Mes: julio 2016

Delincuente.

23.VI.2014

Te das cuenta de pronto que te has convertido en todo aquello que no querías, que has huido toda tu vida de algo para acabar siendo eso mismo. Y te avergüenzas, piensas en tu madre y en tu padre, y en las esposas que ahora unen tus muñecas mientras caminas despacio con dos policías escoltándote hasta el calabozo.

Nunca cuadran las cuentas, ni las expectativas, ni los sueños, con la realidad que nos toca vivir.

A los cinco años nadie quiere ser camello.

Te lo digo yo.

No sabes si reír o llorar, y piensas en lo bien que te iría ahora fumarte un porro y cerrar los ojos mientras suena Marea de fondo.

La puerta de hierro se abre y apenas queda luz ahí dentro. Te meten sin cordones en las zapatillas, sin cinturón y el sitio huele a perro mojado antes de que pongas el culo en el asiento duro y apoyes la nuca en la pared.

Con los ojos cerrados consigues repasar los últimos sucesos que han tenido lugar y en el fondo te maldices y golpeas la pared con cierta rabia. Miras tu ropa pagada con la tarjeta de El Corte Inglés, miras los tatuajes que llenan tus brazos, miras las zapatillas que te costaron casi cien euros en la tienda online.

Y le has tenido que partir la cara a un pobre que no ha sabido pagar a tiempo después de múltiples avisos, has tenido que manchar el cristal delantero de tu BMW negro y dejarle un par de dientes bailando sobre el asfalto.

Esta vez te han pillado, esta vez no te libras, esta vez vas a tener que coger aire y tranquilizarte.

Aún recuerdas aquel primer día en el parque probando el tabaco, aquella primera vez que le quitásteis el monedero a la vecina de al lado, aquella primera vez que bebiste cerveza y follaste con alguien, aquella primera vez que te hiciste una raya, aquella primera vez que te saltaste los semáforos con una sirena azul como banda sonora, aquella primera vez que apuntaste a alguien con un arma, aquella primera vez que obligaste a una puta a chuparte la polla.

Lo recuerdas todo y te das asco.

Y no eres capaz ni de secarte la lágrima que resbala por tu mejilla izquierda, hijo de puta.

Y piensas en tu novia y en el niño que estáis esperando.

Y piensas en que no querías acabar así a los veinte años.

Y piensas en que a partir de ahora nada va a ir a mejor.

Su sangre aún mancha tus manos y ahora estará metido en una cámara esperando a la autopsia.

Por tu culpa hay gente llorando en su casa, en la tuya.

Eres sólo una sombra, antes eras un delincuente, ahora eres un asesino.

Texto escrito para Krakens y Sirenas.

Cafeína.

Llevo tanto muriendo cada día y resucitando que ya he perdido la cuenta del momento en el que comenzó todo. Tengo otra vez el estómago vacío y cafeína en las venas, y de nada me sirve decir la verdad.

A veces no sé si intentar olvidarte, a veces no sé si rogar que me olvides tú.

A veces tengo la tentación de pedirte que no me beses en la boca, que te vayas lejos, que me sueltes la mano.

Pero no puedo.

Bastantes heridas me he hecho ya, como para darme yo mismo el golpe final.

Si me tienen que disparar, mejor que lo hagas tú. Yo me lavo las manos.

Me siento incapaz de hacerme a un lado y darme por vencido,  incapaz de obligarme a verte pasar sin más, incapaz de no volver a acariciarte la piel y crear nuevos caminos.

Y es que en el fondo no quiero.

Ni quiero escapar, ni huir de ti, ni mirar hacia otro lado.

Me planto.

Que, en realidad, yo sólo quiero ser esa marea que se lleve tus problemas. La lluvia que consiga arrastrar todo lo malo hasta el próximo invierno. El golpe de suerte que coloque recto el cuadro de tu habitación. La luz que te sirva de faro cuando las nieblas te envuelvan. El tren que te traiga de vuelta cuando creas que has perdido.

