Ruleta rusa.

Ya no quiero hablar de ti, ni de nosotros. Nos hemos perdido entre tanta risa inútil y tanta llamada en plena madrugada. Y ahora siento el nudo amargo en el estómago cuando abro los ojos en la cama y tengo el cuerpo de una desconocida que no ha querido irse a dormir a su casa, que ha preferido dejar su olor en mis sábanas arrugadas y en mi piel.

Llevo un saco cargado de decepciones que sólo hace que llenarse y al final voy a tener que dejar de arrastrarme y quedarme quieto. Avanzo tan lento, tan torpe, tan poco, que menos mal que el mundo gira y se desplaza, o sería incapaz de ver la luz del sol ir y venir todos los días.

Hay atardeceres de sangre en la Albufera y me los estoy perdiendo todos, y lunas de fresa que ya no voy a poder ver hasta dentro de setenta años. Hay cosas en la vida que sólo pasan una vez y las estamos dejando escapar. Ya no sabemos apreciar cada uno de esos detalles únicos, como la primera bocanada de aire después del orgasmo, el agua caliente de la ducha matutina, la risa nerviosa, las miradas esquivas, las caricias a medias, un no dicho a tiempo, un sí en medio de un abrazo. Las gotas de lluvia en verano, taparse con las sábanas cuando empieza a asomar el frío, llegar a casa después de un largo viaje, pararse un momento y contemplar el mundo con música de fondo.

Estoy metido en una ruleta rusa, y giro el cargador cuando se estrena el día y suspiro cuando veo que he sobrevivido a otra fecha crucial, y sigo apostando para adivinar cuánto tardará en llegar el final.

Los sentimientos han acabado siendo el más arriesgado de los negocios porque no hay manera de ganar. Tarde o temprano asoma el dolor y no se puede fingir. Y no hay más remedio que meter otra decepción en el dichoso saco y seguir caminando. Aunque no se pueda.

El rencor se acaba borrando, igual que el frío y la pasión.

Cuéntale al público que soy el error que nunca deberías haber cometido, que soy esa persona que al final de la partida no deberías haber conocido.

Cuenta bien la historia, porque quiero ser el malo y reírme a carcajadas, y cerrar la puerta sin mirar atrás.

Me da igual lo que diga la gente, sólo necesito un golpe de suerte.

Voy a volver a apretar el gatillo.

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