Carrusel.

El día a día es como dar vueltas en un carrusel, una montaña rusa llena de subidas y bajadas hasta que nos vemos obligados a detenernos y vomitar todo lo que pensamos con más o menos acierto, con mejor o peor ortografía. Y en ese rumbo medio perdido, dejamos que un corazón ebrio y lleno de dudas vaya por donde quiere. Que donde debería gobernar nuestro cerebro siempre acaba mandando él, el tipo solitario del local, el que mira de lejos y suspira al ver cómo disfrutan los demás.

Caminamos malheridos, sin amor, y sin tener ni puta idea de leer un mapa, sin entender todavía qué son los meridianos, ni distinguir aquella canción de David Bowie que todo el mundo tararea ahora que ya está muerto. Caminamos arrastrando los pies, agotados, con las conciencias muertas, inertes, ante las tragedias del resto.

Egoístas, monoteístas, dejamos de lado el De Revolutionibus Orbium Coelestium para ser el eterno centro de nuestro propio universo. Y nos miramos al espejo cada mañana entre la risa y el llanto, sin saber si seguimos siendo, sin saber si respirar es lo mismo que existir, sin querer ver que deberíamos dejar de lavarnos las manos y todo es cuestión de pedir perdón -humano-, y de concederlo.

La nostalgia tiene las alas lo suficientemente grandes como arroparnos con ellas y mecernos a su antojo, hacer que sangremos poco a poco y anemizarnos con el paso del tiempo. Y nos preguntamos cómo sería poder saltar por la ventana sin rompernos el alma mientras tanto.

Nos gusta la adrenalina, el azar, el estirar de la cuerda hasta romperla, el jugar con nuestros corazones hasta pisotearlos sin querer. Nos gusta hacernos daño para poder compadecernos de nosotros mismos, para poder tener excusas y revolcarnos en nuestro propio estiércol. Nos gusta doler y que nos duelan, porque ser felices se nos da mal, no sabemos disfrutar de las horas sin más.

No nos enseñaron a ser felices, nos dijeron que la vida es dura, que todo es difícil, que hay que sacar las garras para sobrevivir. Nos obligaron a encadenarnos a una rutina, a un matrimonio de conveniencia, a vivir por nuestros hijos, a un mundo en el que ser diferente es pecado y castigo.

Y pasamos por alto el aroma de un café humeante, el sonido de la espuma de una cerveza fría, tu ropa cayendo sobre el suelo, el soplo de aire a primera hora de la mañana, la sensación del agua tibia en la ducha, una sonrisa que no veías desde hace tiempo, tu canción favorita sonando mientras desaparece el sol.

El día a día es como un carrusel, y yo lo miro girar desde fuera, me doy cuenta del error y de que me sigue faltando tu mano.

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