Lo que no soporto en este mundo es tu dolor, el ver tus lágrimas llenando otro vaso, el ver tu pecho ir tornándose gris, el ver tu sonrisa ocultarse con el paso del tiempo, el ver tus manos volviendo a temblar.

El amor nos ha arrollado y estamos tirados en la misma cuneta. Y no sé cómo vamos a sacar los pies de este barro.

Te prometo que no necesito que seas ninguna princesa, ni ninguna damisela en apuros a la que poder salvar. Te prometo que podría cuidarte igual que tú a mí. Te prometo que me sirve con ver cómo te ríes hasta desgastarte la voz, o cómo frunces el ceño cuando te haces la enfadada.

Y sé que probablemente acabe con una mejilla tocando el suelo y los sueños destrozados. Que voy a tener que mirar fotos y marcar fechas en el calendario para sobrevivir después de todo.

Me han dicho que hay que apostarlo todo al rojo. Y sé que ni el croupier está de mi parte, y que volverá a ganar la banca.

Como pasa siempre.

Pero me da igual que me llamen loco por querer robarte el corazón.

Muerte celular programada.

La existencia, eso de seguir respirando, se me antoja cada vez más cansino, como el discurso de una madre cuando te levantas con resaca un domingo por la mañana.

Hace tanto tiempo que ya ni levantarme por las mañanas supone un reto, que ya no tengo ganas ni de dar el primer trago de agua del día, ni de abrir las ventanas, ni de ver el sol, ni de coserme los rotos de cualquier pantalón desgastado.

La sucesión de las noches y los días se ha vuelto aburrida, sin sentido, monótona, como esos matrimonios que ven la televisión sin dirigirse la palabra y que se acuestan sin darse un beso de buenas noches.

Abúlico y anhedónico perdido, me disfrazo de cualquier forma para que nadie pueda percibirlo. El encogerse de hombros y sonreír de lado mientras se cambia de tema despista a cualquiera y te permite seguir en tu recinto privado, tu habitación individual, tu pequeño mundo irreal donde las cosas son de otra manera.

Camuflarse siendo uno mismo es el mejor escondite.

Soy consciente de que hago Himalayas de cualquier grano de arena que me quite de la zapatilla. Tan sedentario como nómada en este exilio que yo mismo me he buscado.

El mundo debe estar más que harto de ti y de mí, pero no puedo evitar que seas algo así como el antídoto de todo el veneno que produzco a diario, el ungüento capaz de aliviarme las heridas.

Odio seguir bailando con la muerte y que a ti todo te de absolutamente igual.

Voy a bajarme cuanto antes de este escenario.

Y no creas que no repaso el camino, las curvas, las señales.

Y no creas que no intento ver dónde están mis errores cada vez más graves.

Y no creas que no trato de darme cuenta del momento en el que volví a dejar que alguien me hiciera tanto daño.

No sé para cuándo tiene prevista la apoptosis empezar seriamente con su trabajo.

Pero que sea rápido.

Cuentos chinos.

Mentira, incomprensión y calor en las calles.

Hay desiertos sin oasis en nuestros corazones.

Estamos en ese tiempo en el que lo del vive y deja vivir no se lleva demasiado bien. Nos molestamos a todas horas y bailamos con los codos abiertos para joder al de al lado si es posible.

Tenemos que indignarnos por todo, quejarnos hasta de nosotros mismos y no asumir las consecuencias de nuestros actos.

Hemos vuelto a la infancia con cuerpos de adulto y damos más pena que asco.

Para estar en verano sólo veo días grises por delante. La suerte siempre acaba marchitándose, como esas flores delicadas que necesitan de la sombra y el agua para crecer.

Voy a admitir que la esperanza me dura menos que la mayoría de suspiros, y que las noches de silencio no hacen más que alargar mi sufrimiento.

Hay tantos reproches, tantas situaciones, tantas palabras que no me valen la pena. Hay tantas noches en vela sin llegar a nada.

