Bourbon, tristeza y medianoche.

La luz de la lámpara parpadeaba sin descanso en medio de la habitación mientras él disfrutaba de un cigarro asomado a la ventana. Una noche fría de enero en la que sonaba Charlie Parker desde alguna casa cercana. El barrio volvía a estar vivo justo ahora que él se sentía muerto. Un fantasma, eso era. Uno de esos fantasmas que van día a día a trabajar por pura rutina, uno de esos fantasmas de sonrisa forzada y mirada vidriosa a los que todavía llaman personas. Dio un par de tragos a su bourbon y lo apoyó en la repisa mientras veía a la gente disfrutar de un nuevo fin de semana.

Un joven con el alma rota y el corazón lleno de suturas que no habían conseguido curar nada. Un joven de ojos vacíos y respiración entrecortada. Miró el teléfono acariciando una foto, del rostro de ella, que debía haber quitado hacía mucho tiempo. Volvió a leer su última conversación, ese último y verdadero adiós; y por alguna estúpida razón sonrío, sonrió al vacío, a la nada y miró a la noche como si fuera un reto. Dio una calada al cigarro que todavía sostenía entre los dedos y pensó con desgana que con un pequeño golpe de suerte todavía podría morir mañana.

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