Mes: junio 2016

Sólo un océano.

Sólo un océano nos separa.

Sólo un océano de dudas.

Y, a veces, me da igual porque pienso que hay barcos capaces de surcar las aguas sin que importe el temporal, y otras sólo puedo pensar cuándo llegará el momento en el que vamos a naufragar. Hay tanta palabra sumergida entre nosotros, tantas verdades a medias que nos hacen mordernos la lengua, momentos en los que preferiría renunciar a ti con tal de no sentir cómo me arde el pecho cuando no pronuncias mi nombre.

Nos separa un océano de lágrimas y vasos medio llenos, siempre a medias, haciendo equilibrismos sobre la cuerda, caminando entre dos rascacielos con la ciudad a los pies. No sé quién está arriesgando más de los dos, no sé quién saldrá perdiendo si todo sale mal, pero no saldremos ilesos, eso por descontado.

Y, a pesar de eso, a pesar de que nos empeñamos en seguir navegando sin tener claro el rumbo, ni tener ni idea de cómo funciona eso de llevar el timón, no nos echamos atrás. El problema es que todo se nos va a ir de las manos y lo estamos disfrutando, el peligro, el bombeo de sangre a nuestra cabeza y a lo que no es la cabeza.

Hay un océano entre los dos y sería capaz de nadarlo con los ojos cerrados si supiera que voy a encontrarte al otro lado, porque ya no me da miedo el vendaval, ni perder las velas, ni que el ancla no vuelva a tocar tierra si mi continente no eres tú.

No tengo miedo porque venía roto, emprendí la travesía con demasiados descosidos por arreglar y no creo que pueda empeorar. Ya intentaba dejar atrás la orilla con el casco lleno de agujeros y me obligaba a remar en cualquier dirección. Si lo peor que puede pasarme es no llegar al destino y acabar con los pulmones llenos de agua salada me da igual.

Prefiero la aventura, ondear la bandera pirata, salir a buscar la X en el mapa, y que seas tú el tesoro, la mejor y la última de las recompensas.

Va a doler igual, con un sí o un no, con beso o sin él, para qué vamos a mirarnos desde la distancia pudiendo disfrutarnos. Voy a mirar el horizonte, perderme entre las olas y cogerte de la mano a la primera oportunidad, y no te pienso soltar, ni abandonar el barco.

Vamos a dejar en ridículo a Magallanes y a Cristobal Colón, y a la jodida Armada Invencible si hace falta.

Un océano nos separa, y nos va a parecer tan sólo un charco.

Texto pubicado originalmente en Krakens y Sirenas.

Los periódicos no hablaron de nosotros.

Ni yo recuerdo tu nombre, ni tú recuerdas el mío.

Probablemente.

Sólo sé que era verano y que el agua nos había mojado hasta las neuronas, y que con la ventana de la habitación abierta escuchábamos los truenos castigando las afueras de la ciudad sin tregua.

Nos recorrimos por completo, varias veces, mientras cualquier canción sonaba de fondo entre las cuatro paredes que nos acogían. Sin percibir ninguna señal de aviso, sin leer los carteles luminosos que nos advertían que nos acabaríamos perdiendo.

Nos convertimos en un par de ángeles caídos que se movían como unas manos cuando tocan un riff de guitarra que conocen de memoria, que se arañaban las espaldas y que se mordían el labio a cada rato que podían. Sin ritmo fijo, sin saber si estábamos en la cama o golpeando las caderas contra el suelo, porque daba igual, porque las circunstancias son lo de menos cuando la sangre no te llega al cerebro durante un buen rato. Subidos a un tren e incapaces de ponerle freno.

Hay veces que todo es sexo.

Sudor, saliva y nuestras pieles pegadas entre sí.

Y lo hicimos tan sucio, tan elegante, tan clandestino que era imposible que algo saliera mal. Lo hicimos tan jodidamente bonito que el hecho de que la ciudad fuera un río turbulento de gente y agua era secundario, y que vinieran las siete plagas de Egipto y el puto Apocalipsis eran tan sólo un par de minucias mientras tenía tus labios respirando con los míos.

Sólo recuerdo tus gemidos, tus manos en mi pelo y las ráfagas de viento trayendo gotas de lluvia para tratar de apagar el incendio entre los dos, encargados de convertir aquella habitación en el más dulce infierno. Destruimos sobre unas sábanas empapadas todas las fronteras, y encontré caminos en la curva de tu cintura que no salen en los mapas.

Los periódicos no hablaron de nosotros, pero dicen que aquel día hubo atascos y accidentes, y que mientras nosotros sumábamos orgasmos otros los restaban.