He vuelto a no poder dormir, a ver tus ojos grabados en mi memoria, a no tenerte. Ha vuelto a darme igual que llueva o que haga sol, que cierren los bares, que griten los vecinos, que me visite el pasado y me seduzcan las sirenas con sus cantos.

Acabo por pensar que voy a desaparecer antes de tiempo, que voy a enrolarme en el primer barco que zarpe del puerto más cercano para no tener que afrontar la realidad y su risa estridente.

Creo que es tiempo de ir recolectando recuerdos para que me acompañen haya donde vaya, donde no sepan tu nombre, donde no sepan tu historia, donde yo sólo sea un grano de arena más en medio de una playa donde van los viejos navíos a morir.

Cuando me busques puede que yo ya no esté, voy a ser tan sólo una huella a punto de desaparecer en medio del camino.

¿Seré tan sólo otro más de tus cuentos chinos?

Tercera Guerra Mundial.

Suenan los rugidos y seguimos tomando café tranquilamente en los bares. El mundo se tambalea sin saber a dónde va. Vuelven a oírse las palabras del miedo, la guerra se cuela en nuestras fibras y en IKEA no dejan de vender su mierda.

Nos indignamos con los dientes apretados, como si de verdad nos afectara que los militares se alcen, que mueran en Niza o que los sirios acaben pudriéndose en el mar.

Estamos tan cómodos viendo las noticias desde el sofá, protegiéndonos con un escudo de miles de kilómetros. Masacres en Oriente Próximo, desastres naturales y más bombardeos. Y a mí lo que me importa es ir todos los días al gimnasio para ligar más, que mi equipo de fútbol gane la Europa League, tener dinero para pillar algo que me haga olvidar un sábado por la noche. Lo que me importa es tener un coche nuevo, llenar la estantería de libros y beber una cerveza cada viernes por la tarde.

La primavera árabe se ha quedado en nada, Reino Unido da un paso al lado, Alemania sigue moviendo los hilos mientras se ríe de la desgracia ajena, y en EE.UU siguen matando negros por ser negros y pasean las armas como quien lleva una bicicleta.

Las voces del caos ya gritan que viene la Tercera Guerra Mundial, y nos va a pillar con el móvil en la mano para poder grabarlo todo.

Se nos olvida lo importante, a estas alturas, hemos perdido la noción básica de lo que debería ser vivir.

Se nos olvida el abrazar más y decir la verdad.

Se nos olvida el pronunciar te quieros sin tener que escondernos.

Ya hay demasiada oscuridad en el mundo, demasiada guerra, demasiada sangre como para no querernos en voz alta, y confiar un poco.

Ya hay demasiados barcos hundidos, demasiadas lágrimas, demasiados llantos como para llorar por nimiedades y dejar de sonreír.

Y en el fondo sé que la rabia me ha teñido ya las entrañas, y que han conseguido impregnarme del veneno del odio, pero no voy a dejar que ganen.

Sólo podemos luchar con aquello que nos quieren arrebatar.

No podrán quitarnos nunca los besos y el brillo que se me pone en la mirada al hablar de ti.

De verdad.

Sólo podemos seguir hacia adelante dándonos la mano.

Confía en mí.

Mírame a los ojos.

Si hace falta voy a parar las balas y los misiles por ti.

No pienso dejar que caigas nunca más.

El sermón.

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Vamos a confesarnos antes de besar las puertas del Averno.

Vamos a escuchar la misa del domingo antes de meternos mano en cualquier portal cercano.

Vamos a tomar el cuerpo de Cristo antes de blasfemar de nuevo.

Hemos roto con la religión de siempre.

Hemos roto con la santa Inquisición.

Hemos roto las campanas de la Iglesia y ya no sabemos en qué hora vivimos.

La procesión en nuestro caso va siempre por dentro.

Y nos apuntan con el índice por decir la verdad y saber apreciar el arte gótico de las catedrales.

