Mes: marzo 2016

Todo fue culpa del rock.

Todo fue culpa del rock, y de las ganas.

Todo fue culpa de recomendarnos canciones cada domingo por la tarde, de hablar desde la nada, de mirarnos desde la distancia de un ahora y hasta siempre.

Nos dejamos llevar por la gravedad del momento, dejamos que el paso del tiempo se diera contra el colchón y que la música acabara por enganchar nuestras caderas. Dejamos fuera de la puerta los relojes y el cartel de “no molestar” en nuestras vidas.

Jugar al despiste del ahora sí, ahora no, sin saber lo que estaba por venir. Callando más de lo que era necesario, haciendo uso de una ley del silencio que nos habíamos impuesto mutuamente. Usando armas de destrucción masiva cada vez que nos quedábamos sin ropa, clavando dardos venenosos, dejando parches de liberación retardada bajo tu piel.

Perder el equilibrio con cada salto que he dado contigo, viendo la estabilidad cristalizada y a punto de romperse al borde del precipicio del mañana.

Un par de astronautas haciendo buceo, alpinistas buscando el centro de la tierra, domadores de tigres de Bengala con dedos de caramelo, budistas en las playas de Malibú.

Nos tropezamos en el infierno diario de un juego del que no conocemos las reglas, y ahora parecemos un par de piezas de ajedrez que se han quedado fuera del tablero y sólo esperan a que el resto acabe la partida. Todavía desconocemos la gravedad del asunto, el alcance de toda esta explosión.

A buen entendedor no hacen falta las palabras, ni escribir de más.

Todo fue culpa del rock, y de las ganas. Estoy seguro.

Atrévete.

Maniobras de reanimación en un corazón demasiado desestructurado como para salir ileso de tanto golpe. Agua y jabón para limpiarnos las miles de heridas que deja el día a día en nuestra piel.

Demasiada oscuridad rodeándonos como para saber con claridad qué hay al final de cualquier túnel. Demasiada cobardía como para querer averiguarlo. Se está tan bien con la venda en los ojos, caminando despacio y palpando las paredes para no caer antes de tiempo.

Ni siquiera nos atrevemos a mirarnos a los ojos más de dos segundos por si descubrimos nuevas intenciones, por si nos damos cuenta de verdad de que somos seres retorcidos, reptilianos, de sangre fría y corazón de piedra.

La fachada envuelta en poesía y caricias suaves, canciones que hablan de tu historia como si fuera única, el estado de guerra sentimental en el que vivimos, noches de benzodiacepinas y señales de humo. Pólvora y calor para recordarnos los buenos momentos, todavía veo la lluvia salpicando tu cara de sonrisas.

Y ya no hay nada. Vacío y destrucción.

Después de todo nos damos cuenta de que nadie nos entiende, nadie sabe mirarnos cómo nosotros nos vemos y están en nuestra contra. No hay buenas noticias, los periódicos sólo sirven ya para encender el fuego y nuestras manos quedan demasiado lejos como para volver a tocarse.

Y la gente dice que me atreva, que vuelva a saltar, que grite, que dispare la flecha, que abra fuego, que lance la caballería, que me permita latir contigo.

Atrévete tú, yo lo intenté una vez y mira en qué me he convertido.

Ya no sé ni lo que digo.

 

 

La calma tensa.

La calma tensa, el grito ahogado.

Futuro, pasado.

Hace tiempo que decidí convertirme en camaleón, no llamar la atención, dar un paso atrás, agachar la cabeza y mirar al suelo. Intentar siempre no ser el foco al que apuntan las cámaras, dejar el mérito para los que de verdad se lo merecen.

La mayor parte de las veces sólo soy otro ladrillo más en el muro, haciendo lo que se espera de mí, repartiendo vectores, igualando fuerzas. Cosas de la física.

Ser como ese acorde puente que pasa desapercibido en cualquier Sonata de Mozart, como ese complemento circunstancial en una oración que se puede eliminar sin que pierda el sentido, ser como un poco de ADN no codificante.

Sombra entre tanta luz, viento en una noche de verano.

Siempre, nunca.

Ni con el paso de los días parece que el año mejora, que la sensación de falta de aire y de peso en la conciencia es inevitable. La duda perenne de saber si algún día podré sentirme bien, si podré, por fin, salir a la superficie de todas estas aguas negras y coger aire, y respirar por primer vez.

Atrapado en el tiempo estoy viviendo dentro de un cuadro de Dalí.

Quizá sólo necesito seguir hibernando, que llegue la Primavera y empezar a vivir cuando comience el deshielo.

Mientras el momento de vivir llega, trataré de no ahogarme.

No prometo nada, nunca supe nadar bien.

El incendio.

Otra vez nos hemos quemado, encendimos fuego sin saber cómo y se nos ha ido de las manos. El incendio ante nuestros ojos y las pocas ganas de apagarlo si no hay una cama de por medio.

Las noticias del canal Internacional de fondo nos avisan de que todo será un desastre, ya sería demasiada casualidad de que por una vez algo saliera bien en medio de esta ruta de la Seda que es mi vida. Un París- Tombuctú demasiado accidentado como para no tener miedo de cada curva que acarician mis manos.

La moneda ha caído de canto, y sigo confundido, que sólo soy un moribundo que todavía no tiene dónde caerse muerto, que sigue buscando su sitio, que golpea las botellas de vidrio vacías que se encuentra a su paso.

Las llamas nos avisan, el crepitar de la hoguera en nuestros oídos debería provocar alguna reacción en nuestro interior pero Newton también falla cuando habla de nosotros.

Al menos está dejando de hacer frío aquí adentro, al menos a veces aún siento esa extraña sensación que provoca la calma en medio de las balas, al menos me estoy ahorrando la factura de la luz porque sigo viviendo a oscuras.

Y, sin embargo, a pesar de todo, soy especialista en saber que las ilusiones se acaban apagando igual que las llamas de cualquier puto incendio que se precie.

Apocalipsis emocional.

Paisajes desiertos, nubes con tinte rojo y el recuerdo de tu mirada en las espaldas.

El odio en las manos, el veneno en los dientes, la rabia en cada uno de los pasos.

Desea tu muerte, maldice tu vida.

Tanto hijo de puta suelto sólo puede significar que el fin del mundo se acerca, y los jinetes del Apocalipsis vienen en Ferraris y visten polos de Lacoste, huelen a dinero y sonríen como esos idiotas de Hollywood, blanqueados hasta hacer que te duelan los ojos.

Más terremotos, más tormentas tropicales y más desastres naturales que no tienen nada que ver con tus caderas. Desde que no estás en mi cama nada es lo mismo.

He intentado parar el mundo, vivir en gravedad cero y reírme en toda la relatividad de Einstein sin que tenga el más mínimo efecto. No me interesa ya el acelerador de partículas ni el peligro de comer pez Fugu.

Lo único que quiero es abrazarte viendo una película mala de sábado por la tarde, que nos besemos hasta aburrirnos mientras cae la noche y tener agujetas en los costados de reír contigo.

A veces la alegría está en los detalles más nimios, en la estupidez del día a día, aunque afuera el cielo arda en llamas y la gente haya olvidado que el corazón sirve para algo más que para bombear sangre al resto del cuerpo.