Monstruo.

Miras tu rostro en un espejo roto cada mañana y hay días que no te reconoces, la mayoría de ellos, y te preguntas quién eres y qué haces allí parado. Respiras hondo y no hay nadie poniendo una mano sobre tu hombro, nadie que diga que todo irá bien porque no será así. Te lavas los dientes, te peinas un poco, te vistes sin ganas y vuelves a mirar afuera, por una pequeña ventana.

Pocas veces el cielo llama mi atención, está ahí arriba con sus nubes o sin ellas porque es su lugar, porque tiene que estar ahí, sin más. Ni siquiera le presto atención cuando ruge y el sonido de los misiles debería romperme el alma y hacerme llorar.

Me he acostumbrado a llenarme las manos y los ojos de barro y sangre que no es mía, a caminar entre ruinas y caer sobre escombros. Ya no sé mi nombre, ni qué era de mi vida antes de todo este caos. Sólo soy un saco de carne y huesos que todavía es capaz de moverse entre cuerpos sin vida sin sentir náuseas.

Desconexión.

Me queda poco más en la vida que fumar cada quince minutos y gruñir cuando quiero hablar.

Aún hay quien me llama persona, yo prefiero que me digan monstruo.

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