Púdrete en el infierno.

Al abrir la puerta, los libros por el suelo, la ropa sobre el sofá y un par de botes de cerveza abiertos y tirados por encima de la mesa. Una página arrancada y arrugada de una libreta cualquiera en la que escribe sus cosas. El primer vistazo a las estanterías le hace creer que el inquilino tiene cierta obsesión por la literatura, desde los clásicos más universales hasta autores de dudosa calidad mucho más actuales.

La casa huele a tabaco, a cigarros apagados hace poco y a comida rápida. El desorden imperante le hace pensar que él también debe ponerse manos a la obra en su propia casa, pero que ya tendrá tiempo para hacerlo. Distingue el olor de la sangre, como si fuera un sabueso, distinguiría ese aroma férrico a cientos de kilómetros. Vampiro moderno del crimen.

Camina por la casa con cierta cautela, a pesar de todo, es como si se estuviera codeando con un ejército de sombras que se encuentran al acecho y observan cada uno de sus pasos. No tiene miedo, si lo tuviera hace años que habría dejado aquel empleo mal pagado en el que se siempre acababa lleno de mierda hasta las cejas. Se da cuenta de que la ceniza del cigarro que lleva entre los dedos ya ha ido dejando rastro en el pasillo y no le importa, por un momento -piensa- se trata de la historia de Hansel y Gretel y se está asegurando de conocer el camino de vuelta a casa.

El olor a muerte se le clava en la nariz, el olor a muerte de hace días, y se hace cada vez más insoportable. Una nube de moscas negras cubre el pasillo y se tapa el rostro con el brazo. Sabe que va a necesitar más de una ducha para desprenderse de aquel hedor. El cadáver sobre el suelo se encuentra rodeado de un líquido espeso y oscuro que huele a rayos. Las temperaturas altas de los últimos días y la orientación del piso aceleran el proceso, sin duda.

-Garrido, tienes un muerto que lleva aquí más años que tú.-dice tras marcar el número del Comisario.- Voy a llamar al 112.

Según tiene entendido, el tipo era un hijo de puta, por lo que tampoco siente mucha pena por verlo allí en proceso de descomposición. Se acerca a la mesita de noche, donde están las gafas, un teléfono móvil y una cartera de la que asoman unos cuantos billetes de 50€.

-Me cobro las deudas, cabrón.-Al menos una parte.

Se toma las molestias de abrir la ventana de la habitación para que aquel ejército de dípteros salgan en manada al exterior y vuelve sobre sus pasos. Se acerca a una de las estanterías del comedor y sonríe al descubrir El Jugador de Dostoievski en una bonita edición. Coge el ejemplar, lo ojea un par de segundos y sale del piso cerrando la puerta mientras vuelve a coger el teléfono.

Púdrete en el infierno.

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