Nunca estás solo.

Sube las escaleras con tanta lentitud que parece que el tiempo no pasa, que no hay minutos ni segundos que contar. Su cabeza, al contrario que su cuerpo va tan veloz que apenas es capaz de hilar sus pensamientos, multitud de ideas que se le escapan en esa masa de neuronas que tiene dentro del cráneo. Abre la puerta y sonríe tranquilo de volver a casa, deja la cartera en el suelo, junto a la entrada tal y como hace cada día al llegar del trabajo. Se ha dejado la ventana abierta y el piso está lleno de gatos que tiene que echa casi uno a uno. Deja el abrigo tirado en el sofá y saca una cerveza de la nevera antes de encender la televisión y escuchar las noticias de la noche. Tiene hambre y suficiente cansancio como para acabar en la cama a una hora más que prudente de la noche. Sonríe al ver la noche encenderse tras los amplios ventanales de aquel piso céntrico. Sonríe de una forma que asustaría a más de uno, por suerte está solo y nadie le ve. Se prepara un sándwich de roastbeef y mayonesa que engulle con rapidez, y se enciende un cigarro.

Niega un par de veces viendo las noticias, la sociedad está de capa caída, el mundo va a peor día tras día, y lo peor es que nadie intenta solucionar nada. Todos, igual que él, se quejan tras la pantallas de televisores y ordenadores como si así se pudiera conseguir algo más que provocar risas. Se acaba la cerveza y la tira al suelo, ésta rueda sobre la madera hasta acabar con otras decenas que ya tiene por ahí. Caminar por el lugar es casi imposible, para moverte tienes que saber dónde pisar y dónde no. La suerte que tiene es que los vecinos de enfrente se fueron del edificio hace años y nadie está lo suficientemente cerca como para oler aquel aroma pútrido que se cuela por debajo de su puerta.

Ferdinand rompe a reír mientras se apoya en el dintel de la puerta del baño, allí un cadáver en la bañera sonríe al techo totalmente desangrado. El hombre de unos cincuenta años y con gafas de pasta se sienta junto a la bañera para coger la mano de esa pobre chica universitaria a la que atrapó cuando le abrió la puerta para venderle un par de camisetas para su viaje de fin de curso. Besa la mano helada y pálida, ha perdido la cuenta de los días que la tiene allí, junto a él, profesándole en silencio un amor que ella nunca hubiera correspondido de ninguna manera. Su risa se torna un llanto silencioso que le hace quitarse las gafas y meterlas en el bolsillo de la camisa que lleva bajo el jersey de lana tejido por su vieja madre. Besa la mano de la chica, dándole así las buenas noches y se mira al espejo. La mirada que responde no es la suya, mira pero no ve, y el gesto rígido y aprendido de su rostro siempre le acompaña.

Camina hasta su habitación y se quita la ropa para quedarse en calzoncillos, a los pies de la cama está lo que queda de su perro Memphis metido en una bolsa de basura negra, un perro de quince años que murió el año pasado y no quiso sacar de su casa. Ferdinand siempre tuvo miedo a quedarse solo en la vida, pero nunca lo está. Siempre encuentra alguien a quien tener junto a él. El contable cierra los ojos y el cansancio le lleva rápido con Morfeo, un viejo conocido.

Abajo, en la calle las luces rojas y azules de un coche de policía se detienen bajo su edificio, y el ruido de la sirena inunda la calle.

Despierta, Ferdinand.

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