[Y ahora escucho truenos, y quiero tenerte, y amanecer contigo mientras la ciudad duerme y huele a tierra mojada.]

El fantasma de la Ópera.

Miras al espejo y no te reconoces.

Nunca.

Nunca lo has hecho, ni en el espejo, ni en el reflejo de las ventanas del metro, ni en sus ojos.

Como mucho, a veces, te reconoces en el último trago de cualquier vaso.

Y sientes que eres alguien en un cuerpo que no es el tuyo, en un envoltorio falso al que detestas.

Desde el centro de control siempre intentan pararte los pies, poner las cosas en su sitio, tratar de que actúes como se supone que debe hacerlo alguien normal.

La normalidad, esta utopía clásica. Esa mentira ideológica.

Todos mis síntomas y signos me llevan al diagnóstico final, al odio hacia mí mismo, a esta manera de darme patadas cuando aún estoy en el suelo para impedir que me levante.

Sé de sobra que soy mi propia piedra, el villano de mi historia, el verdugo al que no le tiembla la mano para tirarse abajo. Es tan asfixiante, tan extenuante, pero forma ya parte de mi existencia, y probablemente si no me ahogara así lo haría de cualquier otra manera. Tengo una facilidad pasmosa para tirarme al vacío y no salir de la espiral, soy capaz de saltar sin mirar lo que hay abajo y no tener fuerzas para volver a subir a ver el sol.

El único consuelo que me queda es saber que los días pasan, que la vida se va acabando aunque no queramos, porque desde que nacemos el mundo y el reloj están en nuestra contra.

Es muy triste pasar por la vida de puntillas, siempre con una máscara, mirando hacia otro lado, con una sonrisa perenne que oculta toda la verdad. Estoy anestesiado desde hace tanto tiempo, para no sentir, para no doler, para protegerme de todos los ataques. Estoy intoxicado de mis ideas, de mis sentimientos, de tanto aire sin oxígeno.

Y sigo igual de vulnerable que el primer día, y voy rompiéndome al respirar.

Aquí dentro siempre hay peligro de derrumbe, porque nunca sé qué puerta debo abrir, ni a dónde debo sujetarme.

Después de tanto tiempo me he dado cuenta de que no tengo solución, de que sigo con miedo, y de que lo de ser feliz debe ser para los demás.

Voy a volver a las catacumbas de la Ópera Garnier, a ser el fantasma, a hacer música donde nadie pueda verme.

 

 

Tiro con arco.

Recuerdo los domingos por la mañana, recuerdo pisar el terreno del campo de tiro con arco y la emoción de colocar las flechas, de tensar la cuerda y de cerrar un ojo para intentar dar en el centro de la diana. La sensación de calma y nervios mientras observaba el objetivo y me concentraba en controlar el pulso y soltar la flecha en el momento preciso.

Hubo un tiempo en el que tenía buena puntería y supongo que la fui perdiendo con el paso de los años.

Por eso entiendo que ahora siempre apunto mal, siempre elijo mal, siempre lo hago todo mal. Quizá la puntería, el saber elegir, es cuestión de práctica, como todo lo demás en la vida y lo he ido dejando tanto de lado que ya no sé cómo hacerlo.

Y la verdad es que hace mucho que no creo en los milagros, ni confío en ningún ente invisible de los que se supone que viven en las alturas, pero me vendría bien un poco de ayuda. Ayuda, o mejor un simple empujón que me saque del camino y me haga ver que mis intentos no son más que una locura, y que nunca debí salir de donde estaba metido.

Soy como un pequeño hombre hecho de arena que se deshace con la lluvia, el viento y cada giro del reloj, y acabaré convertido en polvo y flores en alguna tumba sin nombre.

Ahora han vuelto el insomnio, la taquicardia repentina, el dolor a media tarde y el golpear los nudillos contra la pared mientras maldigo toda mi estupidez.

Que nunca quise quemarme por dentro y ya lo hago.

Me voy preguntando cada día cómo voy a desintoxicarme de tus manos cuando todo pase y sólo veo sombras. Siento el metal clavarse en los huesos, llenarme de frío, y tus uñas dejando cicatrices en cada centímetro de mi piel.

Siguen diciéndome que no me preocupe, que cierre los ojos, que la noche es joven pero yo me voy sintiendo cada vez más viejo, más cansado, sin saber qué hacer.

Me veo caminando a oscuras por cualquier carretera, mientras brilla la luna, intentando olvidar, intentando que me trague el mar. Y será la tercera o cuarta, o quinta vez. Y aún así, seguiré buscando las señales, buscando el rumbo para llegar a ese destino al que nos dijeron de pequeños que todos debemos aspirar.

Tengo que volver a entrenar mi puntería.

