El trago más amargo. – versión ella.

– ¿Quieres otro café? Serviré dos. La verdad es que tenía todo pensado, pero se me agolpan las palabras en lo alto de la garganta y necesito un segundo para respirar. Le miro, mientras le alcanzo la taza de café, y me doy cuenta de que sigue siendo ese chico tímido que fingía seguridad a través del uso de la ironía. Me mira y es la primera vez en mucho tiempo que noto que nuestros ojos se encuentran tras la guerra continua de miradas esquivas, de caricias llenas de rutina y besos de labios fríos. Se aferra a la taza, como si intentase encontrar en ella un poco del control del que ahora mismo carece, y sus labios intentan en varias ocasiones susurrar alguna palabra, pero no consiguen emitir sonido alguno. – Tranquilo, intentaré ser breve. Es probable que el café siga caliente cuando termine. Su postura sobre la silla cambia con mis palabras, sustituyendo la comodidad de su cuerpo casi acostado sobre la silla por la rigidez que otorga el ponerse en posición de defensa frente a quien, sin pretenderlo y por unos minutos, deja de ser aliado para convertirse en enemigo. – Tengo preparada la maleta. Me iré en cuanto acabemos de hablar. Y todo su control se desmorona cuando su taza cae al suelo haciéndose añicos… No me inmuto, prosigo.

– Estoy cansada mi amor, agotada de una vida que se ha convertido en una condena más cruel, si cabe, con el día a día. Harta de fingir que no veo que el camino que acortaría la distancia entre nosotros lo hemos llenado de obstáculos en forma de ausencias, disputas y malos entendidos. Ya no puedo permanecer ciega ante cada risa forzada y frío abrazo ni puedo mirar hacia otro lado para no ver que ya no nos abrazamos antes de dormir o que tus besos ya no rozan mis labios ni se posan en mi mejilla, ni puedo olvidar cuando, para evitar el roce de nuestros labios, soy yo la que te ofrece la frente como descanso para ellos. Me detengo, sorprendida. No sé en qué momento se ha movido, pero ahora sus dedos se aferran a los míos, firmes, mientras su mano izquierda aparta los mechones de pelo que tapan mi cuello. Le sonrío, por gratitud ante su gesto, y le devuelvo la complicidad con mi habitual gesto de pasar mi dedo índice por su barbilla.

– He de pedirte perdón mi amor, quizá hace mucho tiempo ya que debí hacer esto. Por ti, por mí… Por lo nuestro. No debí mentirme a mí misma y justificar tus interminables ausencias a mi lado, siendo cada vez más presente para tus amigos o para la chica que te hace sonreír tanto cuando habláis por Whatsapp. Tampoco debí maquillar con excusas el sexo cada vez más escaso o las tardes de película en el sofá en las que no te alcanzaba a rozar pese a que permanecías a mi lado. Pero, sobre todo, no tenía que ocultar mi comodidad ante tu falta de deseo hacia mí o porque era yo la que animaba a tus amigos a organizar planes sin que tú lo supieras o porque prefería correrme al masturbarme que tenerte metido entre mis piernas mientras mis uñas arañaban tu espalda.

Mi piel se eriza, de nuevo se ha movido, y su dedo índice acaricia con dulzura mi mejilla. – Te amo vida mía, pero ha llegado el momento de separar nuestros caminos antes de que el amor se torne decepción y la música de nuestros latidos al unísono se transforme en ruido. Sé que estarás bien, lo estaremos, solo que ahora ya no seré la red que espera paciente por si caes al suelo en algunos de tus vuelos ni tuyos los brazos entre los que construiré mi guarida. Acepto mi culpa tanto como la tuya y me reconcilio con nuestros errores porque así jamás se convertirán en reproches. Guardaré cada instante compartido en los cajones de mi alma y mi retina jamás olvidará que brillo con más fuerza cuando veo mi reflejo en la tuya. Respiro y doy un sorbo a mi café antes de cederle mi taza. La coge, temblando, y sonríe antes de beberse de un trago hasta la última gota. – Debemos ser valientes mi vida, finjamos que esto no duele… hasta que cierre tras de mí la puerta de nuestro hogar. He dejado aquí parte de mis cosas, quizá porque aún soy una ilusa que cree que esta no es una despedida definitiva. Me levanto y él acompaña mi gesto alzando su cuerpo de la silla para fundirnos en un abrazo que parece detener el tiempo. Al separarnos, vuelvo a reconocernos en aquella primera cita en la que nuestras risas eran sintonía y nuestros dedos se morían de curiosidad por conocer la piel del otro.

– Te amo mi vida.

Y, tras mis palabras, nuestros labios se encuentran en un dulce y pasional beso de despedida que no evita que me aferre con fuerza a mi maleta y me dé la vuelta, llorando y rompiendo así mi promesa de ser fuerte hasta cruzar la puerta. No me atrevo a girarme, tampoco a detenerme, y el adagio triste que entonan los latidos de mi corazón no evita que escuche salir de sus labios un “Te amo mi niña, lucharé para recuperarnos”.

Este relato ha sido escrito por Vybra, dispuesta siempre a colaborar conmigo. Podéis disfrutar de sus textos en Krakens y Sirenas.

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