Gato negro.

Fumas, fumas por hacer algo antes de querer abrir la ventana y saltar. Bebes, bebes por perder minutos con la malnacida de la Parca, se los regalas, ¿para qué los quieres? Ríes, lloras, follas cuando puedes y como puedes, y aún así te sientes vacío. ¿Habrá algo algún día que consiga llenar todo ese espacio entre tus costillas sueltas? La respuesta es no, probablemente no. Inconformistas, de no tener nunca suficiente, de no estar de acuerdo con nada, de querer siempre más aunque no se pueda.

Ni llueve, ni hace frío, ni es uno de esos días en los que quieres pegarte un tiro después del segundo café pero da igual. Te sientes como un gato negro al que la gente esquiva tan sólo por superstición, por pura precaución. Te sientes como un puto edificio a medio construir que dejaron abandonado años atrás. Y se supone que tienes que ser tú quien ponga los ladrillos que faltan y completar la obra. Paso, lo dejo, me bajo de este tren al que no le puedo seguir el ritmo.

Seguiré aquí perdido, tratando de buscar una explicación a cada por qué, preguntándome si cada te quiero  escuchado ha sido real, siendo el absurdo llevado al extremo.

Sólo pido mantas y café caliente para cuando llegue el hielo y todo se acabe para siempre.

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