Mes: junio 2016

La última cruzada.

Tengo buena memoria, y esa es mi condena, esa es la leña que aviva mi fuego.

Va a llegar Septiembre cualquier día de estos y seguirás sin esperarme. Y los instantes se van repitiendo en mi mente. Soy incapaz de escapar de las ideas y de todos los fuegos que nos queman.

Estoy, una vez más, al otro lado del cristal. Condenado a mirar, a contar, a acariciar el aire sin obtener respuesta. Condenado a sumar pero sobre todo a restar y multiplicar por cero. Que los sabios dicen que la historia no trata de vencedores y vencidos, ni de simples perdedores como yo, pero en el fondo sí. Sólo los ganadores cuentan batallas y graban sus nombres en piedra.

He sentido tarde el estallido de la primavera, pero ya soy incapaz de cerrar los ojos sin que aparezcas. He perdido el norte, el camino y más de un partido contigo.

Nunca había visto florecer amapolas en medio de huesos rotos, ni sabía que un corazón muerto podía latir de nuevo.

Y dicen que no hace tanto frío en Siberia cuando bajo de tu ombligo.

Y dicen que ha llovido en Oporto después de pronunciar tu nombre.

Y casi estoy seguro.

Casi estoy seguro de todo esto y más.

Ya no hay control dentro de mi cabeza cuadriculada, ya no hay piezas de ajedrez moviéndose de manera ordenada, ya no hay natación sincronizada a media tarde, ni frases con sentido en mis folios escritos. Sé que nos quedaremos afónicos de abrir las ventanas y decirle al mundo las verdades, desnudos y con la conciencia tranquila. Y caeremos en picado mientras el mundo arde, y nos tocará reír por una vez cuando, contra todo pronóstico, las cosas vayan bien.

Siempre me gustaron los juegos complicados, desenredar los cables, aprenderme el nombre de los nudos y todos los villanos, saltar precipicios, apagar velas con las manos, esconderme en tus abrazos.

Decidí huir del dolor, del hablar sin sentido, de la taquicardia en plena madrugada, de querer romper los cristales y mis cuerdas vocales. Decidí que podía respirar sin sentirme culpable por cada palabra.

Y no sé ahora en qué lío te he metido.

Esto huele a libro de aventuras, a mapas viejos, a caminos llenos de obstáculos, a buscar el Arca Perdida, a encontrar el Santo Grial, a enredarnos en El Templo maldito y a no tener que acordarme de nada porque La Última Cruzada pienso tenerla contigo.

El trago más amargo. – versión ella.

– ¿Quieres otro café? Serviré dos. La verdad es que tenía todo pensado, pero se me agolpan las palabras en lo alto de la garganta y necesito un segundo para respirar. Le miro, mientras le alcanzo la taza de café, y me doy cuenta de que sigue siendo ese chico tímido que fingía seguridad a través del uso de la ironía. Me mira y es la primera vez en mucho tiempo que noto que nuestros ojos se encuentran tras la guerra continua de miradas esquivas, de caricias llenas de rutina y besos de labios fríos. Se aferra a la taza, como si intentase encontrar en ella un poco del control del que ahora mismo carece, y sus labios intentan en varias ocasiones susurrar alguna palabra, pero no consiguen emitir sonido alguno. – Tranquilo, intentaré ser breve. Es probable que el café siga caliente cuando termine. Su postura sobre la silla cambia con mis palabras, sustituyendo la comodidad de su cuerpo casi acostado sobre la silla por la rigidez que otorga el ponerse en posición de defensa frente a quien, sin pretenderlo y por unos minutos, deja de ser aliado para convertirse en enemigo. – Tengo preparada la maleta. Me iré en cuanto acabemos de hablar. Y todo su control se desmorona cuando su taza cae al suelo haciéndose añicos… No me inmuto, prosigo.

