Uno menos, otro más.

La lluvia amortiguaba sus pasos sobre el pavimento, el barri Gòtic de noche parecía tenebroso, las torres-campanario de la catedral de la Santa Cruz y Santa Eulàlia emergían de entre las sombras como si tuvieran vida propia. El ruido y el agua le venían bien para ocultarse entre la gente que volvía a sus casas, dejando las estrechas y peatonales calles desiertas. Paso tras paso, evitando los charcos, evitando hacer más ruido y caminar más rápido que lo haría cualquier otra persona a aquellas horas de la noche. Todavía no eran las diez, pero la tormenta hacía que la gente buscara refugio en sus hogares antes de lo habitual. El agua fresca de Abril le daba en la cara, haciendo que se secara los ojos con el dorso de la mano de vez en cuando. Seguía a un hombre de estatura media, de piel morena y pelo oscuro, un par tatuajes asomaban por su cuello, le daban un aspecto algo fiero sin que llegara a llamar la atención. Por su forma de caminar parecía tener algún problema en la rodilla derecha, cojeaba levemente, con un ritmo parecido al del compás de tres por cuatro.

Alzó la vista para fijarse en las cámaras que había instaladas por las calles. Jodida Barcelona. Suspiró brevemente, aprovechando para quitarse un par de mechones de pelo de la cara. Ya se había empapado por completo, pero no por eso iba a dejar de cumplir con su cometido aquel día. Metió una de las manos en la chaqueta, haciendo como que buscaba algo, a refugio en un pequeño balcón que paraba la fuerza del agua. Sacó la pistola con silenciador, una nueve milímetros que serviría de sobra para lo que había venido a hacer. El hombre se detuvo en un portal pequeño, cuyas puertas estaban pintadas por un graffiti que no debería ni tan siquiera llevar ese nombre, un par de letras mal hechas habían servido para satisfacer algún ego de delincuente juvenil. Con tranquilidad caminó hacia el hombre hasta ponerse a sus espaldas y apretar el gatillo con un dedo enguantado justo cuando abría la puerta. La nuca recibió el proyectil a quemarropa, y aprovechó así la inercia del cuerpo para que cayera dentro del patio, y seguir su camino. Guardó el arma con disimulo en el bolsillo interno mientras el olor a pólvora quemada se le incrustaba en el nervio olfatorio y también en la memoria. Uno menos. Otro más. Se repetía.

Al doblar la siguiente esquina se resguardó en otro portal, y tomó aire durante unos segundos. Pensó con calma cuál era ahora su mejor opción. Metió las manos en los bolsillos y comenzó a caminar sin prisas bajo la lluvia, observando el suelo, observando sus propios pasos sobre la superficie desgastada por el paso diario de miles de turistas. Se negó a pensar en lo que había hecho para que la culpa no asomara aquella noche. Sacó el teléfono y marcó el número de siempre.

–Eliminado.

–Aprendes rápido, Espectro de Seda.

Odiaba que le llamara así, Espectro de Seda nunca había sido uno de sus personajes favoritos de Watchmen, pero calló y colgó intentando borrar la risa críptica que siempre se escapaba al otro lado de la línea después de que la llamara de esa forma. Tiró el teléfono en la siguiente alcantarilla y siguió de vuelta a casa. Una ducha caliente le esperaba para borrar todos sus pecados.

Uno menos. Otro más.


El anterior es un fragmento de una novela en gestación.

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