Mes: abril 2016

Farenheit 451.

«Fahrenheit 451: temperatura a la que el papel de los libros se enciende y arde…»

Los libros se queman, igual que las ideas, igual que las personas. Llega un momento, algún punto determinado de nuestra existencia en el que ardemos hasta quedar convertidos en cenizas que vuelan con la primera brisa del día y se esparcen, se pierden y se funden de manera armónica con el Universo, justo como debió suceder al principio de los tiempos.

Últimamente es como si me hubieran empapado en gasolina y alguien hubiera prendido el mechero cerca mío, me quema la garganta y se han evaporado todas las ideas. Me pregunto la mayoría de días cómo soy capaz de aguantar tanto sinsentido, la hipocresía cotidiana, la injusticia arraigada en el suelo que pisamos, y lo más importante, no dejo de preguntarme cómo soy capaz de soportarme a mí mismo y si algún día dejará de ser una carga toda esta tristeza que intento transformar en vano.

La caída libre sin final, la falta de sueño y ganas, las letras que se acumulan sin atreverse a decir nada, el morderse la lengua, la rutina cada vez más insoportable, y la casa cada día más silenciosa. Las paredes se me echan encima cada vez que se va la luz y miro a oscuras hacia la calle. Sin haberme dado cuenta soy ruinas de lo que algún día fui o pude ser, actor secundario de una vida de mentira, las vías abandonadas de alguna antigua ruta comercial que ya no interesa mantener.

Estoy harto de tanta falsa compasión, gente que finge que te entiende, de todos los que hablan sin tener ni puta idea. Ojalá pudiera quemarme por dentro, quedarme convertido en una cáscara hueca, empezar de cero. Ojalá ser capaz de dinamitar el miedo, de caminar hacia otro lado, de dejar de aferrarme a lo malo conocido. Ojalá ser capaz un día de hablar sin callar, de golpear con la cabeza cada uno de los muros que hay que derribar, de caminar sin esperar a nadie.

Y mientras tanto, el mundo arde alrededor, se cae a pedazos y me alegro demasiado como para que el azar me recompense. Supongo que todo es porque desde hace tiempo mis pasos van haciendo equilibrios por la senda del perdedor con las manos llenas de libros quemándose a 232.8 ºC.

Qué pocas ganas de despertar mañana.

Tenemos lo que merecemos.

Dicen los más viejos del lugar que tenemos lo que merecemos, y deben tener razón. El problema viene cuando lo que merecemos algunos es la soledad, morder la rabia y observar cómo viven los demás; con los pies hundidos en el fango de las trincheras y llenos de barro hasta las orejas de tanta batalla que no hemos conseguido ganar ni con malas artes. Acabamos resignados, sin fuerza en las manos, con los ojos convertidos en diamantes de tanto llorar.

Hemos visto cómo han ido alejándose los sueños que teníamos en la infancia, sin cumplirse, cada vez más imposibles. Y observamos siempre con pena a aquel niño de mirada clara que sonreía a sus padres al verlos en la puerta del colegio, cuando todo iba bien, cuando, inocentes, no sabíamos que la vida se convertiría en estos espejismos de realidad manchados de pequeñas farsas.

Ahora tenemos sonrisas de plástico y besos de caucho, y gafas de sol que nos tapan la cara, porque ya ni siquiera nos atrevemos a mirar a los demás a las pupilas por miedo a que averigüen que somos de mentira. Pieles de poliestireno expandido, corazones de plastilina y un remix de serotonina, dopamina y noradrenalina bailando en nuestros blandos cerebros sin sentido alguno.

Haciendo un repaso quizá es cierto que cada uno tiene su merecido, en mayor o menor medida, y que todo llega, y que esa mierda del karma acaba actuando y poniendo a cada uno en su lugar. Yo seguiré esperando, viendo cómo se escapa la vida sin vivirla, dándote palmadas en la espalda diciéndote que lo estás haciendo bien, como si entendiera de eso.

Voy a quedarme en las trincheras escuchando el sonido de la guerra, sin atreverme a salir a luchar. No pienso arriesgar, soy campeón en perder en todo lo importante. Mejor me quedo quieto, me conformo con lo que tengo y lo que soy, que para algo tengo lo que merezco.

Usar y tirar.

Usar y tirar. Vivimos en la sociedad de lo inmediato, de no tener tiempo para despertarnos con calma y remolonear cinco minutos en la cama, de quemarnos la garganta con el primer café del día para no llegar tarde a ningún lado. Ovejas del mismo rebaño, nos dejamos guiar por el único camino posible. Y alguien desde arriba nos señala con el dedo y se encarga de decirnos lo que está bien y lo que está mal. Siguiendo siempre la línea roja, sin poder salirnos de ella, sin querer alejarnos de lo que se supone que debemos hacer.