– Estoy cansada mi amor, agotada de una vida que se ha convertido en una condena más cruel, si cabe, con el día a día. Harta de fingir que no veo que el camino que acortaría la distancia entre nosotros lo hemos llenado de obstáculos en forma de ausencias, disputas y malos entendidos. Ya no puedo permanecer ciega ante cada risa forzada y frío abrazo ni puedo mirar hacia otro lado para no ver que ya no nos abrazamos antes de dormir o que tus besos ya no rozan mis labios ni se posan en mi mejilla, ni puedo olvidar cuando, para evitar el roce de nuestros labios, soy yo la que te ofrece la frente como descanso para ellos. Me detengo, sorprendida. No sé en qué momento se ha movido, pero ahora sus dedos se aferran a los míos, firmes, mientras su mano izquierda aparta los mechones de pelo que tapan mi cuello. Le sonrío, por gratitud ante su gesto, y le devuelvo la complicidad con mi habitual gesto de pasar mi dedo índice por su barbilla.

– He de pedirte perdón mi amor, quizá hace mucho tiempo ya que debí hacer esto. Por ti, por mí… Por lo nuestro. No debí mentirme a mí misma y justificar tus interminables ausencias a mi lado, siendo cada vez más presente para tus amigos o para la chica que te hace sonreír tanto cuando habláis por Whatsapp. Tampoco debí maquillar con excusas el sexo cada vez más escaso o las tardes de película en el sofá en las que no te alcanzaba a rozar pese a que permanecías a mi lado. Pero, sobre todo, no tenía que ocultar mi comodidad ante tu falta de deseo hacia mí o porque era yo la que animaba a tus amigos a organizar planes sin que tú lo supieras o porque prefería correrme al masturbarme que tenerte metido entre mis piernas mientras mis uñas arañaban tu espalda.

Mi piel se eriza, de nuevo se ha movido, y su dedo índice acaricia con dulzura mi mejilla. – Te amo vida mía, pero ha llegado el momento de separar nuestros caminos antes de que el amor se torne decepción y la música de nuestros latidos al unísono se transforme en ruido. Sé que estarás bien, lo estaremos, solo que ahora ya no seré la red que espera paciente por si caes al suelo en algunos de tus vuelos ni tuyos los brazos entre los que construiré mi guarida. Acepto mi culpa tanto como la tuya y me reconcilio con nuestros errores porque así jamás se convertirán en reproches. Guardaré cada instante compartido en los cajones de mi alma y mi retina jamás olvidará que brillo con más fuerza cuando veo mi reflejo en la tuya. Respiro y doy un sorbo a mi café antes de cederle mi taza. La coge, temblando, y sonríe antes de beberse de un trago hasta la última gota. – Debemos ser valientes mi vida, finjamos que esto no duele… hasta que cierre tras de mí la puerta de nuestro hogar. He dejado aquí parte de mis cosas, quizá porque aún soy una ilusa que cree que esta no es una despedida definitiva. Me levanto y él acompaña mi gesto alzando su cuerpo de la silla para fundirnos en un abrazo que parece detener el tiempo. Al separarnos, vuelvo a reconocernos en aquella primera cita en la que nuestras risas eran sintonía y nuestros dedos se morían de curiosidad por conocer la piel del otro.

– Te amo mi vida.

Y, tras mis palabras, nuestros labios se encuentran en un dulce y pasional beso de despedida que no evita que me aferre con fuerza a mi maleta y me dé la vuelta, llorando y rompiendo así mi promesa de ser fuerte hasta cruzar la puerta. No me atrevo a girarme, tampoco a detenerme, y el adagio triste que entonan los latidos de mi corazón no evita que escuche salir de sus labios un “Te amo mi niña, lucharé para recuperarnos”.

Este relato ha sido escrito por Vybra, dispuesta siempre a colaborar conmigo. Podéis disfrutar de sus textos en Krakens y Sirenas.

El trago más amargo.- versión él.

La miré mientras preparaba el desayuno, en silencio, con el ruido de la cafetera de fondo y el aroma tostado clavándose en mis entrañas. Aún tenía entre mis manos el olor a sexo de la noche anterior, sin entusiasmo, por obligación, sin sentir ese bombeo adrenérgico de hace siete años.

