siguiente paso, ni tampoco si ni siquiera lo hay. Ya no sé si hemos llegado al final del camino, al acantilado o vamos a coger la ruta más larga.

Todavía no, pero sé que voy a quedarme con las manos vacías y el corazón hecho un cenicero. Va a acabarse el tiempo antes de que logre ir más rápido para seguir tus pasos y escuchar tu voz. Voy a volver a quedarme en medio del camino, en pleno fuego cruzado, sin saber a dónde tengo que ir esta vez, sin saber cómo buscar refugio entre tus brazos.

Vuelven a reírse mis fantasmas, a señalarme con el dedo, a maldecirme por las noches, a convencerme de que como mejor estoy es callado y dormido.

Vuelve a apuntarme el enemigo, y esta vez eres tú. Y voy a tener que pedirte que apuntes a matar.

Vas a disparar a traición.

Eso lo tengo claro.

No va a haber ni un solo arrebato de sinceridad, porque entonces se va a romper el cristal, la cuerda y los lazos invisibles.

Nos van a ganar de nuevo el miedo y los demonios, y los plomos en los zapatos. Nos va a ganar el sofá cómodo y las noches en vela, y los lamentos cuando llegue el frío y no nos tapen los abrazos.

Eres al mismo tiempo faro y costa da morte. Fortaleza y porcelana frágil. Atardecer y noche triste. Viento vivo del Este. Eres lluvia fresca, la gota que va llenando el vaso, la sinceridad suicida, noches de Mayo y faldas al vuelo.

No sé tú, pero yo no veo ninguna ventaja en esto de perderte. Y aún así, a pesar de todo, creo que voy a tener que acostumbrarme porque nunca gano, porque siempre soy más víctima que verdugo.

Voy a hacerme la idea de que el final está cada vez más cerca, como buen cobarde. Voy a dar otro trago que me queme la garganta y me cure las heridas. Voy a aprovechar los días de paz mientras los haya. Voy a seguir siendo un espectador de una vida que no es la mía.

Yo ya no sé qué tengo que decir.

Y de todas las opciones elijo siempre la de quedar como un idiota.