El incendio.

Otra vez nos hemos quemado, encendimos fuego sin saber cómo y se nos ha ido de las manos. El incendio ante nuestros ojos y las pocas ganas de apagarlo si no hay una cama de por medio.

Las noticias del canal Internacional de fondo nos avisan de que todo será un desastre, ya sería demasiada casualidad de que por una vez algo saliera bien en medio de esta ruta de la Seda que es mi vida. Un París- Tombuctú demasiado accidentado como para no tener miedo de cada curva que acarician mis manos.

La moneda ha caído de canto, y sigo confundido, que sólo soy un moribundo que todavía no tiene dónde caerse muerto, que sigue buscando su sitio, que golpea las botellas de vidrio vacías que se encuentra a su paso.

Las llamas nos avisan, el crepitar de la hoguera en nuestros oídos debería provocar alguna reacción en nuestro interior pero Newton también falla cuando habla de nosotros.

Al menos está dejando de hacer frío aquí adentro, al menos a veces aún siento esa extraña sensación que provoca la calma en medio de las balas, al menos me estoy ahorrando la factura de la luz porque sigo viviendo a oscuras.

Y, sin embargo, a pesar de todo, soy especialista en saber que las ilusiones se acaban apagando igual que las llamas de cualquier puto incendio que se precie.

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