Nunca pensé que llegaría a ese punto, nunca creí que era posible que eso me pasara con ella. La comodidad, seguir la norma, la rutina poco clandestina de toda relación larga.

Observé su silueta, esa que me había hecho perder la cabeza tantos días y noches, salir de madrugada con tal de estar cinco minutos con ella, correr entre los coches y la lluvia y recogerla en la puerta de la Facultad. Observé sus ojos, los ojos por los que había jurado que daría mi vida si era necesario, y allí estaba ahora, en la cocina de ese piso que compartíamos desde hacía unos meses sin tener muy claro qué debía hacer con mi vida. Y con nuestra relación.

Las preguntas en mi interior se repetían desde hacía semanas, quizá meses, puede que incluso más. Las dudas, los besos a desgana, poner excusas para salir con los amigos y pasar menos tiempo con ella, forzar las conversaciones hasta acabar discutiendo por cualquier gilipollez. Había dejado de estar tan pendiente, de preocuparme por lo que realmente le pasaba y en parte me sentía culpable.

Date una oportunidad, dásela a ella. 

Demasiados años como para tirarlo todo por la borda, demasiado tiempo juntos como para acabar siendo nada, llenar de nuevo las cajas con mis cosas y abandonar nuestro reducto. Se me hacía cuesta arriba imaginar dormir sin ella, no tener el ruido de la ducha como despertador, olvidar el olor a tabaco en la ropa por su culpa y que las latas de coca-cola se quedaran siempre a medias en la nevera.

Me había descubierto entrando en el juego de seducción de alguna que otra compañera del trabajo, y redescubriendo mediante eternas conversaciones de Whatsapp a una antigua amiga de la Universidad.

Serví el café y le acerqué la taza, sonriendo un poco antes de darle un beso en la mejilla al tiempo que sentía una daga dejándome el corazón negro. Lo peor de toda aquella situación era que no podía adivinar qué pasaba por su cabeza y se me ponía un puto nudo en la garganta que hacía días no me dejaba tragar, ni coger aire. El hablar claro ya no estaba de moda entre nosotros y los silencios amargos se acumulaban a cada golpe de reloj.

Estábamos tratando de evitar lo inevitable, ocultos tras la barrera, siendo un par de cobardes que ya no saben decirse las verdades, ni gritarse que no se quieren a la cara. Que éramos como dos heridos que ya no se podían curar juntos. Que nuestra cura era volar lejos, dejar de darnos la mano y sonreír recordando el pasado.

Forzar las cosas nunca sale bien, y tirar de la cuerda hasta romperla por completo tampoco. No supimos leer los carteles, ni hacer caso a las advertencias. Aquel sábado que no fui a dormir a casa, aquella discusión delante de nuestros amigos, aquellas vacaciones por separado y la desconfianza, los celos, y el precipicio entre los dos.

Perdimos los buenos momentos, el volcán de tocarnos y el placer de reírnos con las mismas cosas.

Di un trago al café solo, y la escuché.

-Tenemos que hablar.

Y fue el trago más amargo que he notado nunca en el paladar.

Nuevas canciones.

Siempre estamos apagando la luz, para no vernos, para no reconocernos los rostros y tener que volver a mirar al suelo. Avergonzados por todo lo que hacemos y, sobre todo, por todo aquello que dejamos hacer.

Son las cosas que dejamos en el aire las que nos persiguen para siempre, las historias interrumpidas, las pasiones que no acabamos de dejar arder.

Tú y yo fuimos expertos en viajar a las estrellas durante cientos de noches y después perdernos en los bosques para no encontrarnos más. Nos soltamos las manos en algún cruce de caminos  y no supimos volver. Me persiguen tus ojos, de verdad que lo hacen. Ya no puedo ver el mar, ni las nubes del mismo modo que lo hacía cuando reía contigo y te abrazaba sobre la cama.

