Culpa, crimen y castigo.

Por una vez no voy a echarme la culpa.

No.

He decidido parar momentáneamente. Hasta que vuelva a tener otro cortocircuito neuronal.

Esta vez no es mi culpa, y no va a volver a serlo.

Serás tú quien no tenga las ganas, ni la fuerza, ni la valentía necesaria y suficiente para correr ahora. Para escapar, para besarme en cualquier esquina.

No seré yo el que se esconda, ni cuente los días, ni mire con el corazón detenido los horarios del tren. No voy a esperar más en ninguna estación, ni pienso guardarme los abrazos para ninguna habitación de hotel.

Carretera y manta, y el cielo lleno de estrellas que ya se han burlado lo suficiente de nosotros. Y, es que, tarde o temprano surge una nueva cumbre borrascosa que no podemos escalar, otro palo que salta a las ruedas de nuestras bicicletas, otra gota de sangre que mancha tu vestido blanco.

Todo se acaba torciendo, deformando ante mis ojos y nunca soy capaz de ponerle remedio. Falta capacidad de reacción y sobre todo mucha acción.

Pero esta vez, de verdad que no. No estoy dispuesto a quedarme a un lado y ver las carreras desde las gradas, ni a quedarme con el premio de consolación si es que todo esto se trata tan sólo de tener una jodida copa de latón en la estantería.

Igual es que tengo que afilar de nuevo las garras y los colmillos con los que solía pelear.

Igual es que tengo que aullar y abrazar a la luna más fuerte.

Igual es que tengo que ser para ti refugio y ciudad.

Soy un crimen, bendito tu castigo.

Lo único que quiero es hacer siempre el amor por encima de la guerra.

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