Malditos pecadores, que nos gusta quemarnos en las llamas del infierno casi tanto como revolcarnos en la cama.

Y nos da todo igual.

Ahora somos la Resistencia, disidentes de todas las ideas teocentristas que tienen los demás.

Los siete pecados capitales se nos han quedado cortos y los hemos reinventado.

Nos hemos tatuado las Sagradas Escrituras en las manos después de tanto tocarnos.

Somos mercaderes en el Templo, somos adultos pendientes del bautismo.

Vamos a empezar nuestras particulares Cruzadas, para regresar con el Grial en la mano y beber hasta emborracharnos.

Nos han dicho que no nos quieren en el cielo, que no hay sitio para gente con la mirada llena de tormentas. Nos han dicho que donde mejor estamos tú y yo es en el desgüace, en Júpiter o en Marte. Nos han dicho tantas cosas que hemos convertido en bolas de papel para lanzarlas al aire que hemos dejado de escuchar a los imbéciles. Nos han dicho que llevamos el símbolo de la bestia en las entrañas y que nos vamos a vender por treinta monedas de plata.

Es tiempo de ruina pero también de sentirnos vivos, de saltar por encima de la sangre de los primogénitos y de hundir el Arca de Noé. De vagar cuarenta días por el desierto y convertir el agua en vino.

Estamos hartos del Libro de Enoc y de la puta de Babilonia, de los ángeles caídos, del gigante, de las tablas de la ley, de Judas Iscariote y del juicio final.

Va a llegar el Apocalipsis con nosotros siendo los jinetes. Y las plagas van a ser nuestros besos a destiempo y los gemidos a deshoras.

Y llega el domingo, es misa de doce, y tú y yo separamos el Mar Rojo en la cama sobre la Sábana Santa mientras el párroco explica el sermón a sus feligreses.

Resulta que ahora mi única religión eres tú, y no hay Dios si no es de carne y hueso, y tiene tus ojos. No hay profeta para mí si no me susurras al oído y me muerdes el alma mientras cruje la cama. No hay ciudades santas si tú no has pintado tu nombre en sus calles. No hay Nuevo Testamento si no estoy entre tus piernas.

Y es entonces, en ese maldito instante, cuando se abren las puertas del Infierno y todo arde.

Amén.

Este texto ha sido escrito originalmente para el blog de Krakens y Sirenas.

Côte d’Azur.

Yo nunca he estado en la Costa Azul.

Sólo sé de Niza y Cannes por el cine.

No he recorrido las carreteras en un descapotable, ni he visto la Fórmula 1 en Montecarlo desde un yate de blanco impoluto.

No he bebido champagne del bueno en Saint Tropez mientras la puesta de sol nos pone tibios el corazón y las orejas.

No he podido caminar descalzo sobre las playas blancas, ni he dejado que mis ojos contemplen cómo las olas se acercan despacio hasta nosotros.

No he probado la sal en tu piel con mi lengua, ni he conseguido enredar mis manos en tu cabello mojado.

No me he visto reflejado en el cristal de tus gafas de sol de siempre, ni te he quitado un poco de helado de la comisura de los labios.

Todavía no me he manchado la camisa de vino para que te enfades conmigo.

Pero yo he visto cómo un poco de brisa te levanta el vestido mientras sujeto tus zapatos en la mano de vuelta a casa y te giras para ver si voy contigo.

Yo que soy un cínico, desencantado de la vida, he sonreído al ver cómo miras la playa desde la ventana abierta.

Yo que sigo herido, que vivo escribiendo cosas sin sentido, he visto cómo ojeas mis notas cuando me hago el dormido.

Nos he descubierto como a Cary Grant y Grace Kelly en Atrapa a un ladrón.

Pero seguimos siendo dos islas en medio del mismo mar Mediterráneo, esperando a que nada pase.

Seguimos mirando por las noches la marea, sin hacerle demasiado caso, y va a desbordarnos.

Yo nunca he estado en la Costa Azul.

Pero creo que ya lo he vivido contigo.