Parece que han pasado siglos, que ya hemos dejado atrás el desierto y las mentiras, y que quizá es tiempo para que vuelva la calma aunque nosotros no seamos capaces de retroceder y hacer las cosas bien. Quizá deberíamos empezar a sentirnos vivos en cualquier andén y coger el primer tren que nos lleve a ninguna parte. Quizá también nos merecemos eso, volver a echar a correr, que lata fuerte el corazón aunque se desgaste, como siempre, antes de hora.

Porque si no, ¿qué nos queda?

Tal vez sólo sentarnos en el sofá, mirar el televisor y leer que el mundo se va a la mierda cada treinta segundos. Pero no, esta vez será mejor saltar, sonreír más fuerte, gritar al viento y saludarnos de lejos, con añoranza. Quizá con otra persona al lado que entrelace sus dedos con los nuestros y nos haga sonreír sin tener que sufrir.

El amor debería ir de eso, de sentirse tan bien que pensar sea innecesario, y que no tuvieran que echarnos humo el cerebro, el corazón y el resto de nuestras entrañas. El amor debería ser un juego de niños, un puzzle de un par de piezas que encajen sin tener que forzar las esquinas. Tan sencillo como abrir la ventana y sentir el día colándose en casa.

Estoy harto de tanto alcohol y tanta gasolina, y de prenderme fuego sin que quede nada después de la madrugada.

Vamos a acabar con toda esta triste historia, vamos a tachar los versos en los que hemos sido capaces de reconocernos. Es el momento perfecto para que suenen nuevas canciones, con nuevos significados. Es el momento perfecto para que suenen nuevas canciones, sin nuestro ruido de fondo.

Ser feliz debería ser tan fácil como lo es llenar de aire los pulmones y pensar en besarte.

El Club de la no-lucha.

A esta vida he venido a perder.

Lo sé desde hace más años de los que tengo.

Nací ya con desgana, sin querer salir del útero materno, con pereza, porque me habían dejado grabado en los genes que iba a salir a luchar en un mundo que iba a ir abriéndome grietas a cada paso que diera. Me habían escrito en el ADN que importaban bien poco los puñetazos que lanzara al aire, los mordiscos que tocaran carne, porque lo de ganar no estaba previsto en mi destino.

Por eso dejé de luchar, por eso decidí que lo mejor era coger un bol de palomitas y mirar, observar el contenido y el continente. La vida a un lado y yo al otro, intentando no molestar, intentando quedarme al margen de cualquier historia que parezca real.

Es como si el mundo fuera un tablero, un cuadrilátero, en el que hay que golpearse fuerte para llegar a alguna parte, y yo recibo todas las hostias mientras sigo sonriendo desde el suelo, mientras miro al cielo y suspiro sin ser capaz de hacer nada.

Tarde o temprano todo se reduce a lo mismo, a ser incapaz de responder, a ser incapaz de dar un paso, a ser incapaz de luchar cuando algo vale la pena. Caigo, como la mayoría, en el conformismo, en la dinámica habitual de callar y mirar. Y no valgo mucho más de lo que dicen mis actos.

La cobardía me hace caminar sobre seguro, la música de siempre, los libros que ya sé que me gustan, las películas que tienen buenas críticas.

Voy a seguir siendo el saco de arena en el que muchos otros se descargan, voy a seguir siendo la pared llena de grietas, el reloj con la esfera rota, el coche sin gasolina, comida rápida, una canción de Iggy Pop, Mohamed Ali perdiendo contra Berbick, Roy Batty llorando bajo la lluvia, Snape y Lily Potter.

Arrinconado, en el suelo, con la nariz sangrando y un ojo morado.

Ya estoy acostumbrado.

¿Arriesgar?

¿Estamos locos?

Prefiero acurrucarme hasta que llegue alguien que sepa darme un abrazo y un beso sincero.

Estamos a tiempo.

Llega el verano, las flores se están marchitando y todo ha dejado de tener sentido.