Debería dejar de pensar, debería ponerme freno, debería haberme pegado el tiro en la sien antes de que fuera demasiado tarde.

La realidad y todos mis sueños tienen el mismo final, porque al abrir los ojos ya no estás.

Aviones.

Llueve otra vez, en la calle y en mi cabeza. Tengo la duda de que vaya a parar en esta ocasión, y creo que es porque empieza la época de los ciclones y el mal tiempo.

Sin darme cuenta me he ido arañando por dentro hasta quedarme vacío y ahora tengo tanto hueco que no sé cómo voy a rellenarlo.

Aire, sudor y lágrimas, lo único que me queda.

Es abrir los ojos y ver que no tengo nada, aunque lo tenga todo. El inconformismo permanente, la sed del que nunca es suficiente.

Vivo cayendo a velocidad constante, y el abismo ya no me abraza como antes.

Hubo un tiempo en el que sentirme perdido incluso me parecía divertido, sentir que no tenía ni puta idea de a dónde iba ni con quién. Y me aferré a todas las manos que se cruzaron en mi camino con los ojos cerrados y aquí estoy ahora, en medio de la nada, gritando nombres que apenas recuerdo.

Siempre solo.

Al final sólo podemos abrazarnos a nosotros mismos antes de dormir sintiendo el nudo en la garganta.

He vuelto a morder el más frío y cruel de los anzuelos. Y sólo tengo caos y truenos en el pecho, y espinas clavadas en los dedos de tanto tocarte.  Es la sensación de seguir siempre a la deriva, y ahora es cuando me persiguen los lobos hambrientos y busco refugio. Un lugar en el que poder ser, respirar y dejar de tener miedo.

No sé cómo salir de este bucle, de tanto dolor, de tanta fotografía congelada en mi cabeza ahondando en la herida.

No hay salida de emergencia, ni piloto automático. Y las cajas negras no nos dirán nada de todo este accidente.

Los días de lluvia me gusta mirar al cielo, para ver si a pesar de todo sigue habiendo aviones sosteniéndose en el aire, para ver si, a pesar de las nubes, se puede sobrevivir a cualquier amor fatal.

Y ahora voy a ver otro cambio de estación mirando por la ventana y seguiré en la misma terminal sin haber elegido en qué vuelo debo subirme, arrastrando las penas con viejos zapatos, con el corazón abandonado.

Asumo la culpa, que me sacuda fuerte la tormenta, que me lo merezco, porque siempre estoy pidiendo demasiado.

De la misma rama.

No somos de la misma rama.

Tú de ciencias, yo sin saber nada de números.

No estamos hechos del mismo palo.

Somos la antítesis, antónimos, las diferentes caras de una misma baraja.

Pero aún así, se me queda cara de póker cuando me besas sin avisar.

Somos contrarios, como la complejidad de Bach y la sencillez eficaz de Mozart.

Y al mismo tiempo, somos iguales.

Nos gusta cogernos de la mano, abrazarnos por la cintura, plantarnos un beso y mirarnos sin miedo.

Nos gusta bebernos las noches de sábado en pequeñas cantidades, nos gusta paladearnos con calma y también con prisa, y quitarnos la ropa justo al cerrar la puerta.

Nos gusta dejar la realidad tras las ventana, rompernos encima de una cama, jugar con un corazón en llamas.

Y sobre todo, nos gusta el camino que hay que ir construyendo antes de ser capaces de avanzar.

Los días, las horas, nuestros sueños, los vamos tejiendo con cada gesto.

Y lo tenemos claro.

Vamos desmontando mitos, deshaciendo nudos, desgastando frenos porque conducimos cuesta abajo.

Y navegamos con el viento a favor, o quizá no.

Pero no vamos a pensar, sólo vamos a actuar.

Vamos a decidir esta vez, vamos a ser sinceros, vamos a gritarnos la verdad mientras nos mordemos las lenguas, mientras enredamos nuestros dedos y nos deshacemos en sudor.

No somos de la misma rama, somos diferentes.

Pero da igual cuando nos acariciamos a oscuras, nos susurramos al oído y nos despierta el sol porque nos hemos dejado la persiana sin bajar. Y nos da igual, porque somos capaces de follar mientras reímos y de lavarnos los dientes sin dejar de mirarnos en el espejo, como idiotas.

Hemos visto las siete diferencias desde el primer día, y no hay máscaras ni mentiras. No somos iguales, pero tampoco lo necesito porque me gustan nuestras diferencias.

Me gusta no ser de la misma rama, ni del mismo árbol, ni del mismo bosque.

Y sin embargo, echar raíces contigo.

Escrito para Krakens y sirenas y publicado el 02 de Junio de 2016.