El trago más amargo.- versión él.

La miré mientras preparaba el desayuno, en silencio, con el ruido de la cafetera de fondo y el aroma tostado clavándose en mis entrañas. Aún tenía entre mis manos el olor a sexo de la noche anterior, sin entusiasmo, por obligación, sin sentir ese bombeo adrenérgico de hace siete años.

Nunca pensé que llegaría a ese punto, nunca creí que era posible que eso me pasara con ella. La comodidad, seguir la norma, la rutina poco clandestina de toda relación larga.

Observé su silueta, esa que me había hecho perder la cabeza tantos días y noches, salir de madrugada con tal de estar cinco minutos con ella, correr entre los coches y la lluvia y recogerla en la puerta de la Facultad. Observé sus ojos, los ojos por los que había jurado que daría mi vida si era necesario, y allí estaba ahora, en la cocina de ese piso que compartíamos desde hacía unos meses sin tener muy claro qué debía hacer con mi vida. Y con nuestra relación.

Las preguntas en mi interior se repetían desde hacía semanas, quizá meses, puede que incluso más. Las dudas, los besos a desgana, poner excusas para salir con los amigos y pasar menos tiempo con ella, forzar las conversaciones hasta acabar discutiendo por cualquier gilipollez. Había dejado de estar tan pendiente, de preocuparme por lo que realmente le pasaba y en parte me sentía culpable.

Date una oportunidad, dásela a ella. 

Demasiados años como para tirarlo todo por la borda, demasiado tiempo juntos como para acabar siendo nada, llenar de nuevo las cajas con mis cosas y abandonar nuestro reducto. Se me hacía cuesta arriba imaginar dormir sin ella, no tener el ruido de la ducha como despertador, olvidar el olor a tabaco en la ropa por su culpa y que las latas de coca-cola se quedaran siempre a medias en la nevera.

Me había descubierto entrando en el juego de seducción de alguna que otra compañera del trabajo, y redescubriendo mediante eternas conversaciones de Whatsapp a una antigua amiga de la Universidad.

Serví el café y le acerqué la taza, sonriendo un poco antes de darle un beso en la mejilla al tiempo que sentía una daga dejándome el corazón negro. Lo peor de toda aquella situación era que no podía adivinar qué pasaba por su cabeza y se me ponía un puto nudo en la garganta que hacía días no me dejaba tragar, ni coger aire. El hablar claro ya no estaba de moda entre nosotros y los silencios amargos se acumulaban a cada golpe de reloj.

Estábamos tratando de evitar lo inevitable, ocultos tras la barrera, siendo un par de cobardes que ya no saben decirse las verdades, ni gritarse que no se quieren a la cara. Que éramos como dos heridos que ya no se podían curar juntos. Que nuestra cura era volar lejos, dejar de darnos la mano y sonreír recordando el pasado.

Forzar las cosas nunca sale bien, y tirar de la cuerda hasta romperla por completo tampoco. No supimos leer los carteles, ni hacer caso a las advertencias. Aquel sábado que no fui a dormir a casa, aquella discusión delante de nuestros amigos, aquellas vacaciones por separado y la desconfianza, los celos, y el precipicio entre los dos.

Perdimos los buenos momentos, el volcán de tocarnos y el placer de reírnos con las mismas cosas.

Di un trago al café solo, y la escuché.

-Tenemos que hablar.

Y fue el trago más amargo que he notado nunca en el paladar.

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