El miedo nunca se va, tiene la estúpida manía de quedarse arrinconado y ensombrecerme la existencia, asomarse cada tarde a ese rincón de mis ojos en el que no puedo atraparlo.

No he dejado de tener ojeras desde el día que te fuiste.

O me fui yo.

Hay cosas que ya no recuerdo, memorias que nuestra cabeza decide bloquear para inventar una historia menos dolorosa. Supongo que fui yo el que lo acabó haciendo todo mal, el que sin darse cuenta desaprendió a quererte como había que hacerlo y caímos en una espiral carente de sentido. Se apagaron las miradas y buscamos fuera de casa el cariño que creíamos merecer en lugar de hacer las cosas bien, en lugar de decirnos adiós antes de meter la pata y sentirnos culpables.

Nos destrozamos tan bien que todavía no hemos podido curarnos por completo.

Cada vez lo tengo más claro, no hay truco en el amor. Existe o no, y aunque exista, no tiene por qué durar para siempre, aunque nos hayan vendido en las películas que sí.

Os lo prometo.

En toda relación pasa el tiempo, los días y sólo deberían quedar abrazos sinceros y sonrisas, y besos que llenen la casa y maten el silencio; aunque haya muerto la pasión y la ganas de tirar la ropa en cada esquina con tal de beberte la vida y el sudor del otro.

Cuando lo bueno acaba deberíamos tener la suficiente fuerza de voluntad como para dar un paso al frente en el pelotón y desafiar a lo cotidiano, a soportar lo insoportable, y que nos disparen entre ceja y ceja si es necesario. Soldados del día a día, con armaduras de papel higiénico y tenedores en las manos.

Siempre estamos a tiempo de pedir perdón, rectificar, dejarnos llevar, soñar, volverla a cagar.

Siempre estamos a tiempo de empezar de cero, querer más, pero sobre todo, queda mucho tiempo para querer mejor.

 

Orlando, que vuelva el arco iris.

La sangre ha vuelto a derramarse en nombre de los dioses.

Se supone que no hay Dios sin amor.

Orlando llora, América llora y el resto del mundo también lo hace.

Y a pesar de eso, todavía hay quienes en lugar de estremecerse ante cualquier acto de violencia sin sentido lo excusan: “Es que eran gays”, “#MásMasacresMenosGays”. Aún hay gente que se alegra de que al menos los muertos sean homosexuales, porque son menos personas, porque lo que hacen no está bien, porque los invertidos son antinaturales.

¿Qué podemos esperar de un mundo así?

Un planeta en el que la gente se ampara en entes invisibles y fábulas escritas hace miles de años convertidas en leyes sagradas, pero dispara a sus hermanos.

Qué asco damos.

Que no entendemos.

Que no respetamos.

Que no se casen.

Que no puedan tener hijos.

Yo no tengo nada en contra de los gays, pero que no se cojan de la mano por la calle, que no se besen en público.

Cincuenta personas con miles de colores en su sangre, y los han fundido a negro. Ya no podrán levantar la voz, besarse entre ellos, cogerse de la mano, reír con la persona a la que aman. Porque todo eso estaba mal.

Pero comprar armas en un supermercado debe ser palabra divina, escrita en algún verso del Corán, de la Biblia o la Torá.

Orlando ha dejado de ser un parque de atracciones para convertirse durante un instante de la historia universal en capital del dolor.

La sangre mancha sus calles.

Ondean arco iris, caen lágrimas, se gritan protestas y se escucha el silencio mientras suenan los relojes.

El cementerio va a llenarse de gente que sólo era. Que sólo quería. Y ahora tendrán tumbas llenas de flores.

Sólo la educación combate el miedo.

Sólo el amor combate el odio.

Tenemos el futuro en nuestras manos.

Y que llueva fuerte, que salga el sol, y volvamos a ver el arco iris.

Podéis seguir disparando, cuando vengáis a por mí os abrazaré de la mejor manera que sé.