El lastre de la filosofía clásica, de leer a Erasmo de Rotterdam y de escuchar a Wagner. Condicionados desde el principio, atados a anclas que nos impiden ser libres porque otros ya saben lo que tenemos que hacer para que todo nos vaya bien.

Recuerdo el minuto exacto en el que decidimos romper los esquemas, cogernos de la mano y gritar con el viento en contra mientras se nos pegaba en la piel el salitre del mar, y cómo nos besamos con los labios salados. Recuerdo que durante aquel tiempo el mundo me pareció un lugar distinto, y que creí que era posible desviarlo de su órbita, cambiar los husos horarios y vivir sin aire.

Atardeceres eternos contemplando las olas, Lluís Llach sonando mientras nos mirábamos y la botella de Martini blanco se quedaba vacía junto a las palmeras. Y de pronto, decidiste que ya no querías sujetar mi mano, miraste hacia otro lado y sonreíste a otro mejor que yo. Y descubrí entonces cómo se siente alguien en una playa desierta, en medio de la inmensidad de la nada. Angustioso páramo de arena y agua. Supongo que por eso decidí encerrarme en el faro, quedarme lejos y avisar a los demás.

Comprendí gracias a ti que caer es mucho más fácil que levantarse, que en algún punto de nuestra existencia inútil todos somos personas de usar y tirar, que el reciclaje no vale con los sentimientos y que sigue habiendo labios que me recuerdan a los tuyos.

La mayoría de días el mundo merece que lo prendan con Napalm y respiremos hondo.

Platón y Kurt Cobain.

El frío en los dedos mientras sujeta un vaso de whisky con hielo y mira con desdén al personal que concurre el local. Salir un sábado por la noche no es lo que era, ni siquiera la voz de Kurt Cobain que sale por los altavoces parece la misma, lo han castrado y lo han convertido en un icono de mierda al que pisotear de cualquier modo. Vergüenza de escuchar ese Rape me mientras la gente intenta bailarlo consumida en drogas y con la mirada perdida.

Siempre se van los mejores. O no. Se van los que se tienen que ir, sin ningún tipo de distinción. Por desgracia.

Niega con levedad antes de dar otro trago que le queme la garganta y pensar que Platón estaría avergonzado de ver en lo que nos hemos convertido, que ese mundo suyo para aproximarnos a las Ideas se ha esfumado y nos hemos quedado lejos, transformados de un modo u otro en polvo y huesos.

El mundo le parece una ratonera en la que van dejando trozos de queso envenenado y todos van cayendo, incluso se mira a sí mismo reflejado en las gafas del camarero y también siente lástima. Está sucumbiendo a un modo de vida que siempre ha querido evitar, al dejar de pensar, al salir para olvidar, al reír con desconocidos de cualquier cosa sin que le importe una mierda. Ha entrado en esa espiral de caos y destrucción que pronto lo llevará con los del Club de los 27 si no cambia algo.

Fumar, beber, dormir poco y fundirse la tarjeta de jueves a domingo sin pensar en nada más. Ser como el narrador de El Club de la Lucha y su  “copia de la copia de una copia”, un fantasma habitando un cuerpo, y odiar el mundo con tanta fuerza que le duelan los nudillos. El insomnio, las ganas del sexo por el sexo, el olor a tabaco hasta en los calzoncillos. Vivir en modo grunge sin quererlo, sin ser capaz de salir de ese hábitat antinatural que provoca el insomnio y mezclar el café con la cerveza.

Mira de nuevo el whisky con hielo, todavía le duelen los dedos, sonríe y da el último trago antes de romper el vaso en la nuca del gigante que tiene al lado. Pelea para sentirse vivo, recibir su merecido. La sangre fluyendo desde su nariz hasta los labios le hace recuperar la conciencia, sentir dolor, saber quién es, que le den una lección para que se piense volver a pasar por aquel bar, para que al día siguiente el dolor de conciencia le sirva de antiinflamatorio.

El ser humano es estúpido por naturaleza y necesita que se lo recuerden cada cierto tiempo para estar alerta. El ser humano tropieza con la misma piedra varias veces y con muchas otras por no mirar bien, por no escuchar, por no querer evolucionar ni reflexionar, por no dejar los vicios y volver a las bibliotecas. Volver a mirar el Universo en lugar de nuestro ombligo, volver a contemplar las estrellas de tu mano en lugar de mirar a otras en las discotecas, volver a dormir sin que nada martillee tu inocencia fingida, volver a abrir las ventanas un domingo por la mañana y que todo vaya bien.

Ya no habrá más Mito de la caverna ni Smell like Teen Spirit.

No quiero saber de Platón y Kurt Cobain sin ti.

Nunca más.

Joder.

Texto originalmente publicado en el blog Krakens y Sirenas