Jazz tremens.

Nueva York se lavaba el rostro cada verano y aquel año, en plena crisis económica, las calles olían a gente a punto de morir. La ciudad se había convertido en un basurero descomunal, donde el alcohol seguía corriendo por las alcantarillas y las avenidas se llenaban de pólvora, sangre y sirenas de policía.

La manzana podrida de Norteamérica.

Bix Beiderbecke estaba tumbado en el sofá de su casa sin ser capaz de levantarse. El calor y la escasez de whisky se lo impedían. Sonaba en su tocadiscos At the Jazz Band Ball y parecía una especie de broma del destino dada la situación en la que se encontraba. El contraste alegre de las notas de su trompeta y el clarinete de Don Murray con sus ojos inyectados en sangre pendientes del techo.

La mueca de terror en la cara del artista, el miedo inundando sus pulmones como si fueran notas sobreagudas de  un acorde de séptima disminuida al sentir que su cuerpo era enterrado por insectos, que cientos de hormigas le reptaban por la piel hasta entrar por sus oídos. Y sus gritos ahogados, su grito de ayuda sin respuesta.

Las botellas de alcohol vacías tiradas por el suelo claro de aquel piso, y las trompetas apoyadas sobre la funda. Algunas decenas de partituras esparcidas por la mesa del salón y las ventanas abiertas, dejando que el sol neoyorkino se colara en el interior del domicilio.

El cuerpo del de Davenport temblaba sin control, hasta caer al suelo. El sudor del trompetista empapaba la ropa, la sangre de su boca fruto de aquel corte en la lengua provocado por sus incisivos hizo que el líquido rojizo cayera por la comisura de sus labios. La visión borrosa, y su incapacidad para tomar aire a pesar de las múltiples bocanadas. La angustia, el dolor, el miedo.

El corazón acelerado y el mundo dando vueltas a su alrededor.

La desesperación en una mirada que apenas había podido ver mundo en 28 años.

La muerte entró aquel día en otra casa permitiendo que su guadaña se lo llevara todo por delante. La Parca vestida con su siniestra sonrisa arrancó de este mundo el último solo de corneta del chico de Iowa. Y le dio exactamente igual, porque en eso consiste su cruel tarea.

Y Bix se fue, culpa del jazz y el delirium tremens.

Nueva York no lloró aquel 6 de Agosto de 1931, porque Nueva York no llora por nadie.

Leon Bismarck Beiderbecke, Bix, gracias por tu Dixieland.

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